Los porteadores de azufre en el volcán de Ijen, situado en un extremo de la región oriental de la isla indonesia de Java, se acercan cada día más a la muerte a medida que se envenenan para ganar un mísero jornal.

Las minas de azufre artesanales tienden a desaparecer en todos los rincones del planeta menos en el Ijen, un volcán en activo con un cráter de más de un kilómetro de diámetro en el que desde hace casi un siglo los mineros pican a mano el mineral.

Y como si se tratara de bestias, ascienden o descienden cargados con hasta noventa kilos de ese azufre que será destinado a las fábricas de plásticos, productos insecticidas o fármacos, entre otros muchos.

A los cerca de 400 mineros que aquí faenan parece como que no les inquieta el daño de llenar sus pulmones con los gases que salen por las tuberías que se internan en las entrañas del volcán y por las que fluye el azufre en forma líquida a altísima temperatura hasta alcanzar la superficie, donde se solidifica.

En este proceso, el compuesto químico pasa de ser un viscoso líquido de intenso color naranja a convertirse en un mineral sólido de tonalidad amarilla.

Los gases, muy inestables, emanan por los conductos internos y dificultan la respiración, intoxican los pulmones y enturbian la vista de los mineros.

La dura labor de estos indonesios comienza a pie de la inmensa caldera, frente a un lago turquesa con una de las aguas más ácidas del mundo, en la que los trabajadores rompen con picos el mineral para desmenuzar las placas de azufre solidificadas.

En este punto, los gases de dióxido de sulfuro, considerados peligrosos por su alto nivel de toxicidad, permanecen inamovibles o van en una u otra dirección dependiendo del viento que haga.

Haripin, quien desde hace 23 años faena en esta mina, cuenta que decenas de compañeros han muerto a causa de dolencias pulmonares contraídas en Ijen, en donde no se emplea el material de protección adecuado y se incumple la normativa de seguridad.

"(Trabajar aquí) no es bueno, es muy peligroso, por eso mis hijos no quieren dedicarse a esto, con que yo lo haga es suficiente", dice a Efe Haripin.

Los supervisores sí portan una máscara antigás adquirida con su dinero o facilitada por la empresa, pero para los mineros toda su protección se reduce a un paño mojado con agua que emplean con el fin de proteger su olfato del pestilente olor que despiden los gases.

En cuanto logran separar varios pedazos de la roca, los operarios meten estos en los dos cestos de bambú sujetos a los extremos de una barra transversal que apoyan en los hombros y en la parte más alta de la espalda, y una vez puestos en pie comienza su odisea.

En el primer tramo del trayecto serpentean la abrupta pared del cráter, por un camino pedregoso y angosto de unos doscientos metros de altura que se antojan eternos.

En cuanto arriban a la parte más alta del volcán, inician después el descenso por la falda resbaladiza y pronunciada del Ijen, y a continuación recorren un kilómetro para hacer una parada de rigor en una minúscula cantina en la que calculan cuántos kilos llevan en sus cestos y la cantidad de dinero que ganaran por este porte.

Durante ese breve descanso, Roiko, de 30 años, explica que hace unos tres meses dejó su trabajo de agricultor y vino a faenar a la mina con la esperanza de ganar el dinero suficiente para poder formar con su mujer la familia que ambos sueñan tener.

Esta misma ilusión fue la que impulsó a su primo Sumawi, de 32 años, a trabajar en la caldera del volcán, aunque asegura que tras dos años de dura faena se pone de límite otros cinco, durante los que cree habrá ahorrado lo suficiente para costear los estudios de su hijo.

Ambos tienen las pestañas y el pelo amarillento por el polvo de azufre, las manos cuarteadas y, como todos en los mineros, el sumo esfuerzo que han estado haciendo se nota en sus espaldas, de las que sobresale una musculatura tan extremadamente desarrollada que puede parecer hasta grotesca.

Una vez recobradas la fuerza, reanudan el camino ladera abajo y recorren unos tres kilómetros hasta la zona en la que la empresa para la que trabajan procesa el azufre, fija el peso del porte y su correspondiente precio.

Los mineros ganan de 38.000 y 60.000 rupias por porte (4,3 dólares o 3 euros y 6,7 dólares o 4,8 euros), una cantidad de dinero relativamente alta comparada con la que perciben otros trabajadores de la misma industria.

Pero por ese dinero su salud paga también un precio, ya que la mayoría de ellos padecen infecciones pulmonares y a menudo lesiones irreversibles en la espalda, además de enfrentarse a diario a los peligros de uno de los oficios más arriesgados.

A pesar de todo ello, ninguno quiere que se industrialice el proceso de extracción de azufre en el cráter del Ijen, "¿para qué? eso supondría perder nuestro trabajo", zanja Roiko.

Paula Regueira Leal