Vienen con dolores y a orar, buscando curas y una taza de arena de una diminuta iglesita de adobe llamada Chimayo.

Durante dos siglos, peregrinos hispanos e indoamericanos han buscado ayuda en El Santuario de Chimayo, ubicado en un caserío en el norte de Nuevo México. Llegan con fotos de seres queridos enfermos, se arrastran cojeando con la ayuda de muletas, y traen historias de condiciones desesperadas. Dejan pequeños pedazos de papel pidiendo misericordia y milagros, prometen dejar de beber y mostrar más compasión, y encienden velas frente a imágenes de santos y de la Virgen de Guadalupe.

Antes de irse, visitan la habitación en la que está "el pocito", un pozo de adobe que dicen tiene el poder de curación. Apenas un toque, dicen los creyentes, y el cáncer puede entrar en remisión, o una leucemia puede ser contenida por suficiente tiempo para ver el nacimiento de un niño. En la pared cuelgan muleras que ya o son necesarias, pruebas materiales de aquellos que dicen han sido ayudados.

"La gente descubre que hay algo especial aquí cuando llega con el corazón y la mente abiertos", dijo el reverendo Jim Suntum, un sacerdote en Chimayo. "Hay una cierta paz aquí que uno no encuentra en ninguna otra parte".

Chimayo es un "ejemplo bien preservado, no restaurado, de una pequeña iglesia de adobe, notable por sus decoraciones originales, incluyendo numerosas pinturas religiosas excelentes", según el documento en que fue declarado Monumento Histórico Nacional. Se estima que unas 200.000 personas visitan el templo cada año, y Suntum dice que muchas de esas visitas ocurren en Semana Santa. La Arquidiócesis Católica de Santa Fe dice que Chimayo ha sido llamado el "Lourdes de América".

La historia del pocito data de 200 años atrás, cuando, de acuerdo con la leyenda, un fraile de penitencia vio una luz extraña salir de una colina cerca del Río Santa Cruz. El fraile comenzó a cavar para descubrir el origen de la luz y pronto encontró un crucifijo. El crucifijo fue llevado a una iglesia cercana varias veces pero, según la leyenda, continuó regresando misteriosamente al lugar donde fue hallado.

Una capilla fue constituida allí en 1813, y peregrinos han estado acudiendo al lugar a orar ante el pocito desde entonces. Los peregrinos toman tantas tazas de arena como para rociarse la frente, el pecho y las rodillas que los funcionarios de Chimayo tienen que rellenar el foso periódicamente con arena bendita. Los visitantes pueden comprar pequeños envases con arena por tres dólares para llevarlos a un familiar enfermo, o incluso comprar arena en el portal del templo en la internet.

Suntum dijo que las autoridades de Chimayo usualmente rellenan el pocito diariamente con arena fresca del desierto, bendecida. Durante Semana Santa, cuando el templo recibe hasta 100.000 visitantes, dice Suntum, los visitantes tienen que rellenar el pozo cada hora.

El pasillo junto en las afueras del pozo está cubierto con fotos de enfermos a un lado y soldados y policías en el otro. Muchas fotos tienen notas, como una que pide a Dios que proteja a un infante de marina navajo que está en Irak. Otra le pide a la Virgen de Guadalupe que controle "mi cáncer hasta que pueda ver a mi hija graduarse de la universidad. Después de eso, soy suya".

Un domingo reciente, una anciana caminó por pasillo mirando las fotos de niños enfermos y zapatos de bebés dejados como ofrendas. Se arrodilló junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe, se llevó las manos a la cabeza y lloró tan intensamente que pareció sacudir las velas. Su esposo le acarició la espalda gentilmente.

Junto a la capilla de Chimayo hay otro altar llamado Santo Niño de Atocha, construido en 1856. Aquí, padres de niños enfermos, especialmente bebés, dejan juguetes, ropa, fotos y notas en las que piden curas para autismo y otros males.

Una nota habla de un niño llamado Anthony que tenía meningitis. Los médicos le dijeron a los padres que Anthony no iba a "caminar, hablar ni ir a la escuela". Ellos le oraron al Santo Niño de Atocha, y el esposo prometió "que nunca más bebería alcohol".

"Tú escuchaste nuestros rezos y nuestro hijo se recuperó completamente", escribió la madre, que firma la nota como Rosemary e incluyó fotos de su hijo como bebé y unos años más tarde, luciendo una gorra de béisbol.

Los sitios no son solamente para los fieles. Atraen también a turistas. Jenny Hwa, de 33 años y residente en Carolina del Norte, visitó el lugar en julio durante un viaje a través del país con un amigo. Al no conocer la historia, Hwa no tenía "muchas expectativas" hasta que vio a la gente alrededor del pocito.

"La gente estaba recogiendo arena como si se tratase de barras de oro", dijo Hwa, que se sintió atraída a las obras de arte en el templo. "Entiendo como puede resultar algo fuerte para alguna gente".

Otros visitantes, leyendo las notas, se sienten inspirados a arrodillarse y orar, mientras que otros sacan sus teléfonos celulares y tratan de tomar una foto prohibida.

Suntum dijo que las notas "son parte de la experiencia de paz" y cura en el altar. "No tengo idea de por qué Dios escogió este lugar para su obra", dijo Suntum. "Pero él hace su labor aquí y la gente lo siente".

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En la internet:

http://www.elsantuariodechimayo.us/