Silvio Berlusconi sobrevivió a escándalos sexuales e investigaciones de corrupción. Los relatos de sus fiestas de mal gusto y calificadas de orgías lo volvieron un hazmerreír internacional.

Los fiscales le siguieron la huella en una serie de presuntas irregularidades de una amplitud inconcebible y cada vez que parecía acorralado, el político de bronceado permanente lograba escabullirse de nuevo y recuperarse milagrosamente... hasta que se topó con algo invencible: los mercados.

Berlusconi anunció el martes que renunciará una vez que el Parlamento italiano apruebe las reformas económicas que le exige la Unión Europea a Italia.

Lo venció un ataque implacable de los inversionistas a los bonos del Tesoro italiano y un desplome en el apoyo que tenía en el Parlamento. Es casi seguro que su carrera política esté acabada, tras alcanzar la hazaña de ser el primer ministro más longevo de su nación.

El también barón de los medios de comunicación italianos dominó la política nacional durante casi dos décadas.

Fue primer ministro en tres ocasiones durante los últimos 17 años. Con una imagen carismática y polarizante, convenció a los italianos de que la prosperidad era posible, según lo demostraba su propia experiencia: pudo transformarse de un cantante en viajes de cruceros en el hombre más rico de Italia.

En sus últimos años en el poder, sin embargo, fue casi en una caricatura grotesca del multimillonario encantador que hechizó a su nación.

Se hizo trasplantes de cabello y cirugía plástica que eran más que evidentes para un hombre que ya tiene 75 años. Su reputación como seductor le abrió paso a las denuncias de citas con prostitutas y menores de edad. Puso en vergüenza a Italia con meteduras de pata asombrosas en varias cumbres internacionales.

Entretanto, se acumulaban las acusaciones de que él no estaba en la política por el bien de Italia, sino por su propio beneficio, para impulsar sus negocios y cambiar las leyes a fin de evadir a la justicia.

Mientras aumentaba la presión para que renunciara, Berlusconi siempre se mantuvo desafiante, etiquetando a sus opositores de "comunistas" de los que había que alejarse y a los fiscales como "terroristas" que desafiaban la voluntad del pueblo que lo eligió como primer ministro.

A pesar de que sus aliados desertaban, se declaró salvador de Italia al terminar la cumbre del Grupo de los 20 en Cannes, Francia, la semana pasada.

"Me siento con el deber de continuar esto", dijo. "Este es un gran deber y un sacrificio para mí. Aquí, en la cumbre de Cannes, miré a mi alrededor y no vi a nadie más en Italia que tuviese la capacidad de representar a nuestro país", agregó.

Sin embargo, la sonrisa magnética, los chistes soltados con confianza y el optimismo perenne ya no fueron suficientes para tranquilizar a los demás.

Cuando Italia se volvió el nuevo foco de la crisis de la deuda de la eurozona, los mercados financieros dieron su veredicto: el propio Berlusconi era el problema. Carecía del poder político para que el país aprobara rápidamente las medidas necesarias para impulsar el crecimiento y reducir la deuda.

El temor fundamental de los mercados que afianzó el cambio político era que Italia no sería capaz de pagar su enorme deuda de 1,9 billones de euros (2,6 billones de dólares). Eso era una carga demasiado alta como para que el resto de Europa pudiera intervenir.

Una cesación de pagos podría generar una quiebra que cimbraría a la zona del euro de 17 naciones y arrastraría a la economía mundial hacia una nueva recesión.