Los colegiales volvieron a recrearse en la plaza del pueblo donde el año pasado pistoleros de grupos narcotraficantes incendiaron una estación policial y descuartizaron a un hombre.

Al anochecer, la gente del pueblo juega vóleibol en la plaza situada frente al edificio policial, cuya fachada de piedra había sido quemada pero que ahora está restaurada. Las plantas se ven acicaladas y las calles que otrora retumbaban por las balaceras ahora están tranquilas y limpias. Ciudad Mier ha comenzado a verse como el "pueblo mágico" del que hablan los folletos turísticos.

Pero la mayoría de los negocios han cerrado y no se ven muchos vehículos por las calles, que a menudo son patrulladas por camiones del Ejército. El alcalde calcula que un tercio de la población de Mier de 8.000 habitantes no ha regresado. La mayoría sigue aterrorizada por los nueve meses que les tocó vivir, con tiroteos en las calles, matanzas y desapariciones, que les hicieron abandonar el pueblo hace un año.

"Cuando vives una experiencia en carne propia, la gente se queda con esa imagen", expresó el alcalde Alberto González Peña. "A veces es difícil borrarla", agregó.

La confianza en Mier, o la falta de ésta, se ha convertido en un verdadero examen para la política de seguridad del presidente Felipe Calderón en su esfuerzo por pacificar el territorio que ha sido invadido por grupos de narcotraficantes en un conflicto que ha dejado unos 40.000 muertos a nivel nacional.

Un batallón de 653 soldados llegó en octubre y recorrió las calles precedido por una banda militar cuando el ejército de México despachó su primer "cuartel móvil", una iniciativa que apela a los militares para restablecer el control de áreas violentas.

Muchos residentes saludaron a los soldados y portaban carteles expresando su agradecimiento. La Secretaría de Defensa dijo en aquel entonces que las nuevas fuerzas "sin lugar a dudas generarían confianza y calma" y restablecerían la normalidad.

Se proyectan establecer unidades similares en otros puntos del violento norte.

Sin embargo, hasta el momento, el Ejército ha traído seguridad, pero no confianza. Todos saben que los soldados no se quedarán en el lugar para siempre.

Mier está situado junto a un camino que une territorios controlados por grupos de narcotraficantes rivales, los Zetas y el cartel del Golfo, y se ha convertido en un ejemplo de la estrategia de Calderón de usar a los militares para restablecer el orden, destacó Samuel Logan, director ejecutivo de Southern Pulse, una firma de análisis de riesgos especializada en el crimen organizado de América Latina.

Logan dice que la estrategia es insostenible porque la presencia temporal del ejército no puede sustituir una política civil permanente.

Ahora al iniciar su último año en la presidencia, "Calderón tiene que hacer algo", destacó el experto. "Y va a verse obligado a movilizar más de estas unidades desplazables por un lado y a demostrar que busca una solución más permanente y una mejor capacitación de las fuerzas policiales" por el otro.

México ha recurrido cada vez más a sus fuerzas militares para imponer la ley debido a que sus reiteradas campañas de limpieza no han logrado eliminar la corrupción y la falta de profesionalismo existentes en las filas policiales del país, que ha menudo están infiltradas por el crimen organizado.

Cuando González Piña trata de alentar a los habitantes de su pueblo a que regresen de ciudades de Texas situadas en la margen opuesta al Río Bravo y de otras ciudades mexicanas, les dice que Mier era un paciente en terapia intensiva cuando ellos partieron, pero ahora ya está caminando por sí solo. Poco a poco --la frase que se usa con mucha frecuencia en Mier--, el pueblo se está recuperando, agregó.

Por ahora los que se quedaron se reúnen en el parque o en la plaza en las noches y se sienten seguros en grupo, bajo la mirada protectora de los soldados. Pero no se aventuran a caminar por las calles aledañas. Las áreas periféricas del pueblo siguen desiertas. La gente se siente muy expuesta. Prefieren no identificarse cuando se les pregunta algo y un persona alertó a un visitante que los narcos estaban vigilando.

Mier es una localidad agrícola fundada por 19 familias en 1753, conocida por un episodio de diciembre de 1842 en que fue tomada por unos 250 hombres de una milicia de Texas. El ejército los capturó y ejecutó a 17, tras hacer sacar a los reos frijoles negros de una cacerola, en una lotería que determinaba quien moriría.

