El hombre designado para ser el próximo primer ministro de Italia se ganó el mote de "Súper Mario" en los pasillos de la Comisión Europea al ponerle freno a gigantes corporativos como Jack Welch y Bill Gates.

Elegantemente ataviado y con una conducta formal, Mario Monti probó su temple como un duro negociador cuando bloqueó la fusión de General Electric y Honeywell y puso una multa de 500 millones de euros contra Microsoft por abusar de su posición dominante.

"Se mueve con cautela y habla con refinamiento, pero se mueve", dijo Carlo Guarnieri, un politólogo de la Universidad de Bolonia.

Monti, un importante economista, está entre los hombres más respetados en el país y entre los italianos más admirados en Europa.

Eso no será garantía de éxito en la tarea monumental que se encuentra ante él: lograr una mayoría suficientemente grande para impulsar reformas estructurales dolorosas a través de un Parlamento fracturado a fin de evitar que Italia sea arrastrada a la creciente crisis de deuda.

Sin embargo, tiene algunos activos claros: es parte de la clase financiera dirigente, tiene vínculos fuertes con instituciones y gobiernos europeos y goza de un apoyo claro del presidente Giorgio Napolitano, quien le dio el domingo un mandato para formar un gobierno nuevo.

Proporcionando un contraste sobrio respecto al audaz Silvio Berlusconi, quien renunció el sábado, Monti también es el favorito de los mercados financieros, los cuales disminuyeron la presión sobre los costos de la deuda italiana después de que su candidatura ganó adeptos.

Monti, de 68 años, tiene una figura adusta y formal, la cual la gente que lo conoce dice que se contrapone a un ingenio sutil. Habla varios idiomas y se mueve con facilidad entre las capitales europeas. El ahora presidente de la prestigiosa Universidad Bocconi de Milán pasó 10 años en la Comisión Europea, casi la mitad de ese tiempo en el poderoso cargo de comisionado de competencia y es uno de los fundadores de grupo Bruegel, con sede en Bruselas, el cual fusiona investigación con recomendaciones de planes de acción.

Monti está completamente involucrado en la discusión europea sobre la divisa común y el papel de sus instituciones. La noche en que Napolitano lo designó senador vitalicio en Roma, la semana pasada, Monti estaba en un panel discutiendo en Berlín el futuro del euro.

"Una persona me preguntó esta mañana en el vuelo de Milán, 'señor Monti, ¿está seguro que está tomando el vuelo correcto''', comentó sarcásticamente.

Aunque no hay duda de que Monti es parte de la elite política y que se mueve en los excepcionales círculos de los responsables de la toma de decisiones en Europa, no da la impresión de estar desconectado de los italianos comunes. Imágenes de televisión muestran a Monti cargando su automóvil de gasolina.

En una Italia llena de privilegiados, la imagen de Monti llenando de combustible el tanque de su vehículo tiene un significado que va más allá de una persona poderosa involucrada en una tarea ordinaria: habla de un hombre poderoso que no busca un privilegio, algo que él señala que quiere eliminar.

"Al introducir más competencia, introduciremos a su debido tiempo más merecimiento y menos del papel de nepotismo, clientelismo, corrupción, lo que sea", dijo Monti en Berlín esta semana.

Monti nació en el poblado de Varese, al norte de Milán, siendo su padre un gerente de banco. Cuando adolescente, su padre lo llevó a observar Estados Unidos y la Unión Soviética en el clímax de la Guerra Fría para que pudiera formarse una opinión personal sobre ambas potencias.

Obtuvo títulos universitarios en economía y administración en Bocconi y después estudió en Estados Unidos, en Yale. Pasó años enseñando economía en varias universidades italianas. Es reconocido como un defensor del libre comercio y de reducir el gasto público.

"Siempre he sido considerado el más alemán de los economistas italianos, lo que siempre he recibido como un cumplido, aunque rara vez es considerado un cumplido", dijo Monti ante un comité sobre la crisis del euro en el Simposio Dahrendorf, en Berlín.

Monti ha calificado la cultura alemana de estabilidad como una de sus "mejores exportaciones", un punto de vista que sin duda ayudará a las relaciones entre Roma y Berlín. Sin embargo, sus allegados dicen que también tiene confianza suficiente para plantar cara a las instituciones europeas, algo de lo que carecía el gobierno de Berlusconi.