Se dice que a cada intención corresponde una tensión, o sea, que cuando uno piensa en un movimiento, lo ejecuta aunque sea de manera casi imperceptible.

Tim Hemmes, que está paralítico, pone en práctica ese principio haciendo mover un brazo robot junto a su silla de ruedas con el pensamiento, aunque sea a velocidad de cámara lenta.

Por primera vez en los siete años desde que un accidente de motocicleta lo dejó paralítico, Hemmes pudo mover el brazo robot para tocar con él la mano de su novia, como parte de un experimento científico de un mes en la Universidad de Pittsburgh.

"No fue mi brazo sino mi cerebro, mis pensamientos. Yo estaba moviendo algo", se entusiasmó Hemmes. "No tengo palabras para expresar lo que sentí en ese momento. Esa palabra no existe".

El residente de Pensilvania es uno de los pioneros en la ambiciosa búsqueda de miembros artificiales controlados por el pensamiento para dar a los paralizados más independencia: la capacidad de autoalimentarse, de accionar un picaporte, de abrazar a un ser querido.

El objetivo es una combinación de mente y materia, combinando el brazo biónico con microcircuitos implantados en el cerebro. Esos electrodos reciben señales eléctricas de las células del cerebro que ordenan los movimientos. Pasando por alto una médula espinal deteriorada, envían esas señales al tercer brazo del robot.

Esta investigación todavía dista de tener aplicación comercial, pero varios equipos están estudiando distintos métodos.

En Pittsburgh, se enseñó a monos a alimentarse haciendo mover un brazo robot con el pensamiento. En la Universidad de Duke, los monos hicieron mover brazos virtuales en una computadora.

Por medio de un proyecto conocido como BrainGate y otras investigaciones, algunos pocos paralíticos provistos de electrodos en el cerebro han logrado hacer funcionar computadoras y efectuar movimientos simples con brazos artificiales.

"Estamos ahora en un momento decisivo con esta tecnología", comentó Michael McLoughlin, del Laboratorio de Física Aplicada en la Universidad Johns Hopkins, que desarrolló el brazo robot en un proyecto de 100 millones de dólares para DARPA, la agencia de investigación del Pentágono.

Pittsburgh contribuye a realizar una serie de estudios financiados por el gobierno. Varios voluntarios paralíticos entrenarán sus cerebros para operar el brazo de DARPA en movimientos cada vez más complicados, incluso con sensores implantados en la punta de sus dedos para "sentir" lo que tocan, mientras los científicos estudian qué electrodos funcionan mejor.