A punto de cumplirse seis meses del gran terremoto de marzo, decenas de miles de afectados siguen sin un techo permanente en la ciudad de Sendai, un problema que según su alcaldesa, Emiko Okuyama, se ha convertido en el reto prioritario.

"Fue una catástrofe como nunca habíamos vivido, solo en Sendai perdimos la vida de más de 700 ciudadanos. Ahora, la recuperación de la normalidad y la construcción de casas para los refugiados es nuestro principal objetivo", explicó a Efe Okuyama, que lleva las riendas del municipio de Sendai desde hace dos años.

Las imágenes del aeropuerto de Sendai barrido por las olas, con edificios invadidos por el lodo y automóviles mezclados con restos de avionetas y barcas fueron de las primeras en dar la vuelta al mundo y ofrecer una idea de la magnitud de la tragedia.

En este municipio el terremoto y el tsunami, que se adentró hasta tres kilómetros en el interior, dejaron 730 muertos o desaparecidos, se llevaron por delante 21.000 viviendas y dañaron en diferentes grados otras 117.000, según datos oficiales.

Las miles de familias que vieron cómo la catástrofe destruía completamente sus casas tratan ahora de rehacer sus vidas en los más de 9.900 apartamentos de protección oficial o viviendas prefabricadas levantados en el interior.

Aunque insistió en que los refugiados son su prioridad, Okuyama no ocultó su frustración por la lentitud del Gobierno central a la hora de aprobar un presupuesto que permita ejecutar proyectos para asistir a los afectados.

"Sin la aprobación del tercer presupuesto complementario (que aún se negocia en el Parlamento) no podemos llevar adelante los proyectos de recuperación y reconstrucción", se lamentó.

Esta incertidumbre se refleja entre los propios refugiados, que esperan desde hace meses que las autoridades les den información sobre su futuro, ya que la ley establece que las casas temporales solo pueden ser utilizadas dos años.

"Psicológicamente, en esta situación necesitamos que nos digan algo concreto", confiesa a Efe Kimio Ohashi, portavoz de los refugiados en la nueva barriada temporal de Arai, a cuatro kilómetros de donde su antigua vivienda fue tragada por el mar.

Este barrio se inauguró el 26 de junio y alberga a 382 evacuados, la mayoría antiguos vecinos de Ohashi, que peregrinaron por varios refugios antes de recalar aquí.

Ohashi, de 68 años, cuenta con calma cómo aquel día de marzo la ola negra del tsunami cubrió todo el barrio, pero él pudo refugiarse junto con otras 300 personas en la terraza de la escuela primaria Arahama, donde tras una noche de angustia fueron rescatados por helicópteros de las Fuerzas de Auto Defensa.

La alcaldesa de Sendai considera casi imposible que estos refugiados regresen a su antiguo barrio puesto que se encuentra a sólo 100 metros de la costa y ello aún entraña peligro, por lo que se pretende que toda la comunidad se asiente en una zona interior.

En el que era su antiguo vecindario se amontonan ahora de forma ordenada cerca de 1,4 toneladas de escombros, pero se tardará mucho en recuperar el terreno para cultivos ante el coste y las dificultades para desalinizarlo.

En la actualidad, Sendai estudia crear en 23 hectáreas arrasadas del área costera una "ciudad ecológica", que según medios locales integraría tecnologías y energías alternativas de empresas como Hitachi y Sharp.

Tras retirar los escombros, para otoño de 2012 se espera crear un barrio autosuficiente, que utilizaría la hidroponía para los cultivos sin necesidad de desalinizar la zona, y recurriría a la energía solar para producir unas 200 toneladas de vegetales al año.

El objetivo es que la agricultura "no solo vuelva a los niveles de antes del desastre, sino que vaya más allá. Con la ola de libre comercio, debe aumentar la productividad del mercado", insistió la alcaldesa, que explicó que solo en Sendai el tsunami destruyó 1.800 hectáreas de cultivos.

Además del problema de las viviendas, Emiko Okuyama consideró también "fundamental" recuperar el empleo, golpeado por el cierre temporal o definitivo de muchas fábricas de la región.

El domingo se cumplen seis meses de la peor tragedia sufrida por Japón tras la II Guerra Mundial, que dejó 20.000 muertos o desaparecidos, daños millonarios y una crisis nuclear aún abierta.