Waldheim García Montoya

Las obras de infraestructura que Brasil lleva a cabo para el Mundial de Fútbol de 2014 contribuyen a la resocialización de un grupo de presos que trabaja en la reforma del estadio Mineirao de Belo Horizonte.

La coordinadora social del consorcio Minas Arena, María Cristina Aires, explicó a Efe que el programa surgió a través de un acuerdo entre la empresa constructora y la Secretaría de Defensa Social del estado de Minas Gerais, con el propósito de "facilitar el retorno a la vida social de los presos, que siempre muy difícil".

"Existen en Minas Gerais otras iniciativas, otros proyectos similares, pero el fútbol despertó la pasión de los presos de querer trabajar aquí", apuntó la trabajadora social de las obras del Mineirao, que cumple con rigor su cronograma para recibir en 2013 la Copa de las Confederaciones y un año después el Mundial.

Entre los 1.300 trabajadores de la obra está Reginaldo de Souza, uno de los veinte presos que forman parte del proyecto.

De Souza, con una pena de quince de años de cárcel, once y medio de ellos ya cumplidos por el delito de asalto a mano armada, se capacitó dentro de la obra y en la actualidad se desempeña como bombero hidráulico.

"Es una motivación muy grande. Estoy aprendiendo una profesión y participando de una obra grandiosa. Hay mucha emoción y alegría entre nosotros. Mis hijos ya sienten orgullo de mí por estar haciendo parte activa de este Mundial", señaló De Souza a Efe.

Por cada tres días trabajados en la obra, los detenidos del programa reciben una reducción de un día de su pena, además del 50 por ciento del salario.

Por la ley brasileña, el Estado se queda con un 25 por ciento y el otro cuarto restante es guardado en una cuenta de ahorros que la Justicia libera cuando el preso recobra la libertad.

No obstante, De Souza, quien debe dormir todos los días en una cárcel de Belo Horizonte, admitió que muchos de sus compañeros en el presidio no quisieron adherirse al programa propuesto por la construcción civil.

"Los que estamos aquí tenemos voluntad de cambiar", apunta, y resalta el ejemplo dado por su compañero Agnaldo Soares, de 43 años, que formó parte del programa cuando cumplía una pena de cuatro años por narcotráfico y porte ilegal de armas.

Soares, después de salir del programa al término de su condena, fue vinculado directamente al consorcio como responsable de servicios generales en los vestuarios de la obra.

El ex presidiario admitió que al comienzo sintió la desconfianza de sus compañeros, quienes cuestionaban sobre cómo la responsabilidad de los casilleros en los vestuarios era delegada a una persona que estuvo encarcelada.

"En el fondo eso fue bueno, porque lo hace a uno cada vez más responsable y con el tiempo me gané el voto de confianza de mis compañeros", relató Soares, quien volvió hace un mes al mercado laboral.

"Por más polvo y calor que sentimos aquí en la obra, me siento como un pajarito que puede volar con toda la libertad y por eso aconsejo mucho a los muchachos que están pagando su condena y han pensado en desistir del programa", subrayó.

Detrás del cemento y de los ladrillos que dan forma a las gigantescas estructuras que acogerán entre el 12 de junio y el 13 de julio de 2014 a miles de aficionados provenientes desde los cuatro puntos cardinales del planeta, surgen otras historias de vida, tan diversas entre sí pero unidas por el universo futbolero.

Cupido, por ejemplo, visitó el Mineirao y tocó el corazón de Viviane da Silva, una futbolista de 26 años que ante la falta de oportunidades en el deporte dejó de lado el balón y llegó a la obra como auxiliar de limpieza.

Rápidamente la chica fue ascendida a relatora estadística de obras y en una de sus rondas recibió un pedido de matrimonio de uno de los obreros, que fue aceptado por la joven.

La reforma del Mineirao también le devolvió el deseo de alfabetizarse y de estudiar a muchos de los trabajadores que reciben clases al final de cada jornada, mientras que otros consiguieron en la obra su primer trabajo formal. EFE

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