Cuando el papa Benedicto XVI llegue a Berlín este jueves será recibido en su país natal por una canciller federal luterana, un alcalde homosexual y un presidente católico divorciado y vuelto a casar.

La amplitud de los potenciales conflictos sociales y religiosos representados por la conducción alemana refleja el estado de una nación orgullosa del pontífice alemán, pero asimismo a veces indiferente y antagónica al Papa y a la Iglesia que representa.

En un mensaje por la televisión alemana antes de su visita del 22 al 25 de septiembre, Benedicto XVI dijo al público que estaba especialmente emocionado de visitar Berlín y hablar en el Parlamento alemán.

"Todo esto no es turismo religioso y menos todavía una exhibición", afirmó el pontífice de 84 años a la televisión ARD en un discurso difundido el domingo por la noche. "Se trata de devolver a Dios a nuestra atención; el Dios que tanto hace falta".

No todos los alemanes están muy convencidos.

Se han organizado protestas en todas las escalas de su gira de cuatro días. Algunos legisladores de oposición dijeron que no asistirán a su discurso ante el Parlamento y grupos de homosexuales y estudiantes han anunciado manifestaciones en Berlín y Erfurt.

"Nos oponemos a la discriminación, el tratamiento diferencial, la prohibición a los condones y queremos dejarlo en claro", afirmó Joerg Steinert, director de la Asociación Alemana de Homosexuales y Lesbianas, a Associated Press Television News. "Estaremos visibles cuando el Papa hable al Parlamento".

El alcalde homosexual de Berlín, Klaus Wowereit, afirmó que saludaba la visita del pontífice a la capital y que lo recibirá personalmente, pero a la vez dijo comprender las protestas de homosexuales, izquierdistas y otros grupos en la capital.

"Es de esperar que en una ciudad como Berlín la gente tenga críticas a la Iglesia católica y quiera manifestarlas", afirmó.

En contraste con Baviera, la región natal del Papa, Berlín es de mayoría protestante — o secular_, un vestigio de décadas de régimen comunista.

Sin embargo, aun en la ciudad fervientemente católica de Friburgo, la etapa final del viaje papal, un grupo que se denomina "Friburgo sin el Papa" ha impreso leyendas en camisetas en que se ve la histórica catedral de la ciudad envuelta en un condón rosado.

Un 30% de los 82 millones de alemanes son católicos, igual porcentaje que los luteranos, pero la Iglesia católica ha perdido miembros en los últimos años.