El autocrático líder de Yemen acordó renunciar el miércoles tras una prolongada insurrección que buscaba derrocarlo luego de 33 años en el poder, lo que complació a Estados Unidos y sus aliados en el Golfo Pérsico.

El presidente Alí Abdalá Salé es el cuarto mandatario árabe derrocado desde que comenzaron las revueltas en el mundo árabe, después de los dictadores de Túnez, Egipto y Libia.

Pero el acuerdo para la salida de Salé le concede inmunidad judicial y no prohíbe de manera explícita su participación en la vida política del país, lo que plantea dudas acerca de si en realidad aborda los múltiples problemas de Yemen.

El acuerdo abre el camino a lo que probablemente será una caótica lucha por el poder. Entre los que posiblemente compitan están el hijo y el sobrino de Salé (quienes comandan las unidades militares mejor equipadas del país), poderosos líderes tribales y el comandante de un batallón rebelde.

Salé se había aferrado tercamente al poder a pesar de casi 10 meses de enormes protestas callejeras en las que cientos de personas fueron asesinadas por sus fuerzas de seguridad. En un momento dado, la mezquita del palacio de Salé fue bombardeada y él fue atendido por graves quemaduras en Arabia Saudí. Cuando finalmente firmó el acuerdo para renunciar, lo hizo en Riad, la capital saudí, después que la mayoría de sus aliados lo habían abandonado y se habían unido a la oposición.

Sentado junto al rey Abdalá en la capital saudí y vestido con elegante traje oscuro y corbata a rayas, Salé sonreía cuando firmó un acuerdo elaborado por sus poderosos vecinos del Golfo Arábigo y respaldado por Washington para entregar el poder en 30 días a su vicepresidente, Abed Rabbo Mansur Hadi. Después aplaudió brevemente.

"La firma no es lo importante", dijo Salé tras rubricar el acuerdo. "Lo importante son las buenas intenciones y dedicación a un trabajo serio y leal para la verdadera participación a fin de reconstruir lo destruido por la crisis de los últimos 10 meses".

Salé había accedido a firmar el documento en tres ocasiones, sólo para retractarse en el último minuto.

La transferencia del poder será seguida por elecciones presidenciales en un plazo de 90 días. Un gobierno de unidad nacional entonces supervisará un período de transición de dos años.

El acuerdo está muy lejos de las demandas de las decenas de miles de manifestantes que con tenacidad han pedido reformas democráticas en las plazas públicas de Yemen desde enero, y en ocasiones se han enfrentado a la represión letal de las fuerzas de Salé.

Los manifestantes que acampaban en Saná, la capital yemení, rechazaron inmediatamente el acuerdo y cantaron "¡No a inmunidad para el asesino!". Prometieron continuar con sus protestas.

Durante meses, Estados Unidos y otras potencias trataron de convencer a Salé que aceptara la propuesta del Consejo de Cooperación del Golfo. Mientras tanto, crecían los temores internacionales de un colapso de la seguridad en Yemen que pudiera ser aprovechado por una facción local de al-Qaida.

Antes de la insurrección en febrero, Yemen ya era el país más pobre de la región, dividido y con un gobierno que tenía escasa autoridad fuera de Saná.

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Hubbard reportó desde El Cairo.