Imposible que la atleta Luren Baylon pase inadvertida con su distinguida altura y su sonrisa congelada.

Mientras caminaba por el sector de comidas de la Villa Panamericana, la peruana del equipo de voleibol se sintió tentada por la comida: primero se detuvo en un restaurante de altamar, disfrutó con la mirada de un ceviche de camarón; dio un par de pasos y se relamió con una pizza.

Baylon no tenía hambre. Simplemente dijo estar harta con los alimentos que le sirven en el comedor de los atletas en la Villa, y se puso a soñar con que vendrán manjares mejores cuando vuelva a atravesar valles, campos, ríos y montañas para llegar a su casa.

"La comida que nos dan no me resulta agradable", dijo la voleibolista de 34 años y 1,82 de altura. "La pasta es muy cocida y la salsa parece sopa".

"¡¡Ahh!! y las chuletas (carne) son muy saladas", agregó la peruana con su sonrisa que parece marca registrada, tras prometer que en cuento regrese a Perú lo primero que hará es cocinar un pollo para disfrutarlo con su marido y sus dos hijos.

De alguna y otra manera, los hijos están presentes en aquellos atletas que son madres o padres. Y qué mejor recuerdo para ellos que pasar por un negocio y tentarse con juguetes.

Eso es lo que estaba haciendo la dominicana Joelle Schad, la entrenadora del equipo de tenis de su país, quien revolvía autos, camiones, muñecas y hasta un par de prendas de vestir, que en general le ofrecieron tenue resistencia: antes de salir, la dominicana pasó por la caja registradora.

"Es la primera vez que los dejo tanto tiempo", dijo Schad, en alusión a su hija de cinco años que se llama Joelle como ella y a Oliver, un varón tres años mayor.

"Soy la chofera, la profesora y la madre al mismo tiempo", recordó Schad. "Como no trabajo mucho, salvo con el tenis, siempre estoy muy pendiente de mis hijos".

El brasileño Felipe Borges, del equipo de balonmano, no tiene hijos, es soltero y su gran tentación son llevarse pines y recuerdos de todas las competencias internacionales a las que acude.

"Tengo decenas de recuerdos de todos lados", señaló Borges dentro de una tienda de la Villa que ofrecía esos productos.

Afuera, por segundo día consecutivo la lluvia no daba tregua: el agua caía con vigor, Borges titubeaba entre salir y quedarse y en la prosecución de la charla, el atleta estuvo lejos de maldecir a las secuelas del huracán Jova.

"La verdad el agua me gusta, estoy buscando una relación seria y si es una nadadora mejor", dijo el brasileño de 26 años, con una simpatía a flor de piel.

Ninguna duda, la tentación de Borges, además de sus pines y "souvenirs", también son otras.

"Hay muchas mujeres guapas (bellas) por aquí", destacó Borges, quien prosiguió sin anestesiar su emoción: "Busco una mujer elegante, atractiva, inteligente, culta y que sea linda".

Con tantas exigencias, lo primero que haría un potencial Borges sería buscar novia en una biblioteca o bien un salón de estética como el que hay en la Villa, la gran tentación de las mujeres para embellecerse y de los hombres para a lo sumo cortarse el pelo.

En ese lugar, la manicura Cecilia Andonaegui estaba enfrascada recortando un par de uñas con esmero, en una faena que terminó cuando le pasó a su visita crema por las manos.

Entonces, Francisco Pinto se levantó, se frotó las manos, acarició los vellos de sus brazos y mostró sus uñas relucientes.

"Con mis manos de guantes blancos, así voy a tomar la medalla que ganemos", subrayó Pinto, entrenador de Patricio Villagra, único boxeador de Chile en estos juegos.

"Chile tiene tradición en el boxeo de los panamericanos y olímpico", recordó Pinto, un ex boxeador de los medianos.

¿Y cómo se le ocurrió embellecer sus manos?

Pinto hace una agradable pausa, carga de calidez su acento chileno, señala un paisaje que abarrota atletas caminando sin rumbo fijo, y contesta:

"Yo estaba también paseando por allí, vi este lugar y entré por cábala. Me tenté y a las tentaciones buenas no hay que dejarlas pasar".