La tala de bosques para su sustitución por pastizales de uso ganadero es una práctica muy común en América Latina, pero doblemente perjudicial debido a los efectos altamente contaminantes de los pastos, algo que hasta ahora se desconocía.

El biólogo agrícola alemán Sebastián Wolf, autor de los estudios que han dado la señal de alarma sobre la contaminación que genera esta práctica, considera sin embargo que los daños que provoca la deforestación para crear pastizales se pueden revertir.

El científico declaró a Efe que los estudios de su equipo se basan en las mediciones de gases contaminantes realizadas en dos ecosistemas situados en Sardinilla, en el centro de Panamá, a unos 50 kilómetros al norte de la capital panameña.

Uno de esos ecosistemas consiste en pastizales y el otro, en una zona adyacente, es un terreno plantado con más de 10.000 árboles de seis especies nativas, ambos controlados por las llamadas torres Flux, dispositivos que obtienen datos sobre la absorción o emisión de gases de la vegetación y del suelo, así como sobre humedad.

"Lo que encontramos, que fue bastante sorprendente, es que los pastos eran una fuente constante y sustancial de emisiones de carbono a la atmósfera", algo desconocido y no admitido, dijo el investigador alemán, que pasa largas temporadas en Panamá haciendo trabajos de campo para estos estudios.

El origen de ello es, a diferencia de lo que ocurre con los bosques, la falta de adecuación de los pastos a las temporadas climáticas y el deterioro de la tierra que originan debido a su peor enraizamiento, por lo que a la larga se empiezan a descomponer y a liberar grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera.

Este efecto perjudicial para el medioambiente se suma al de la misma destrucción de los bosques autóctonos, que limpian el dióxido de carbono que se emite a la atmósfera principalmente con la quema de combustibles fósiles como la gasolina y el carbón.

Pese a que ese es uno de los factores que los científicos consideran primordial en las causas del cambio climático, Wolf dijo que no cree que de momento en sus investigaciones se pueda hablar categóricamente de un efecto de dicho tipo.

"Nuestros estudios llevan dos años y medio o tres, pero lo que podemos anticipar o predecir, por lo que pasa en el centro de Panamá y que es común en la mayor parte de Latinoamérica, no es que la cantidad de precipitaciones cambie sustancialmente, sino que la regularidad va a variar, de modo que va a ser más frecuente que la temporada seca se prolongue", declaró.

Según estas investigaciones, el dióxido de carbono que emiten los pastizales a la atmósfera equivale a 260 gramos por metro cuadrado al año, mientras que los bosques de árboles nativos absorben 442 gramos por metro cuadrado anualmente, un 40 por ciento más de limpieza de la atmósfera que la contaminación que generan aquellos.

Hasta ahora se creía que "si se tala el bosque y se reemplaza por pastos sólo se pierde una cantidad pequeña de carbono", señaló el investigador, de 33 años.

El deterioro, sin embargo, es reversible con la reforestación de las zonas afectadas, pero, según el experto, para lograr un desarrollo sostenible, esto es algo que debe hacerse con especies autóctonas y no con otras importadas con fines maderables comerciales, como la teca.

La teca, un árbol originario de Asia que ha sido plantado extensivamente en Panamá con fines comerciales, advirtió Wolf, es bastante dañina y degrada la tierra.

Sin embargo, añadió, las especies que se dan naturalmente en Panamá y que han sido taladas con la deforestación hace unos cincuenta o sesenta años son las más adecuadas para replantar porque "han demostrado estar mejor adaptadas a los cambios climáticos y a las etapas de sequía".

"Hay árboles nativos que tienen gran valor maderero, con lo que la gente puede reintroducir especies autóctonas en zonas de pasto como inversión", indicó.

Sebastian Wolf, doctorado por el Instituto de Tecnología Federal de Suiza (ETH Zurich), es un científico visitante del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, que está a cargo en Panamá el centro de estudios de Sardinilla.