Muchos días, pareciera que Tara Ammons Cohen no sabe qué hacer de su vida.

Alguna vez tuvo un marido que se acostaba a su lado de noche y dos niños que respetaban sus reglas. Trabajaba como asistente de maestra y como conductora de un autobús y tenía dinero y amigos.

Hasta que fue arrestada y pasó casi tres años en un centro federal de detención de inmigrantes en Tacoma, a 400 kilómetros (250 millas) de su casa en Omak.

Ha sido duro para nosotros como pareja porque me enfoqué en los niños y lo ignoré un poco a él

- Tara Ammons Cohen

La mujer, de 39 años, obtuvo la libertad condicional en agosto, pero su casa ya no es lo que era antes. A veces se siente una extraña.

"Todavía no me he adaptado", expresó Ammons Cohen hace poco. "Todo es incierto ahora".

Su matrimonio con Jay Cohen se tambalea. Se quieren, pero se han distanciado y por ahora no hay perspectivas de reconciliación.

Sus hijos ya no son tan pequeños y durante su ausencia desarrollaron nuevas rutinas. Hacen deportes, tienen amigos y otras actividades fuera de la casa.

No puede buscar trabajo ni estudiar sin ser ciudadana estadounidense y las autoridades siguen analizando su caso. Ella vive en Estados Unidos desde que era casi un bebé pero podría ser deportada a su México natal porque sus padres adoptivos nunca le sacaron la ciudadanía y ella tampoco lo hizo de adulta.

Fue detenida en octubre del 2008 por posesión de drogas. Las leyes de inmigración dispusieron su arresto y desde entonces está luchando por no ser deportada.

Ammons Cohen jamás regresó a México. No habla español y no conoce a nadie allí. Dice que su lugar está en Omak, con su familia.

A la espera de que se resuelva su caso, cae presa del temor y trata de rehacer su vida, pedacito por pedacito.

El distanciamiento entre Ammons Cohen y su marido es obvio. Ya no lucen anillos de matrimonio. Se sientan en extremos opuestos de la mesa y casi no se hablan. Los dos se olvidaron el día de su aniversario.

Todavía no cicatrizaron las heridas causadas por un episodio en el que Ammons Cohen le dio un cachetazo a Jay, a raíz del cual fue convicta por violencia doméstica.

De todos modos, a ambos se les ilumina el rostro cuando hablan del pasado. Para ambos este es su segundo matrimonio y llevan juntos 16 años.

Jay, quien tiene 41 años, sonríe al contar cómo fue que se conocieron y empezaron a salir. Ammons Cohen disfruta viendo el álbum de su boda. Dicen que quieren volver a ser felices como antes, pero que primero tienen que superar el distanciamiento causado por el tiempo que pasaron separados.

"Ha sido duro para nosotros como pareja porque me enfoqué en los niños y lo ignoré un poco a él", dice Ammons Cohen. "Estuve trabajando, tratando de ganar dinero, y no me ocupé de ella", admite Jay. "Me siento muy, muy lejos de ella".

Sus miradas se cruzan por un instante. Es la primera vez que admiten abiertamente que su matrimonio no está bien. Después miran hacia otro lado. Alguien cambia de tema.

Se conocieron hace casi dos décadas a través de una amistad común. Se gustaron de inmediato. Se casaron en 1999, cuando su hijo mayor tenía tres años. Poco después, Ammons Cohen comenzó a consumir drogas y alcohol. A los seis años se divorciaron.

Se extrañaban y querían ser una familia. Ella dejó el trago y se casaron por segunda vez en el 2007. Un año más tarde, Ammons Cohen terminó en la cárcel, luchando para no ser deportada.

"Quisiera que siguiese a mi lado", dijo Jay. "Es duro en estos momentos. Tenemos que seguir intentándolo".

Jay es un leñador que se va a trabajar a las 2.45 de la madrugada y regresa al anochecer. Una hora después cae dormido en un sillón. En su tiempo libre mira los partidos de sus hijos, caza y corta leña por su cuenta para ganar algún dinero extra.

Ammons Cohen quisiera que Jay pasase más tiempo con ella. Ella se pasa el día limpiando la casa, visitando amistades y con sus hijos. Le asusta acercarse nuevamente a su marido.

"¿Por qué tratar de hacer funcionar las cosas si no sé si estaré aquí mañana?", pregunta. "Es por ello que quiero pasar cada segundo con los chicos".

Cuando recuperó la libertad tras estar presa en el Northwest Detention Center, sus hijos --Troy, de 14 años, y Gavin, de 11-- le pidieron que cocinara sus comidas preferidas: huevos rellenos, espaguetis con queso y salchichas con chile.

Se pasó el día siguiente limpiando la casa rodante, llorando al ver el estado en que estaba.

"Cuando no estuvo aquí, esto fue como un departamento de soltero", expresó Troy. "Es bueno que haya vuelto, pero las cosas no son lo mismo".

Gavin dijo que extrañó mucho a su madre, pero que las cosas son "distintas" ahora que volvió. Ni mejor ni peor, diferentes.

No se permiten las malas palabras. La casa está aseada. La comida es más sabrosa y variada. Pero los padres discuten a menudo.

El vínculo entre los hermanos sigue siendo el mismo. Gavin admira a Troy y a Troy le gusta cuidar a su hermano menor. Lo lleva a las casas de sus amigos y a los partidos.

Ammons Cohen sufre pensando la parte de la infancia de sus hijos que se perdió. Troy está más alto que ella. Gavin es casi de su altura.

Los vio cuatro veces en 34 meses. Era demasiado costoso manejar los 400 kilómetros de Omak a Tacoma, especialmente cuando Jay estuvo sin trabajo por casi un año.

Hace poco Ammos Cohen intentó ayudar a Troy con el nudo de una corbata.

"Lo hiciste mal", se quejó el muchacho.

"Pídele a papá que te lo haga", propuso Gavin.

"Papi no está aquí", respondió ella.

"Tuve que madurar aceleradamente porque debí asumir más responsabilidades", afirmó Troy. "Ya no soy su bebé".

Ammos Cohen se esfuerza ahora por conseguir la ciudadanía y superar sus problemas personales.

Asiste a clases de control del temperamento, requeridas por la justicia tras su convicción por violencia doméstica. Todos los meses se presenta a la oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en Yakima. Está buscando formas de pagarle a su abogado, Manuel Ríos.

El consulado mexicano se ocupó de esos pagos en el pasado, pero ahora que ella está libre, esa es su responsabilidad.

Ammons Cohen está apelando dos casos. Uno se relaciona con la posibilidad de permanecer en Estados Unidos con una "visa U", que se concede a las personas que han sido víctimas de un delito y han cooperado con la policía. Ella lo hizo una vez que fue atacada a los 17 años. El otro caso está siendo analizado por un tribunal de apelaciones del noveno circuito.

Lucha por mantenerse alejada del whisky y para eso consume cafeína y teje. Su esposo es un extraño, pero la alienta el hecho de que ambos admitieron sus problemas.

Colgó decenas de fotos de la familia en la sala de estar y se reconforta viéndolas. "Me recuerdan por lo que estoy luchando", asegura.

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