Un año después de la sublevación policial en Ecuador nadie ha sido acusado de la muerte de las 10 personas que perdieron la vida ese día, incluido el estudiante Juan Pablo Bolaños, cuya madre criticó la lentitud en la investigación del caso.

"Me siento inconforme porque no han hecho nada", dijo a Efe y a una televisión pública local Olga Fernández, la madre del joven de 24 años, pues la reconstrucción de las circunstancias de la muerte de su hijo se hizo el pasado 22 de septiembre, prácticamente un año después de que cayera abatido por una persona desconocida.

Familiares de las otras víctimas han expresado una frustración similar por la falta de avances en el esclarecimiento de lo que ocurrió el 30 de septiembre de 2010.

Ese día agentes policiales iniciaron una protesta por un cambio salarial, pero los ánimos se calentaron y retuvieron gran parte de la jornada en el hospital de la policía al presidente de Ecuador, Rafael Correa, algo que el Gobierno interpretó como un intento de golpe de Estado.

Cinco civiles murieron en Guayaquil por la violencia desatada porque la policía no salió a patrullar, mientras que en Quito perecieron dos policías y dos militares, además de Bolaños, en los enfrentamientos entre agentes sublevados y militares fieles al Gobierno.

Bolaños y su hermano Mateo, igual que centenares de personas, acudieron al centro médico bajo la consigna de salvar al presidente.

Hacia las 20.00 hora local (01.00 GMT), en medio de un tiroteo entre los policías amotinados y los militares que fueron a rescatar a Correa, dos balas impactaron en la cabeza del estudiante de economía.

En la reconstrucción de los hechos la semana pasada, en la que participaron el fiscal y testigos, se concluyó que las balas que alcanzaron a Bolaños, que estaba junto a otro manifestante, provenían de la sede del regimiento Quito, contiguo al hospital policial y principal foco de la sublevación.

Durante la reconstrucción de los hechos, el testigo Miguel Alfredo León recordó que él estaba en la acera de enfrente cuando vio a Bolaños caído en el suelo y cruzó la calle para ayudarlo.

Sacó un pañuelo blanco y mediante gritos y agitando los brazos alertó a los militares que estaban en la calle, quienes arrastraron durante varios metros a Bolaños.

Después lo subieron a una furgoneta, en la que también entró León, que los llevó a un centro médico.

"Estaba con vida cuando llegamos al hospital, murió poco después", declaró el testigo.

Fernández lamentó que se enterara por terceras personas, y no por la Fiscalía, del día en que iba a tener lugar la reconstrucción de los hechos, y resaltó que no confía en que se detenga a la persona que mató a su hijo.

"Como ahora los culpables los sacan (de la cárcel), con esa justicia así no creo, ahora con la justicia que creo es con la justicia divina", dijo.

Por lo sucedido ese día fueron condenados nueve policías, seis de ellos miembros de la escolta legislativa que impidieron que los asambleístas celebraran un pleno y otros tres que estuvieron presentes en el regimiento Quito durante la revuelta.

La justicia ha absuelto al entonces director del hospital policial, César Carrión, y al excoronel Fidel Araujo, considerado por el Gobierno como uno de los instigadores de la revuelta.

"Estoy inconforme con lo que está pasando, pero algún día sacará a la luz el señor Jesús todo esto y hará justicia, y uno por uno irán cayendo", manifestó la madre de Bolaños.

Fernández criticó a quienes dicen que "aquí no ha pasado nada" y a los que rechazan la teoría gubernamental de que hubo un intento de golpe de Estado o culpan a Correa de lo sucedido.

"Los testigos están aquí" para explicar lo que sucedió ese día, afirmó Fernández, porque lamentablemente a su hijo "le apagaron la voz".

La madre recordó, con tristeza, que ese 30 de septiembre ella estaba en casa esperando a su hijo, quien le iba a ayudar hacer la comida.

Pero tras llegar a casa, Juan Pablo y su hermano Mateo decidieron ir al hospital a "defender la democracia", mientras que su madre se fue a la sede de la Presidencia porque sus hijos consideraron que era peligroso que les acompañara.

"¿Quién iba a pensar que ese día iban a matar a mi hijo? Le iban a dar dos balazos, nunca me pasó por mi cabeza", se lamentó Fernández.