En momentos en que los últimos soldados estadounidenses se retiraban de Irak el domingo, amigos y familiares de los primeros y últimos norteamericanos muertos en combate atesoraban el recuerdo de sus seres queridos en vez de preguntarse si su sacrificio valió la pena.

Unos 4.500 soldados estadounidenses murieron antes de que los últimos efectivos cruzaran la frontera de Kuwait. David Hickman, de 23 años, de Greensboro, fue la última baja de guerra, muerto en noviembre por una bomba improvisada, el arma que fue característica de esta guerra.

"David Emanuel Hickman. ¿Acaso ese nombre no te provoca una sonrisa?", preguntó Logan Trainum, uno de los mejores amigos de Hickman, en el funeral después de una ceremonia en una iglesia de Greensboro.

Trainum dice que no se tortura pensando por qué murió su amigo: "No tengo datos suficientes como para formarme una opinión definida. Sencillamente estoy triste y rezo para que mi mejor amigo no haya dado su vida en vano".

Prefiere recordar cómo era: un muchacho a quien le agradaba bromear con sus amistades. Fanático del fisicoculturismo, se autotitulaba jocosamente "Zeus" porque decía tener un cuerpo que habría causado la envidia de los dioses. También había jugado al fútbol americano en la secundaria.

La mayoría de los muertos eran jóvenes. Según un análisis de The Associated Press de los datos sobre las bajas, la edad promedio de los estadounidenses muertos en Irak fue de 26 años. Unos 1.300 tenían 22 años o menos, pero también hubo muertos de mediana edad: unos 511 superaban los 35 años.

"He entrenado a muchos chicos. Van a la universidad y uno les pierde el rastro y los olvida", comentó Mike King, de la Academia Black Belt de Greensboro, donde Hickman se entrenó en taekwondo durante ocho años. "Con él era distinto. Uno no puede olvidar esa sonrisa".

El dolor está fresco para la gente que conocía a Hickman, pero el paso de los años no ha aliviado la angustia de quienes perdieron a seres queridos en los primeros días de la guerra, antes de que la nación se insensibilizara sobre la acumulación de cifras.

Jonathan Lee Gifford, hijo de Vicky Langley, murió apenas dos días después de la invasión. Más de ocho años después vive en su hogar de Decatur, Illinois, rodeada de fotos de su hijo y un par de pinturas del joven en uniforme que le enviaron desconocidos.

Dice que no se obsesiona pensando en el sentido de la muerte de su hijo y de los demás muertos. "Solamente el pueblo iraquí lo puede responder", sentenció.

Piensa constantemente en su hijo. Recuerda cuando después de dejarlo de pequeño en su primer día de jardín de infantes regresó a su casa y "encendí todos los electrodomésticos porque todo estaba demasiado silencioso sin él".

Recuerda que ya de adulto la llamaba sin falta cuando caía la primera nevada del año y jamás olvidará cuando llamaron a su puerta a las 11 de la noche y el capellán le informó que su hijo de 30 años había muerto en Irak.

Hoy lo ve reflejado en la nieta que quedó huérfana a los 4 años y que ahora tiene 12. Los rasgos de Lexie Gifford son la versión en miniatura de su padre y no hay duda alguna de que heredó su misma sonrisa.

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