Saúl sabe que se juega la vida cuando busca objetos valiosos en las aguas fétidas que fluyen al fondo de un barranco de 300 metros de profundidad, ubicado a escasas cuadras del Palacio Presidencial.

Pero él dice que el "río ha sido una bendición" que le permitió abandonar su adicción al crack, rehacer su vida e incluso comprarse un "tuc tuc", como le dicen a los mototaxis que pululan por las calles guatemaltecas para completar sus ingresos.

Lo que Saúl llama un "río" es en realidad un caudal de aguas pluviales que arrastran chatarra y todo tipo de objetos arrojados a un vertedero que se encuentra arriba del barranco.

Al fondo de este barranco se da una confluencia de circunstancias únicas: de un lado está el límite del basurero general de la ciudad, con montañas de desperdicios que nunca dejan de crecer, rebosarse, caerse y avanzar ganando espacio.

Del otro, la salida de un túnel que arroja con fuerza un gran caudal de agua procedente de la red de alcantarillado de la ciudad.

Ambas corrientes se juntan al comienzo de lo que los guatemaltecos llaman "la mina" por la cantidad de objetos valiosos que allí encuentran. Pero la tarea no es fácil porque el agua remueve la basura, arrastrando poco a poco todo lo que flota, incluidos plásticos, ropa y restos de comida, mientras deposita en su lecho los metales, que son más pesados.

Ese es el botín que buscan los "mineros", como se denomina a los osados individuos que se arriesgan a bajar al fondo del barranco. Esos objetos generan mucho más dinero que lo que ganan los recolectores de basura del vertedero aledaño.

"Me trae más cuenta (rinde más) venir aquí que ir a una empresa para que me regañen continuamente", dijo Eddie Miranda, un "minero" de 41 años. "Además, me saco 150 quetzales (20 dólares) diarios como mínimo. Ayer mismo saqué una esclava (pulsera) de nueve gramos de oro. Me dieron 2000 quetzales (256 dólares)".

El dinero en juego es considerable en un país con un salario mínimo de 270 dólares al mes.

"Si el alcalde Alvaro Arzú supiese todo el dinero que sale de aquí, privatizaría el barranco", dijo Saúl, con una mezcla de orgullo y rubor.

Igual que tantos otros, Saúl no quiso dar su nombre completo porque "la vergüenza te puede", según explicó. "Nadie está orgulloso de trabajar sumergido en el alcantarillado de la ciudad y oler a basura. Además, todos ellos son conscientes de que lo que hacen es ilegal".

Desde el alba, los "mineros" bajan al barranco como si se dirigiesen a una oficina: limpios, con su camisa bien planchada, contentos e incluso silbando.

Caminan con una pala para cavar al hombro, una mochila a la espalda llena de bolsas de basura --que usan como impermeabilizador del agua fétida o la lluvia en piernas, brazos y cabeza-- la merienda del mediodía y ropa seca y limpia para cambiarse cuando termina la jornada.

Los mineros dejan su ropa doblada a buen recaudo y tienden la mojada hasta que se seca en una serie de lonas de plástico atadas con cuerdas a los árboles. Cuando la lluvia arrecia, las lonas también los protegen del agua.

Avelino Pérez, de 35 años, y Julio Lejá, de 19, trabajan con el agua hasta el cuello a pocos metros de la boca del desagüe y rodeados de dos inestables montañas de basura de varios metros de alto.

Hunden su pala en la corriente y la levantan con sedimentos que depositan en la orilla. Han elegido el lugar más peligroso y quizás más lucrativo de todo el barranco, donde el agua entra con más fuerza y, supuestamente, donde se pueden encontrar los diminutos tesoros.

Pero una crecida del nivel del agua les atraparía sin margen para la huida.

"Aquí no se mete cualquiera", dice Lejá. "En cuestión de segundos, cuando se viene la crecida, lo sepulta a uno, y si no es la montaña de basura, es el agua lo que nos puede arrastrar".

