Japón cerró hoy 15 años de juicios por el peor atentado terrorista de su historia, el perpetrado con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, por el que han sido condenados a muerte trece miembros de la secta Verdad Suprema.

El Tribunal Supremo japonés ratificó hoy la pena capital impuesta en 2002 a Seiichi Endo, el virólogo que produjo el agente nervioso empleado en el ataque, en el último de una serie de juicios que sólo han podido desvelar parcialmente la complicada trama tras el atentado, que causó 13 muertos y más de 6.000 intoxicados.

Endo, que hoy tiene 51 años, era uno de los colaboradores más estrechos del líder de la secta, Shoko Asahara, y estaba encargado del programa de desarrollo de armas químicas del grupo.

En los últimos quince años, los tribunales nipones han procesado a 189 miembros de Verdad Suprema, emitido cinco condenas de cadena perpetua y confirmado 13 penas de muerte, entre ellas la de Asahara.

De momento, ninguna de las ejecuciones se ha llevado a cabo porque la ley nipona establece que todas las sentencias de los cómplices del delito deben ser firmes antes de poder aplicarse la pena capital.

El atentado fue ejecutado por cinco miembros de la secta que, de manera coordinada, perforaron con sus paraguas varios paquetes de sarín en cinco trenes del metro de Tokio durante la hora punta matutina del 20 de marzo de 1995.

El líquido, transparente e inodoro, que derramaron los paquetes alcanzó casi al instante el estado gaseoso y se propagó por los vagones en pocos minutos.

A causa de la inhalación de esta sustancia que ataca el sistema nervioso 13 personas murieron y unas 6.300 resultaron intoxicadas, muchas de las cuales sufren hoy graves secuelas físicas.

El plan fue aparentemente ideado por Asahara para desviar la atención de la Policía nipona, que tenía previsto inspeccionar los locales de la organización el 22 de marzo.

La secta Verdad Suprema (Aum Shinrikyo, en japonés) se gestó en 1984, cuando su líder, cuyo nombre real es Chizuo Matsumoto, abrió un pequeño seminario de yoga en el barrio tokiota de Shibuya.

Asahara captó como subalternos a varios miembros de la elite universitaria nipona, lo que impulsó el crecimiento de la estructura económica y organizativa de la asociación.

A través de los "dojos" de meditación que abrió en todo el país, Aum captó a miles de fieles y en apenas una década se había transformado en una poderosa organización subdividida en "ministerios", con capacidad para producir agentes químicos y armas ligeras y que incluso llegó a adquirir un helicóptero militar ruso.

Pese a estar en el punto de mira, solo a raíz del atentado lograron las autoridades ligar a la organización con otros delitos, entre ellos otro ataque con sarín que mató a ocho personas en la provincia de Nagano en 1994 o el asesinato de un abogado y su familia en 1989.

Los procesos judiciales abiertos desde 1996 han dejado muchos aspectos de la trama sin despejar, incluyendo la motivación de los atentados, en parte porque Asahara, hoy de 56 años, ofreció testimonios muy confusos antes de ser condenado a muerte definitivamente en 2006.

Tampoco han sido aclarados otros incidentes como el asesinato a cuchilladas y retransmitido en directo por las cámaras de televisión de Hideo Murai, "ministro de ciencia" de Aum, a cargo de un miembro de la "yakuza" (mafia) que se suicidó poco después en su celda.

Las víctimas del atentado de Tokio y sus familias han sido los primeros en afirmar hoy que los procedimientos no han logrado sacar a la luz la verdad y han pedido que el caso no caiga en el olvido.

La secta, que se refundó con el nombre "Aleph" en 2002 y se distanció públicamente de la original, cuenta hoy con unos 1.000 seguidores y continúa bajo vigilancia de la Agencia de Seguridad e Inteligencia nipona.

El rastro de la tragedia queda patente en el Metro de Tokio, que hoy cuenta con muchas más cámaras de vigilancia y solo recientemente volvió a instalar papeleras después de que fueran retiradas por seguridad.

Aún se mantienen en el suburbano tokiota, que transporta a más de 6 millones de personas al día, los avisos para que los usuarios informen de cualquier anomalía, así como algunos carteles con las fotos de tres integrantes de la secta que siguen en busca y captura.

Además, muchos tokiotas rememoran aún la tragedia cada vez que evitan sentarse cerca de un objeto olvidado en un vagón, mientras que algunos de los que viajaban en los trenes atacados aquel 20 de marzo siguen sin ser capaces de tomar el metro a día de hoy.

Andrés Sánchez Braun