Alejandro Romero se asusta cuando se rompe un plato o un alguna bandeja cae al suelo en la cocina del restaurante de Manhattan donde trabaja.

El inmigrante mexicano no puede evitar sentir ese miedo inconsciente al ruido desde los ataques de la mañana del 11 de septiembre del 2001 en Manhattan, cuando era empleado del restaurante Windows of the World a lo alto de una de las Torres Gemelas.

"Queda uno traumado. Lleva ese miedo", dijo el cocinero de 37 años, nacido en Puebla. "Ha pasado mucho tiempo pero a veces me pongo a pensar como si fuera ayer en los compañeros que murieron".

Setenta y tres de sus compañeros de trabajo en el restaurante fallecieron en los atentados. Romero se salvó porque trabajaba por la tarde. El inmigrante — quien había sido ayudante de cocina durante tres años en el piso 107 de la torre norte — se encontró de la noche a la mañana solo y sin trabajo.

"Eramos como una familia. Se siente feo eso", murmuró.

Romero, no obstante, contó con la ayuda de una organización surgida de las cenizas de las Torres Gemelas, formada por un grupo de sobrevivientes que se unieron para luchar contra la adversidad y defender los derechos de los trabajadores del sector de gastronómico.

A través de clases de cocina y de derechos laborales, varios de ellos salieron adelante en nuevos puestos de trabajo y hasta acabaron abriendo un restaurante llamado Colors, que funciona como una cooperativa.

"Me superé mucho. Sabía más de decoración de platillos, aprendí a ser más profesional, sigo trabajando en eso", dijo Romero. "Me apoyaron en los momentos más difíciles. Hasta nos ayudaron con algunos gastos de la renta".

El grupo de inmigrantes, llamado Restaurant Opportunities Center of New York (ROC-NY, por sus siglas en inglés), no sólo dio clases gratis de cocina a Romero sino que le consiguió trabajo en la cocina de unos estudios de cine en Astoria.

El inmigrante mexicano, al igual que sus compañeros, llama a las oficinas de ROC-NY cada vez que necesita trabajo o consejo en temas laborales. En la actualidad trabaja como ayudante de chef en un restaurante de Park Avenue.

"Tras los ataques del 11 de septiembre el gobierno estadounidense respondió invadiendo otros países...", dijo Juan Carlos Ruiz, el director de Colors para ROC. "Nosotros quisimos responder de una forma que generara vida y no más muerte".

Desde el 2001, unas 5.000 personas han completado los cursos de ROC-NY sobre derechos laborales, y aproximadamente un 40% de ellas son inmigrantes hispanos, dijo Fekkak Mamdouh, un ex trabajador marroquí de Windows of the World que hoy en día es el codirector de ROC United, la rama nacional de la organización.

La cooperativa de ROC con inmigrantes de más de 20 países que se creó tras los ataques del 2001 tardó años en lograr la financiación para abrir Colors: el proyecto nació a través de donaciones, ayudas de la Arquidiócesis de Nueva York y la aportación de la Cooperativa Italiana di Ristorazione (CIR, por sus siglas en italiano).

Oscar Galindo formó parte del grupo desde el principio.

El mexicano de 38 años era el encargado de cocina de un restaurante cercano a las Torres Gemelas cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre y cambiaron su vida. El sitio quebró al disminuir la clientela tras los atentados. Galindo se unió entonces al grupo de inmigrantes y en el 2006 fue uno de los que abrió Colors, donde sigue trabajando hoy.

"Esto era como un sueño. No teníamos nada", comenta el cocinero, vestido en bata blanca y con el pelo cubierto en una malla negra, sin dejar de moverse un segundo. "Ahora seguimos para adelante".

El objetivo era abrir un establecimiento sin jefes, en el que se pagasen las horas extras, y se defendieran sus derechos como empleados, ya que para los inmigrantes no es fácil salir adelante en este ramo, explicó Ruiz.

"Los dueños se quedan con las propinas, no se otorgan seguros de salud, no hay tiempo libre, se explota, tanto a documentados como a indocumentados", dijo el activista.

