Entre soflamas, gritos y pataleos, el Parlamento indio, que es la institución democrática representativa más grande del mundo, ha patentado estos días una forma de no legislar, bloqueado por la laberíntica actualidad política del país.

La presente sesión comenzó el 22 de noviembre y en los ocho días hábiles transcurridos desde entonces, los presidentes de las dos Cámaras se han visto obligados a decretar, una y otra vez, el aplazamiento de las reuniones por las protestas de sus señorías.

En la cámara baja, el procedimiento es el siguiente: a iniciativa de la presidenta, los diputados -543 en total- guardan un minuto de silencio, y cuando este termina se enzarzan en un tremendo griterío y guirigay que culmina con la suspensión de la sesión.

"Hoy en día es muy fácil paralizar la tarea de la Cámara. Apenas necesitas que quince diputados bajen hasta el estrado de la presidenta", comentó a Efe en los pasillos de la institución el ministro indio de Asuntos Parlamentarios, Pawan Kumar Bansal.

El Parlamento es un imponente edificio circular de 171 metros de diámetro y arenisca roja levantado en el año 1927 por los colonizadores británicos, y rodeado de esculturas de los líderes de la India, que obtuvo su independencia veinte años después.

Las 58 pinturas que adornan sus pasillos exteriores han sido testigo de grandes discursos políticos, difíciles decisiones y maratonianas negociaciones y sus próceres se precian de haber sido modelos del viaje democrático de otros países del tercer mundo.

"Nosotros hemos sido pioneros en muchas cosas, por ejemplo nuestra gobernación, la Constitución o el funcionamiento de la democracia multipartidista... Somos una democracia vibrante", dijo a Efe en un receso el ministro de Finanzas, Pranab Mukherjee.

La situación actual parece, sin embargo, lejana de los tiempos de Gandhi y Nehru, líderes de una generación adorada por los 1.200 millones de indios, y no es difícil encontrar palabras poco amables hacia los diputados entre las clases medias de la India de hoy.

En plena parálisis, cada día de sesión le cuesta al erario público unos 20 millones de rupias (400.000 dólares), según estimaciones de medios locales, por lo que bloqueos y suspensiones están siendo objeto de una amplia cobertura en la prensa local.

Las protestas son tan variadas como los coloridos atuendos de los diputados: se grita por la inflación y la corrupción, pero también para reservar puestos de trabajo, limitar la exportación de cebolla, vigilar un viejo pantano o crear una nueva región, Telangana.

Entre proclamas -algunas de ellas, sin mucha convicción- los diputados díscolos van rodeando a los propios líderes de sus grupos, mientras los más tranquilos asisten a la escena entre la impotencia y la costumbre, y alguno de ellos lee el periódico.

Quienes se echan al pasillo del hemiciclo enarbolando pancartas no proceden solo de la oposición, como explicó a Efe el diputado del gubernamental Partido del Congreso M. Jagannath tras una sentada por la causa telangana ante la estatua de Gandhi que domina la entrada.

"Nuestro movimiento corta líneas ideológicas", resumió, pocos minutos antes de sacar su pancarta de rigor, ya dentro de las dependencias, entre gritos para defender su causa.

Según un líder opositor que pidió el anonimato, las protestas en la cámara quedan registradas por los taquígrafos, de ahí que se enarbolen pancartas y repitan eslóganes, para que quede constancia "como forma de decir que el pueblo está enfadado".

"La protesta es el inicio del diálogo", añadió.

Pero este incentivo ha terminado por paralizar las tareas legislativas, en una sesión en la que el gubernamental Partido del Congreso había prometido tramitar una treintena de leyes, algunas de ellas cruciales reformas para relanzar la economía.

La gota que ha colmado el vaso de la tensión política ha sido la decisión del Gobierno de permitir la inversión extranjera en el sector de la distribución minorista, una línea roja para la oposición pero también para sus aliados regionalistas.

En los mentideros se cuenta que los miembros del Gobierno están manteniendo frenéticas reuniones para salvar lo que queda de sesión, pero los periodistas solo husmean, porque el acceso a los pasillos interiores está vetado salvo para un pillo gato que se cuela.

Y al lado, la biblioteca parlamentaria, con un fondo formidable de cientos de miles de documentos y una pequeña sección de historiadores hispanistas, tampoco es buen lugar para guardar secretos: "los diputados -dice un bibliotecario- nos visitan poco".

Por Diego Agúndez