Pérez está contento. Su búsqueda ha sido fructífera. "En tres horas me he sacado el jornal", dice mostrando un pequeño pendiente con forma de cruz, sucio y lleno de tierra. Le aplica unas gotas de ácido y sonríe. "Es oro. Quizás me den 500 quetzales (unos 65 dólares) por él".

Tiene los dedos quemados y las uñas amarillas. El ácido le está pasando factura. El frío también. Empapado y con la piel de gallina, no para de temblar. Ha pasado tres horas sumergido en una corriente de aguas fétidas, turbias, de un color grisáceo. Pero el éxito de la mañana no le detiene. Seguirá trabajando todo el día.

La necesidad supera el miedo y las malas condiciones de trabajo. Los mineros asumen el riesgo de que un deslave podría sepultarlos en cualquier momento, como ya ha sucedido con cientos de personas a lo largo de los últimos años.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas trabajan aquí. Los mineros dicen que laboran en dos turnos de hasta 300 personas cada uno.

Tampoco se sabe cuántas personas han muerto. La existencia del lugar y los riesgos que entraña no son reconocidos por institución alguna. La AP solicitó en dos ocasiones hablar con la municipalidad sin éxito.

Lejá perdió a su hermano el 13 de mayo de 2011. Su cuerpo, como tantos otros, nunca apareció sepultado por toneladas de basura. "Sigo viniendo por necesidad. Confío en Dios primero", dice el hombre.

El barranco tiene una entrada principal por un hueco en un muro en una zona peligrosa de la ciudad llamada popularmente como "El Gallito".

Allí, se han construido varias "salidas de emergencia" que utilizan "los mineros" cuando el nivel del agua crece por la lluvia y que suele derrumbar las montañas de basura y arrastrarlo todo a su paso.

Saben que cuando comienza a llover el margen de maniobra es mínimo. Se guarecen de la lluvia bajo las lonas y esperan a que pase lo que llaman "la bendición del invierno", pues la misma lluvia que puede matarles aumenta las posibilidades de que encuentren un tesoro al remover las aguas y la basura.

Antonio Yupe, de 32 años, es uno de los supervivientes del último gran derrumbe en el lugar ocurrido en julio de 2008. Dice que murieron docenas de personas. Su recuerdo es nítido: "la bola de basura y tierra rebotó en el fondo del río y me arrastró mientras escapaba por la ladera. Di muchas vueltas, me rompí una pierna. No sé cómo, pero me quedé sepultado con la cara hacia fuera. Así pude respirar hasta que me rescataron. El hombre que estaba conmigo desapareció para siempre".

El "Tío Chepe", de 52 años, es otro de los supervivientes de aquel día. Desde entonces, decidió no volver a bajar al río nunca más y se convirtió en el "encargado" a quien todos los trabajadores respetan. Trabaja junto a su ayudante, llamado Ronnie, en mantener la seguridad, el orden y la compra de chatarra.

Si no hay suerte con una esclava, pendiente o anillo de oro o plata que alguien haya perdido mientras se lavaba las manos, los mineros ganan dinero acumulando tornillos, grifos de bronce y cualquier metal reciclable.

En su sólo viaje al fondo del barranco, los "mineros" pueden hacer lo equivalente al doble del salario mínimo diario. El metal lo venden a 85 centavos la libra y cada persona puede cargar más de 100 libras al día sobre su cabeza.

Fusil en mano, Ronnie dice que "a veces han venido algunos jóvenes a robarles a los mineros el producto de su jornada. Entonces también nos encargamos de protegerles".

Pese a la dureza del trabajo, la edad no es un impedimento para "Don Tomás", el decano de los mineros, de 67 años, quien asegura que lleva en el lugar desde niño. Es como la memoria viva del lugar.

Su relato plasma el miedo y las alucinaciones que les provocan los gases, probablemente tóxicos, que emanan de la basura. "Cuando se vino el último deslave, alguien había encontrado una corona de oro. Era del mismo diablo", dice Tomás. "En ese momento rugió la tierra y sepultó a más de 40 personas".