El local de columnas negras y techos altos cierra lunes y martes para ofrecer clases gratuitas de cocina básica, cómo ser mesero o cómo mezclar cócteles a decenas inmigrantes que quieren ingresar en el sector o a estadounidenses que se han quedado sin trabajo.

"Aquí todos trabajamos para todos", afirma Rafael Monterrubio, un mexicano de 50 años que opera como lavaplatos cinco días a la semana, cobrando 12 dólares la hora.

Monterrubio, quien no trabajó en las torres, se hizo miembro de ROC hace seis años, tras interponer una demanda a un restaurante de Manhattan que no le pagaba lo que él creía era justo. El inmigrante de Ciudad de México realizó las clases sobre derecho laboral, además de las de cocina básica.

"Sé muchas cosas de leyes que antes no sabía", explicó. "El objetivo de todo esto es capacitar, superarse y enfrentar la vida en esta industria".

Sin embargo, no todo el mundo quedó satisfecho.

"Para mi ROC-NY fue un fraude", dijo Ismael Rosales, un mexicano que trabajó en Windows of the World durante casi dos años.

Rosales, de 27 años y nacido en Puebla, dijo que la idea era buena, pero después de algunas clases, no recibió ni el empleo ni la ayuda que esperaba.

"Iba a ser como la gran unión de los trabajadores pero a muchos no les sirvió de nada", señaló Rosales, quien ahora trabaja como cocinero de un restaurante de Manhattan. "Decidí formar parte pero a veces no se puede por falta de dinero... No sé que ocurrió. Yo tenía que trabajar así que me fui por mi cuenta".

César Tapia, un ecuatoriano que trabajó también durante años en el restaurante de la Torre Gemela norte, fue uno de los fundadores de Colors.

"Nos reunimos allí cada aniversario de los ataques y uno vuelve a recordar todo eso", dijo el inmigrante de 42 años, nacido en Guayaquil. "Sin embargo, sigo yendo a Colors porque siento que formo parte de este proyecto".

Tapia llegó tarde a trabajar a la cocina de Windows of the World el día de los atentados y no tuvo el valor de regresar a la zona cero hasta dos años después.

Las reuniones que iniciaron los compañeros del restaurante que sobrevivieron en un local de la calle Hudson fueron muy reconfortantes, señaló.

"Todo el mundo estaba allí y conversábamos, nos dábamos abrazos, y nos decíamos 'que bueno que tú no estabas allí en ese momento''', explicó el ecuatoriano.

Cada hispano que llega a las clases de cocina del restaurante es porque se ha hecho miembro de ROC con una contribución simbólica de cinco dólares al mes y ha recibido lecciones de derechos laborales en las oficinas de la organización o el restaurante. En esas sesiones semanales se habla de cómo reclamar pagos atrasados, exigir días de enfermedad o retener el pago de propinas.

"Todo el mundo me pide experiencia, ¿cómo voy a encontrar trabajo si no tengo experiencia y nadie me da una oportunidad?", preguntó frustrado Johansen Concepción, un joven dominicano, durante una de las reuniones esta semana.

Su pregunta fue seguida de aplausos por parte de una treintena de aprendices y trabajadores afroamericanos e hispanos que escucharon después los comentarios de los líderes de la organización. La reunión — donde se habló de propinas y compensación por días de enfermedad — estuvo dominada por los chistes, las quejas, las risas y una comida posterior para todos.

"¡Somos el poder!¡Somos la fuerza! ¿Quienes somos? ¡ROC New York!", gritaron al final del acto en varios idiomas.

Los clientes de Colors se encuentran en la entrada del local con fotografías de trabajadores manifestándose por las calles y una placa con los nombres de los empleados de Windows of the World que murieron.

"Estamos motivados por un sentido de responsabilidad hacia nuestros trabajadores", dice el panfleto de propaganda del restaurante que cobra 11 dólares por un plato de paella de chorizo y pollo y 10 dólares por una copa de vino.

El restaurante organizó recientemente una exhibición de 107 fotografías en memoria a los trabajadores de Windows of The World, que se ubicaba en el piso 107 de la Torre Norte.

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Claudia Torrens está en Twitter como @ClaudiaTorrens