Los libios, a quienes se negó por años la posibilidad de hacer un peregrinaje reservado normalmente para las personas más cercanas al dictador Moamar Gadafi, figuraron entre millones de musulmanes que ascendieron el sábado a un monte sagrado, en el comienzo del Hajj, que dura una semana.

Una alfombra roja ha reemplazado la de color verde — el favorito de Gadafi — en el campamento de carpas de los peregrinos libios. Y entre quienes tuvieron preferencia este año para cubrir la cuota de visitantes de la nación norafricana figuraron familiares de combatientes que perecieron tratando de derrocar al líder.

Muchedumbres de peregrinos, vestidos con túnicas blancas para simbolizar la pureza y la igualdad a los ojos de Dios, comenzaron a subir desde el alba al Monte Arafat o de la Misericordia, a unos 19 kilómetros (12 millas) de la Meca. Se dice que en ese lugar, el profeta Mahoma pronunció su sermón de despedida.

El ascenso al monte constituye el primer ritual relacionado con el peregrinaje de cinco días, una época para buscar el perdón por los pecados y para meditar sobre la fe. Las autoridades saudíes dicen que aproximadamente dos millones y medio de peregrinos participarían en el Hajj este año.

Muchos oraron por la paz en sus respectivos países, en un momento en que Medio Oriente enfrenta una oleada sin precedente de protestas antigubernamentales que ha derrocado a líderes autocráticos en Túnez, Egipto y Libia, y que ha estremecido a los regímenes de Yemen, Bahrein y Siria.

El clérigo principal de Arabia Saudí, gran mufti y jeque Abdul-Aziz Al Sheik, dijo en su sermón que el islam "enfrenta desafíos y divisiones", e instó a los musulmanes a "resolver los problemas sólo por medios pacíficos, ajenos al derramamiento de sangre".

"A la gente le digo, resuelvan sus problemas por el diálogo, no por la sangre", dijo Al Sheik a los fieles, quienes formaron un mar de túnicas blancas, el cual cubría las calles y la montaña. "Y a los líderes les digo, deben considerar los dictados de Dios cuando lidian con su pueblo".

Un ánimo de celebración imperaba en el campamento libio, más de dos semanas después de la captura y linchamiento de Gadafi, lo que puso fin a una brutal guerra civil de ocho meses.

Tres globos decorados con los colores de la bandera revolucionaria, rojo, verde y negro, flotaban encima del campamento, con luces coloridas en las cercas y en las carpas. Una alfombra roja cubría el piso, en vez de la verde que solía colocar cada año el régimen de Gadafi.

Abdul-Hamid Kashlaf, de 45 años, labora como inspector de inmuebles en Trípoli. Fue seleccionado junto con su esposa como parte del grupo de unos 7.000 peregrinos libios que perdieron a seres queridos, para un viaje gratuito al Hajj, por parte del Consejo Nacional de Transición.

Su hijo de 17 años, Abdul-Bari, fue parte de una célula secreta en Trípoli, que ayudó a que las fuerzas revolucionarias tomaran la capital a finales de agosto. El joven murió abatido a tiros por las fuerzas gadafistas en una mezquita.

"Pido a Dios que nos conceda seguridad y ponga a nuestro país en manos de la gente buena", dijo Kashlaf, sentado en una silla de plástico, dentro del campamento.