Esperanza Pérez Labrador, madre y esposa de desaparecidos en la dictadura argentina y un ejemplo de dignidad, no dejó nunca de reclamar justicia desde que los militares destrozaron su familia en 1976 hasta su fallecimiento la pasada noche en Madrid, a los 89 años de edad.

Nacida en 1922 en Camagüey (Cuba), donde vivían sus padres españoles, su madre murió en el parto, y su padre, incapaz de hacerse cargo de ella, la entregó a una familia cubana de apellido Mestril.

Siete años después, el padre de Esperanza consiguió que le devolvieran a su hija -pese a la oposición de la familia y de la propia niña- para trasladarla a España, desde donde tiempo después, en 1950, partió hacia Argentina.

La familia que formó allí quedó destruida en 1976: el 13 de septiembre de ese año Miguel Ángel Labrador, el hijo menor, de 25 años, salió de la casa familiar y nunca más se supo de él. Dos meses más tarde, el 10 de noviembre, fueron asesinados Víctor, su marido, su hijo Palmiro, de 28 años, y la compañera de este, Edith Graciela Koatz, de 25.

Pese al tiempo transcurrido, "es imposible olvidar", como dijo el pasado septiembre Esperanza en entrevista con Efe, con ocasión de la la presentación del libro del mismo nombre escrito por el periodista español Jesús María Santos a partir de 250 folios manuscritos por ella y de largas conversaciones entre ambos.

Esas pocas palabras resumen un sufrimiento que acompañaría para siempre desde la pérdida de sus seres queridos a quien fuera una de las madres de la Plaza de Mayo en la ciudad argentina de Rosario.

Su hija Manoli, con la que residió en Madrid hasta su muerte, dice que Esperanza sufrió "mucho más" de lo que se puede leer en un libro y que "no hay palabras para reflejar lo vivido entonces".

Esperanza, que se armó de valor y afrontó con valentía la búsqueda y la reivindicación de su hijo ante la dictadura, afirma que nunca tuvo miedo: "Yo me decía: 'si ya han matado a mi marido y a mis hijos, qué importa que me maten a mí".

Todos los días se plantaba ante las oficinas del general Galtieri, hasta que éste la recibió para decirle que la muerte de su esposo fue "un error" pero que sus hijos eran montoneros.

Esperanza se lanzó entonces contra él, le agarró de la pechera del uniforme y le gritó "!asesino, criminal!".

La historia de esta mujer es una de las razones por las que, en 1996, el juez español Baltasar Garzón decidió abrir un proceso contra la dictadura argentina, algo que Esperanza nunca olvidó.

El reconocido magistrado dijo de Esperanza que "al recordarla no puedo evitar que las lágrimas me enturbien la vista y el recuerdo. No es posible sufrir tanto dolor y mantener la dignidad. Perder a su marido, tres hijos y una nuera y presentarse firme exigiendo justicia es algo que te reconforta y te hace avergonzarte por todas las veces que has tenido dudas o desinterés por la justicia."

"Es una pena que haya sólo un Garzón", dijo Esperanza a Efe, acerca del caso abierto contra los militares considerados responsables de la desaparición y muerte en Argentina de más de 30.000 personas, entre ellas unos 35 españoles.

Unas víctimas que Esperanza definió como "una juventud hermosa", a la que aniquilaron.

"Eran muchachos todos jóvenes, todos buenos. De día iban a las 'villas miseria' a enseñar a leer y escribir y de noche se iban a la facultad, a estudiar. Y así mataron a miles y miles y miles", afirmó Esperanza al presentar su libro.

"Su vida fue ejemplo de amor, dignidad y coraje", expresó su hija Manoli al anunciar hoy el fallecimiento.

"A esta mujer siempre le brillaron los ojos. Incluso cuando se inundaban de lágrimas. Y a nosotros, sin Esperanza, nos queda la esperanza que nos enseñó", escribió hoy, por su parte, el periodista Jesús Santos.