La Feria de Quito, uno de los festejos taurinos de referencia en América, abrirá hoy la puerta de los sustos a unos ejemplares que por primera vez saldrán vivos del coso tras la lidia, una medida que no ha aplacado a grupos anti-taurinos, que reclaman la prohibición total de las corridas.

La capital ecuatoriana se unirá así a las villas portuguesas, los únicos lugares donde el toreo perdura, con la misma sangre brillante sobre el lomo oscuro del animal que causan picadores y banderilleros, pero sin la suerte de matar.

"Parte de la tradición está siendo transgredida, es quitarle parte de la esencia a la fiesta", se lamentó Manolo Estrada, un torero colombiano retirado que dirige la escuela de tauromaquia de la Plaza Monumental de Iñaquito.

Hasta la última hora antes de retirar el cerrojo de las puertas el lugar es un trajín de pintores, peones que levantan casetas para atender al público y mozos con puyas que manejan toros y cabestros en los toriles.

No es la visión que imaginaban los grupos anti-taurinos ecuatorianos en mayo, cuando los habitantes de Quito aprobaron en una consulta popular prohibir los espectáculos "que tengan como finalidad dar muerte al animal".

El mismo resultado se registró en municipios de la costa, donde hay poca costumbre taurina, mientras que las corridas tradicionales se mantuvieron en el área central de los Andes y en la Amazonía.

Para los grupos que promovieron la consulta, que el toro perezca apuntillado en los corrales en lugar de en la arena cambia muy poco.

"Nadie habló de trasladar la muerte a otro lado ni de ocultar la muerte", se quejó Lorena Bellolio, presidenta de la Fundación Protección Animal Ecuador (PAE).

Su organización presentó una acción de protección constitucional ante un tribunal provincial para que no se llegase a celebrar la feria este año, pero el juez aun no ha emitido su dictamen.

Bellolio dijo que en enero también iniciará el proceso de revocatoria del mandato del alcalde de Quito, Augusto Barrera, miembro del partido político del presidente Rafael Correa, y de los concejales que aprobaron una ordenanza que permite la celebración del festejo sin la suerte suprema.

Esa norma refleja la postura de Correa, quien durante la campaña de la consulta popular enfatizó que era "falso" que se planteara eliminar las corridas y afirmó que podrían realizarse siempre que no se mate al animal "por diversión".

Felipe Ogaz, de la asociación Diabluma, considera "absurda y traicionera" esa interpretación de la pregunta. "Las corridas de toros sin duda tienen la muerte del toro por finalidad, entonces deben ser prohibidas", dijo.

Miembros de ese grupo pintados con tinta roja irrumpieron el pasado jueves con pancartas y gritos en pro de la abolición de las corridas en el certamen de elección de la Reina de Quito, que era transmitido en vivo por televisión.

Para el próximo jueves harán una manifestación hasta el ayuntamiento, incluso si el municipio les retira el permiso por su acción del jueves, anunció Ogaz.

Desde el otro lado de la talanquera, Catalina Chiriboga, directora de comunicación de la empresa Citotusa, que posee la plaza de Iñaquito, cree que la propia consulta popular ha atraído atención a los toros.

"Mucha gente que no era el aficionado taurino de la fiesta, y sobre todo la gente joven, ha acudido al tendido", señaló.

Hoy inaugurarán la feria, que cumple 51 años, los españoles Enrique Ponce y David Fandila "El Fandi", y el ecuatoriano Martín Campuzano.

Completan el cartel toreros como el francés Sebastián Castella, el español Alejandro Talavante y el ecuatoriano Juan Francisco Hinojosa, además del rejoneador portugués Rui Fernandes.

Muchos de ellos ya pisaron el redondel de Iñaquito el año pasado y vuelven tras aceptar las nuevas normas de la lidia. "El no venir no es una fórmula coherente para defender la fiesta", enfatizó Estrada.

Al término de la faena, en lugar de clavar el estoque los toreros señalarán al toro con la mano, un pañuelo o una flor en el punto en el que entraría el filo.

El animal morirá minutos después a escasos metros de distancia, tras la puerta de metal de los corrales. Por César Muñoz Acebes