Los líderes europeos han luchado denodadamente para mantener a Grecia en la eurozona, pese al lastre que representa su debilidad económica para el crecimiento del resto. El motivo es que, si Grecia abandona el euro, la economía mundial sufriría una verdadera catástrofe.

El retiro griego del euro provocaría casi seguramente la incapacidad de pagar sus deudas. Una Grecia en bancarrota no podría abonar pensiones y salarios y habría una corrida bancaria, causando su desplome cuando los depositantes retiraran sus euros antes de que la divisa volviera a cambiarse por dracmas.

Los griegos que debieran euros pero que recibieran su pago en dracmas — lo que equivaldría a una enorme devaluación monetaria — hallarían súbitamente imposible pagar sus deudas, y ellos mismos se declararían en quiebra. En un país donde la violencia callejera acompaña aun a la menor manifestación de empleados públicos, es una receta para el desastre.

Y el único sitio al que el país podría recurrir sería el Fondo Monetario Internacional, que ya es uno de sus acreedores e insistiría en medidas de austeridad todavía más severas a cambio de préstamos de rescate, completando el círculo vicioso.

Más allá de las fronteras griegas, las consecuencias no serían menos calamitosas.

En vez de pérdidas del 50% en bonos griegos que los bancos ya han dicho que pueden soportar, los acreedores privados sencillamente verían desaparecer dichos bonos. Los países de la eurozona, el Banco Central Europeo y el FMI también abandonarían las esperanzas de recuperar el dinero que prestaron a Grecia.

Y como si esto fuera poco, un incumplimiento de pagos desencadenaría pagos masivos de seguros sobre dichos bonos. Como los grupos financieros no suelen revelar cuánto tienen en deuda soberana, como los bonos griegos, los mercados mundiales se verían presas del pánico acerca de quién se desplomaría.

Sería esencialmente una repetición de lo que ocurrió en 2008 después que se desplomó el banco de inversiones estadounidense Lehman Brothers, sólo que peor.

La incertidumbre probablemente empujaría a otros estados débiles de la eurozona, como Italia y España, del caos al desastre. Y fracasos de esa magnitud serían fatales para el euro.

Las tasas de préstamo de Italia han trepado ya a niveles récord debido a la mera posibilidad de una bancarrota griega. Si Grecia incumple los pagos, los inversionistas estarían inclinados a suponer que podría ocurrirle también a otros países, y saben bien que la economía de Italia es demasiado grande como para que Europa la rescate.

El presidente francés Nicolas Sarkozy dijo que nunca se llegará a tanto.

"No podemos aceptar la explosión del euro, que significaría la explosión de Europa", dijo en Cannes en una reunión cumbre de líderes del Grupo de las 20 principales economías.

Pero las defensas europeas son todavía débiles. Si fuera comprara bonos nacionales de manera agresiva, el Banco Central Europeo podría durante un tiempo mantener a raya esos costos de los préstamos antes de que subieran al punto en que el gobierno italiano no pudiera financiarse a sí mismo en los mercados de capital.

Por otra parte, si el BCE se abstuviera de ese enfoque, entonces el riesgo de contagio crecería. El BCE dejó en claro el jueves que no está conforme con dicho papel.

Grecia parecía alejarse del precipicio el jueves y canceló los planes de un plebiscito. Si sus políticos enfrentados pueden acceder al plan lanzado en Bruselas la semana pasada, recibirán la próxima tanda de 8.000 millones de euros (11.000 millones de dólares) en dinero de rescate.

Pero aun así, los problemas distan de resolverse.

Aunque el acuerdo reducirá la deuda griega, no lo hará en gran medida. En 2020, en el mejor de los casos, Grecia tendría el mismo nivel de deuda que hace tres años.

Exactamente cuando empezó la crisis.

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Don Melvin está en http://twitter.com/Don_Melvin