Los campos y bosques de Laos ocultan hoy, más de cuatro décadas después del fin de la guerra, unos 80 millones de artefactos explosivos, legado que frena el desarrollo de este empobrecido país indochino.

En Laos, los aviones B-52 y Nomad T-28 de las fuerzas de Estados Unidos arrojaron más bombas de las que cayeron sobre toda Europa durante la II Guerra Mundial, y la meseta de las Jarras, donde Vietnam del Norte estableció bases, se calcula que fue bombardeada cada ocho minutos desde 1964 a 1974.

"Los agricultores arriesgan la vida cada día al ir a trabajar al campo porque pueden toparse con explosivos", explica a Efe la directora del Centro de Información de la Artillería sin Detonar de Luang Prabang, la laosiana Nu Kantanon.

Según esta organización encargada de localizar y destruir los proyectiles de la guerra, desde 1974 y hasta la actualidad más de 22.000 personas han muerto a causa de la explosión de estos.

"Un muerto o un herido por la explosión de un proyectil tiene unas consecuencias profundas al causar un daño irreparable en la familia y deja una honda huella del peligro que acecha a toda la comunidad ", indica la jefa del centro laosiano.

Estados Unidos arrojó cerca de 270 millones de bombas en territorio laosiano desde 1963 hasta 1974, entre estas bombas de las llamadas de racimo difíciles de localizar por su pequeño tamaño, según las estimaciones del Programa Nacional de Laos para la Artillería sin Detonar basadas en los informes militares desclasificados por Estados Unidos en 1996.

Con el implacable bombardeo las fuerzas estadounidenses trataron de destruir el corredor conocido por "sendero de Ho Chi Minh", que serpentea por Laos paralelo a la frontera con Vietnam y era utilizado por el ejército del Vietcong para abastecer a sus tropas infiltradas en el sur del país indochino.

En casi todas las provincias de Laos se han registrado incidentes relacionados con estos explosivos con carga activa a pesar del paso de los años.

"Hay zonas donde el nivel de la superficie contaminada por los proyectiles es tan alta y la situación tan desesperada que muchos trabajadores adaptan su manera de vivir al peligroso legado de la guerra, en muchos casos reduciendo de manera considerable las zonas cultivables de los terrenos", indica la encargada del centro de Luang Prabang.

La peligrosidad de los restos de la contienda supone un lastre para la economía del país, donde el 75 por ciento de la población se dedica a la agricultura y la ganadería a nivel de subsistencia.

Además de afectar al sector primario, base de la economía de este país comunista, la eventual presencia de estos proyectiles sin detonar dificulta la construcción de nuevas infraestructuras en el e impide un mayor desarrollo del sector turístico.

A los programas de localización y desactivación de bombas, hay que sumar otro pilar fundamental del programa del Gobierno laosiano: la educación de la población que en muchos casos utiliza fragmentos de antiguas bombas para hacer utensilios del hogar o los vende, ya sea en mercados destinados a turistas o como chatarra.

"Acudimos a los colegios para explicar a los niños los riesgos de jugar con estos artefactos mediante representaciones con marionetas y charlas a los mayores", apunta Nu, en un país donde cerca del 37 por ciento de la población es menor de 15 años.

Laos está considerado uno de los países más pobres y menos desarrollados del Sudeste Asiático a pesar de que desde hace una década su economía crece anualmente un promedio del 7 por ciento.

Noel Caballero