Centenares de hondureños comenzaron a acudir hoy a los cementerios para llevar flores a un familiar fallecido, aunque también el 1 y 2 de noviembre dedicados a todos los Santos y los difuntos le dejan un poco de dinero a familias pobres que ofrecen servicios.

"Yo vendo coronas de papel y flores artificiales de tela y de plástico que algunos me compran para ponerlas en las tumbas de sus familiares muertos y no me va del todo mal", dijo a Efe Ruth Contreras, una mujer apostada en una calle que conduce a un cementerio privado en el extremo sur de Tegucigalpa.

A unos cinco metros de Ruth, Edmundo Padilla y su hijo Armando, de trece años, esperaban por alguien que desde hace tres años requiere de sus servicios "para limpiar dos tumbas, de su madre y su padre".

Provistos de dos machetes cortos, un rastrillo, dos latas de pintura blanca, dos brochas y una espátula, Edmundo y Armando esperan que los Días de los Santos y los Difuntos, que se recuerdan el 1 y 2 de noviembre, les dejen unos 1.500 lempiras (alrededor de 80 dólares).

Ruth indicó que no sabe cuánto le dejarán las ventas, "pues las flores han subido de precio porque ahora todo está caro", pero que "siempre se vende algo y queda un poco de dinero, no mucho".

Decenas de hondureños que ofrecen servicios como albañilería, pintura, corte de grama, limpieza de floreros, decoración de mausoleos, regado de plantas, remoción de cruces y retoques de nombres que casi han desaparecido de algunas lápidas, también esperan en las afueras de algunos cementerios públicos.

No faltan mujeres y niños que se dedican a la venta de flores naturales, con arreglos ya preparados o hechos al momento a petición de los que llegan cada inicio de noviembre a los camposantos.

En Tegucigalpa, el mayor movimiento generado por personas pobres que ofrecen diversos servicios se concentra en el Cementerio General, en el que ya no hay cupo para más muertos y descansan reconocidas figuras como expresidentes de la República y otras que tuvieron protagonismo en la vida del país en el siglo pasado.

Además de los cementerios públicos, en algunas de las principales ciudades del país funcionan los privados, de empresas que además ofrecen otros servicios fúnebres.

A raíz del paso destructor del huracán Mitch, a finales de octubre e inicios de noviembre de 1998, varios cementerios fueron afectados como el de Pespire, en el sureño departamento de Choluteca, donde las aguas arrastraron con los restos de varios muertos.

Más grave fue en Morolica, también en Choluteca, un pequeño pueblo que quedó totalmente sepultado por montañas de lodo, piedras y otro tipo de basura, por lo que hubo que fundar La Nueva Morolica, en un sitio alto y seguro.

Desde entonces sus pobladores y otros de diferentes regiones del país no tienen a quien llevarle coronas de flores en el día de difuntos.

Para muchos hondureños pobres, la muerte de un familiar representa un problema mayor por los altos costes de todo lo que implica su entierro, comenzando por el ataúd, por lo que abundan los casos de parientes que buscan ayuda en instituciones públicas.

Entre los que hoy y mañana recuerdan a sus muertos en Honduras no faltan los que les llevan comida, bebidas alcohólicas y música, incluso mariachis, entre otros presentes.

Muchos hondureños que tienen a sus parientes muertos fuera de la ciudad, viajan hasta sus comunidades de origen para coronarlos.

El Gobierno todos los años da asueto a partir del mediodía para que los empleados y funcionarios públicos puedan visitar a sus parientes difuntos.