Los "micronegocios" se han abierto paso en Cuba un año después de que el Gobierno de Raúl Castro relanzara el trabajo privado dentro de su plan de ajustes económicos, pero el futuro de esas iniciativas está lastrado por muchas limitaciones, la precariedad y la incertidumbre.

"Muchas personas que entran en este mundo del trabajo por cuenta propia llegan con expectativas pero cuando chocan con la realidad de la vida se decepcionan". Quien así habla es Germán, vendedor de bisutería de 49 años y uno de los 330.000 cubanos que actualmente se dedican al "cuentapropismo".

Este octubre se ha cumplido un año desde que entraron en vigor las nuevas reglas para una modalidad de empleo que ya existía en la isla pero que el presidente Raúl Castro decidió revitalizar como una de las medidas "estrella" de su plan de "actualización" del modelo socialista.

A diferencia del carácter temporal y la estigmatización ideológica que tuvo el "cuentapropismo" en la década de los noventa, el empleo privado se puede ejercer ahora en más actividades y, lo más importante, permite que los particulares contraten mano de obra, lo que ha dado lugar a la aparición de "microempresas".

Instalados en viviendas particulares, soportales de antiguos edificios o simplemente en la calle han proliferado restaurantes y cafeterías, gimnasios o peluquerías junto a cientos de puestos y "timbiriches" donde se venden artículos religiosos, ropa, bisutería o copias "piratas" de música y películas.

En el último año el Gobierno ha concedido unas 190.000 nuevas licencias para el trabajo por cuenta propia, que pretende ser una alternativa a la drástica reducción del empleo público prevista por el general Castro para adelgazar el inflado aparato estatal.

Pero también se calcula que un 25 por ciento de esas iniciativas ha fracasado (sus titulares han devuelto la licencia) ante dificultades como los nuevos y altos impuestos, las trabas burocráticas, la falta de un mercado mayorista o la ausencia de demanda por la crítica situación económica del país.

Muchos critican que esta tímida apertura al sector privado es muy limitada: sólo se puede ejercer el autoempleo en una reducida lista de apenas 180 categorías, la mayoría tan específicas y tan singulares (forrador de botones, desmochador de palmas, pelador de frutas...) que finalmente suponen un freno más a la iniciativa individual.

Otro de los reproches, incluso desde expertos oficialistas, es que el trabajo privado está vetado a profesiones cualificadas y se desaprovecha la "inversión" de la revolución cubana en educación superior.

Cuestión aparte es de dónde sacar el dinero para montar uno de estos negocios: aunque el gobierno cubano ha anunciado que permitirá los créditos bancarios, esta posibilidad no acaba de arrancar y la mayoría de las aventuras del trabajo privado fueron posibles gracias a las remesas procedentes del exterior.

Una de las quejas más extendidas es la falta de un mercado a precios mayoristas, necesario sobre todo para los nuevos restaurantes ("paladares" en Cuba), cafeterías o puestos de venta de comida rápida que se han multiplicado en el país: más de un 22 por ciento de las nuevas licencias concedidas son para este tipo de actividad.

Las trabas burocráticas o las informaciones confusas y contradictorias sobre la forma de ejercer una actividad autónoma son otros de los reproches de los "cuentapropistas", si bien muchos han querido aprovechar esta posibilidad de empleo para intentar prosperar.

"Para el país no sé qué pueda significar todo esto, pero los cubanos sí nos sentimos un poquito más 'personas' porque somos gente de mucho inventar y ya cada cual con sus inventos puede desarrollarse sin depender del Estado ni trabajar para un jefe", opina Yanira de 29 años y titular de una céntrica cafetería en La Habana.

Armando, de 32 años y dueño desde abril de una "paladar" en el barrio del Vedado, cree que el Gobierno de Raúl Castro solo abrió "un poco la ventana" para aliviar las posibilidades de empleo pero "el país necesita producir" y el trabajo por cuenta propia que se permite solo ofrece servicios.

Para superar la grave crisis económica pero sin renunciar al socialismo y sin reformas políticas sustanciales, Raúl Castro ha emprendido un plan de ajustes que incluyen una apertura a pequeña escala del sector no estatal, la reducción de plantillas públicas y la eliminación de subsidios innecesarios y de algunas prohibiciones en el consumo interno.