Más de dos meses después de la caída de Trípoli, los nuevos líderes libios siguen esforzándose para tomar control de vastos arsenales de armas, impedir que salgan del país municiones y desarmar a miles de combatientes que liquidaron el régimen de Moamar Gadafi.

La comunidad internacional ha ofrecido ayuda, pero también espera que los libios actúen. Sin embargo el gobierno interino — en el limbo hasta la formación de un nuevo gobierno a mediados de mes — podría no estar a la altura de las circunstancias. El líder interino, en respuesta a llamamientos internacionales cada vez más urgentes, dijo que no puede hacer mucho porque carece de fondos.

El mes pasado, investigadores de la organización Human Rights Watch hallaron en el desierto un arsenal de armas sin custodia que incluía miles de granadas y municiones antiaéreas.

Las autoridades libias también descubrieron dos complejos militares con armas químicas que, según dijo un funcionario, estaban listas para ser armadas y usadas, como también otro sitio donde se hallaron 7.000 tambores con uranio crudo. Inspectores de armas químicas llegaron a Libia esta semana para empezar a asegurar esos depósitos, dijo un funcionario de las Naciones Unidas.

La situación ha provocado temores de que el material — que incluye proyectiles antiaéreos manuales que representan una amenaza a la aviación civil — pudieran caer en manos peligrosas.

Para complicar el problema, una multitud de combatientes revolucionarios se ha negado a desarmarse y ha habido una serie de venganzas entre hombres armados de grupos rivales, incluso un tiroteo en un hospital de Trípoli esta semana. Los líderes libios están cada vez más preocupados.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, visitó Libia el miércoles para manifestar personalmente su preocupación por las armas que están fuera del control del nuevo gobierno libio.