Una antigua hacienda andina se ha convertido en un "Arca de Noé" vegetal con 47 millones de semillas, que constituyen una reserva de biodiversidad y el germen de futuros árboles de especies autóctonas con los que el municipio de Quito quiere oxigenar una ciudad cada vez más contaminada.

En el Banco de Semillas de Quito las protagonistas son tratadas como princesas: las cuidan, las protegen del sol, las calientan, las refrigeran y a algunas de ellas, las siembran para que cumplan su destino.

En total están recogidas 85 especies de árboles nativos de Ecuador y algunos de Colombia y Estados Unidos.

El objetivo es conservar, reproducir y propagar "especies andinas y exóticas" para lograr árboles "de alta calidad", según comenta el director de áreas naturales del Municipio, Pedro Kingman.

Además funciona como un reservorio de especies diversas para una ciudad en cuyos mayores bosques existe una acumulación de eucaliptos, un árbol originario de Oceanía que crece muy rápidamente y consume mucha agua.

Desde el vivero, que funciona desde hace tres años en Cunuyacu, a 30 minutos del centro de Quito, se contempla una vista majestuosa de los Andes, que son el hogar frío de árboles como la cascarilla, el molle, el laurel, el arrayán y el aliso.

Los botánicos del banco van a buscar las semillas a toda la región andina de Ecuador e incluso a la provincia amazónica del Napo, algunas de cuyas especies aguantan el clima de Quito, fresco pero sin llegar a helar nunca.

Toman sus especímenes de árboles alejados de la contaminación, que están en su etapa de florecimiento y que, por sus condiciones, son idóneos para proveer un fruto sano.

Trasladan las semillas en el menor tiempo posible hasta el Banco, donde luego de un periodo de secado al sol o en interior, las envían al laboratorio, donde son pesadas, se mide su nivel de humedad y se verifica su viabilidad.

A continuación, los botánicos colocan una muestra en un germinador, una especie de horno que calienta las semillas a 40 grados centígrados para acelerar su crecimiento y que simula las condiciones en las que se encontrarían si estuvieran sembradas.

Por ejemplo, el yalomán, que en la tierra demoraría 5 días en salir, en el germinador demora tres, mientras que el aliso, que normalmente tardaría 14 días, responde también en tres.

Si la muestra de semillas escogidas de un árbol da buenos resultados, el resto de ellas pasan a residir en el Banco, en una habitación oscura que está permanentemente a 4 grados.

Ciertas semillas que "se estresan" incluso con poca luz se mantienen en fundas o envases negros, cuidando también de que no les entre "mucho aire", pues podrían malograrse, según José Pasquel, uno de los cuidadores.

Una de las especies que reciben un trato especial es el nogal, un árbol de madera muy apreciada que por su continua explotación está en peligro de extinción.

En el Banco hay semillas de más de cuatro años, pero pueden permanecer indefinidamente.

De acuerdo con la necesidad de las áreas verdes de Quito, las semillas salen del banco y son sembradas en el vivero, algunas de ellas bajo unas pequeñas fundas para que no les caiga el sol directamente por sus características específicas, y otras en invernaderos.

Una vez que han crecido lo suficiente los pequeños árboles son trasladados a los parques, veredas o avenidas de la ciudad, aunque no están libres de sufrir procesos de "estrés" y morir en el trayecto.

El plan del Municipio es, a mediano o largo plazo, reforestar la ciudad con el árbol "adecuado" para determinados lugares, puesto que en el pasado se sembraban "miles y miles de árboles que no eran apropiados" y cuyas raíces dañaban las aceras o causaban problemas con los cables de luz, según Kingman.

El Banco trabaja además para recibir, el año que viene, una certificación suiza que permitiría vender las semillas en el exterior y con ello que las especies ecuatorianas puedan convertirse en solución ambiental en otras ciudades del mundo.

Pamela Velasco Maldonado