Antes de que cayesen las torres, de que la gente saltase por las ventanas, de que surgiesen columnas de humo y de que se estrellasen los aviones, en la memoria colectiva de los estadounidenses quedó grabado un instante de belleza inmaculada: un cielo azul brillante.

Muchos de los que recuerdan ese día mencionan ese elemento. Y no es coincidencia que semejante imagen perdure tanto. El cielo azul es sinónimo de posibilidades, de visiones optimistas de un futuro mejor.

Los años que pasaron desde el ataque del 11 de septiembre del 2001, no obstante, dieron un duro golpe al tradicional optimismo estadounidense. Una andanada de eventos cataclísmicos --dos guerras en sitios distantes, el huracán Katrina y un serio deterioro económico en los últimos cuatro años-- han afectado la psiquis nacional. Y es legítimo preguntarse si tiende a desaparecer el optimismo que caracterizó por tanto tiempo a los estadounidenses.

"Recién ahora la gente está empezando a tomar conciencia de los grandes desafíos que tenemos por delante", expresó Jason Seacat, quien dicta cursos sobre la psicología del optimismo y la esperanza en la Western New England University. "Siempre se habla de esa actitud de que todo es posible que teníamos, y que todavía tenemos. Pero ahora se escucha mucho decir 'es un problema grande, no puedo hacer nada'''.

Algunos dicen que los estadounidenses finalmente se sienten tan mortales como los demás. Los europeos, más fatalistas, siempre bromearon en torno al optimismo de los estadounidenses.

Desde el 1600, cuando uno de los primeros líderes puritanos dijo que a los colonos los esperaba una "ciudad deslumbrante en la cima de la colina", entre los estadounidenses predomina la sensación de que el futuro será siempre mejor. La propia constitución de Estados Unidos exalta la libertad y la búsqueda de la felicidad como los dos principales valores de la nación.

Desde entonces cobró fuerza la noción de que esta es una nación elegida por Dios, en la que todo es posible. En la que el nuevo día ofrece grandes oportunidades.

El año pasado, en que se inició una nueva década, una encuesta de Gallup comprobó que el 34% de los estadounidenses se sentían pesimistas respecto al futuro del país. Es el porcentaje más alto desde que se comenzó a llevar esa estadística en la década de 1980. Y este año un 55% dijo que le parecía poco probable que la juventud actual tenga una vida mejor que la de sus padres.

En un plano más anecdótico, ¿cuál fue la última vez que la cultura popular generó una visión optimista del futuro, algo que a mediados del siglo XX sucedía todo el tiempo?

A los políticos de hoy les cuesta presentar panoramas optimistas, algo vital para conseguir votos. Los grandes políticos del país --los Roosvelt, John F. Kennedy, Ronald Reagan-- edificaron sus imágenes en torno al optimismo.

El consultor político Bob Shrum, autor de un famoso discurso de Kennedy plagado de optimismo ("El trabajo continúa, la causa sigue vigente, sigue habiendo esperanza y el sueño jamás morirá"), dice que los políticos exitosos apelan al optimismo para "delinear la visión que tiene Estados Unidos de sí mismo".

El presidente Barack Obama, autor del libro "La audacia de la esperanza", apeló al optimismo en su discurso del jueves sobre la creación de empleos. "Somos más duros que los tiempos que vivimos, mejores que la política de los últimos tiempos", expresó. "Hagámosle frente al presente. Demostrémosle al mundo una vez más que Estados Unidos sigue siendo la nación más grande del mundo".

No todos creen que una actitud positiva resuelve los problemas. Barbara Ehrenreich escribió un libro en el 2009 titulado "Enceguecido: Cómo la promoción descontrolada de un pensamiento positivo ha perjudicado a Estados Unidos", en el que dijo que "las actitudes positivas no son una condición propia ni un estado de ánimo, sino más bien parte de nuestra ideología. La forma en que explicamos el mundo y nuestro papel en él".

El reto de los estadounidenses bien podría ser encontrar la forma de equilibrar las promesas del futuro con las realidades de hoy.

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EDITOR'S NOTE — Ted Anthony, subgerente editorial de la AP, escribe frecuentemente sobre la cultura estadounidense.

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