Desde lo alto de las amenazantes peñas de los desfigurados barrancos que dividen el centro histórico de la capital guatemalteca con las zonas pobres del oeste de la ciudad, pareciera que son duendes los que se observan en el fondo.

La difusa visión se empieza a esclarecer conforme se descienden por empinados caminos los más de 40 metros que hay desde lo alto de las peñas hasta la orilla de un riachuelo que forman los desechos sólidos de la capital y las aguas residuales, y se observa que los ilusorios duendes son cientos de hombres con el cuerpo semidesnudo que, afanados, escarban en un río de aguas negras.

Se trata de los buscadores de metales preciosos, monedas, hierros y chatarra que, a diario, a falta de un empleo formal y seguro, se ganan la vida extrayendo de las entrañas del basurero más grande de Centroamérica los desperdicios que los habitantes de la Ciudad de Guatemala han desechado por inservibles.

A lo largo de los más de quince kilómetros del curso de este río, los "buscadores de oro", como ellos mismos se llaman, ayudados por palas y picos de metal, acuden todos los días a recoger de entre la basura y la mierda, valiosos desperdicios que luego de jornadas de más de diez horas de trabajo, venden a empresas recicladoras para obtener el sustento de su familias.

"Este es un trabajo jodido, pero trabajo digno y honrado", dice a Acan-Efe Juan Carlos Rosales, un hombre de 38 años, casado y padre de dos niñas, que con la piel oscura, curtida por el sol, y las manos encallecidas, extrae con una pala de metal un montón de arena negra de entre las aguas del río.

Con paciencia y ojos de experto, empieza a sacar trozos de hierro, cobre, plata, latas y monedas, que va clasificando en sacos y cajas, según su origen, que una vez llenos sube a lomo hasta la parte alta del barranco donde en improvisadas covachas le esperan los compradores que las pesan y pagan según tarifas preestablecidas.

"Por un quintal (cien libras) de chatarra nos pagan 75 quetzales (9,30 dólares); por una libra de cobre, 15 quetzales (2 dólares), y cuando tenemos suerte y encontramos piezas de oro, sacamos hasta 153 quetzales (19 dólares) por cada gramo", precisa.

Giovanni, de 19 años, sobrino de Juan Carlos, emocionado se une a la conversación para, con prueba en mano, demostrar que "aquí siempre se encuentra oro, y bastante".

De la bolsa de su mugriento pantalón, el muchacho saca seis anillos de oro -dos relucientes y cuatro totalmente estropeados, pero de oro al fin- que, orgulloso, muestra como el resultado de tres días consecutivos de esfuerzo.

"Acá mínimo hay seis gramos de diez kilates. Con esto, más los seis quintales de chatarra que hago en la semana, ya la hice", se regocija con una sonrisa de satisfacción.

Los "tesoros" que estos buscadores encuentran proceden de las cientos de toneladas de basura que cada día se depositan en el relleno sanitario de la capital, y que por diminutos los pasaron por alto los miles de "pepenadores" que tienen la suerte de recibir primeros los camiones que llevan los desperdicios al lugar.

"Las máquinas de la Municipalidad procesan la basura y la arrinconan hasta que llega acá (al río). Por su propio peso se hunden en el agua y se confunden con la arena. Por eso es que tenemos que meternos al río y sacar el arena", agrega David Flores, un tipógrafo de 42 años desde el medio de la corriente, de donde extrae arena hacia la orilla.

En la imprenta donde trabajaba hasta hace dos años, cuenta este hombre, soltero pero con tres hijos, "ganaba 1.050 quetzales (131 dólares) a la quincena, pero eso solo cuando había trabajo".

De extraer metales, y con suerte piezas de oro, de las entrañas de la basura, asegura, obtiene "en una semana lo que ganaba en la imprenta. Y aquí sí que hay trabajo todos los días".

Su fórmula para encontrar el oro, lo más codiciado y apreciado por los buscadores, "es la fe". "Los que no lo buscan con fe, nunca lo encuentran. Yo que sí la tengo, no paso una sola semana sin encontrar al menos un par de gramos", asegura.