A comienzos de este siglo Mier era una ciudad pintoresca con edificios de la era colonial bien preservados. Está rodeada de haciendas en las que se caza palomas y venados, lo que atrae visitantes de ambas márgenes del río. Esas haciendas también están en una popular ruta para el transporte de drogas de contrabando a Estados Unidos.

En febrero del 2010 un grupo de pistoleros atacó una unidad policial y se llevó a varios agentes. La violencia alcanzó su punto culminante en noviembre del año pasado, en que combates constantes hicieron que centenares de residentes buscasen albergue en el primer refugio para desplazados por la violencia del narcotráfico que hay en el país, en la vecina ciudad de Miguel Alemán.

Dos semanas después, el gobierno de Calderón anunció el envío de más soldados a los estados de Tamaulipas, donde está situada Mier, y el vecino Nuevo León.

Algunas de esas fuerzas se encuentran ahora en las unidades desplazables. Están situadas en terrenos baldíos cerca del cementerio al sur del pueblo y rodeadas por altas vallas y un amplio perímetro despejado. Unos cuantos edificios bajos rodean un mástil donde flamea una bandera mexicana de gran tamaño.

El Ejército afirma que la base militar completa puede ser desmantelada y reensamblada rápidamente en otro lugar, pero los edificios de sólida paredes dan una impresión de permanencia.

Un segundo cuartel móvil se construye en San Fernando, pueblo de Tamaulipas donde se hallaron 193 cadáveres en una hacienda en 26 fosas comunes. Las autoridades mexicanas creen que los muertos son en su mayoría migrante secuestrados de autobuses y asesinados por los Zetas. Menos de un año antes, 72 de inmigrantes centroamericanos y sudamericanos fueron asesinados en el mismo lugar, también a manos de los Zetas.

En el extremo norte de Mier, el último vecindario en las afueras del pueblo está cubierto por vidrios rotos de ventanas y pilas de escombros. Aquí se produjo un violento enfrentamiento armado entre los residentes de 65 pequeñas viviendas precarias en un complejo de bajo costo.

Bloques de cemento colocados detrás de las ventanas de las casas reflejan los esfuerzos vanos que hicieron algunos residentes para defenderse. Aunque el complejo fue construido en el 2003, actualmente ninguna de las viviendas está ocupada.

Algunos habitantes huyeron a casas de parientes o alquilaron viviendas en el centro de la ciudad, mientras que otros abandonaron Mier por completo. Las viviendas han sido tan saqueadas y dañadas, que las familias van a necesitar mucho para volver a ponerlas habitables.

"Necesitamos que la gente que tiene dinero, a la gente que construye cosas en Mier, la gente que genera empleos, regrese a nuestra ciudad", comentó el alcalde González Peña.

Actualmente hay rumores en Mier de que es inminente la reapertura del restaurante del Hotel Asya, en la recién pavimentada Avenida Obregón. Los residentes esperan que genere puestos de trabajo y ofrezca más opciones gastronómicas.

A una cuadra, la actividad de una pequeña compañía de agua embotellada que abastece a viviendas y negocios de la zona repuntó un 20% en el último año, según su propietario Jesús Gómez.

De todos modos, es la mitad de lo que era en el 2009, antes de que estallara la violencia.

"Antes no salíamos de casa", dijo Gómez. "Quieres tomar, convivir y tiene que ser en tu casa nomás".

Ahora puede salir con amigos hasta la medianoche sin preocuparse.

Pasando un cuartel policial en el que los rifles apuntan hacia una intersección detrás de la municipalidad, la avenida Obregón desemboca en la plaza principal, donde niños escolares se reúnen en torno a bancos durante la hora del almuerzo y un vendedor ambulante ofrece tacos.

Al atardecer, se instalan redes y la gente juega al vóleibol en la plaza, frente a la municipalidad. Los jueves por la noche se muestran películas allí.

Debajo de un toldo frente a la plaza, un puesto ofrece arreglos florales en blanco y amarillo que llenan el espacio con crisantemos, girasoles y margaritas. La primera florería de Mier reabrió justo antes del Día de los Muertos.

Arturo Hernández recientemente se mudó de otra ciudad fronteriza, Piedras Negras, y abrió el local. No estuvo aquí durante el brote de violencia el año pasado, pero lo siente.

Mientras limpia las espinas de un rosal, Hernández dice que pronto se dio cuenta de que casi no había negocios en Mier.

"Desde que estoy aquí hubo ventas, pero solo cuando hay un difunto, un funeral. Pero para regalar, no", comentó.