Era una mañana hermosa, de sol radiante y pocas nubes.  Era también un día prometedor  para la comunidad hispana de Nueva York y de la nación, de hecho.  Freddy Ferrer, un puertorriqueño,  ex presidente del condado de El Bronx, se postulaba para alcalde de la gran manzana y todo indicaba que ganaría las elecciones primarias, que se celebrarían ese día, el 11 de septiembre del 2001.

De repente, todo cambio.  El sol siguió radiante por todo el día, pero  fue un día obscuro. Quizás el más obscuro en la historia de Nueva York.   Comparable en horror únicamente con los “draft riots”, la mayor insurrección civil en la historia de EEUU -sin contar la guerra civil-  que tuvo lugar en el verano de 1863 y en el que murieron cientos de personas. Muchos de los muertos eran afroamericanos que fueron linchados, como si se tratara de un estado sureño.  En esos tumultos, que duraron cercad de una semana, había cadáveres abandonados por días en las calles de la que ya era una ciudad importante.  En el 11 de Septiembre el  horror comenzó a las 8:45 de la mañana con el impacto del primer avión a la torre norte del World Trade Center.  Horas más tarde, frente a esas torres había más de 20 cadáveres destrozados en el pavimento,  como aquellos cuerpos sin reclamar en las calles de Manhattan en el verano del 1863. Eran los cadáveres de los que saltaron al vacio como única escapatoria ante el calor de  las llamas la explosión de la gasolina del avión estrellado.

Al principio pareció  un accidente.  Se cumplía así, al parecer, el temor que todo neoyorquino había tenido alguna vez: que un avión privado, pequeño,  de esos muchos que entonces sobrevolaban el cielo neoyorquino, se había estrellado contra una de las torres gemelas. Todo neoyorquino lo pensó alguna vez.  El agujero que el avión había dejado en la torre, según se veía en la televisión, parecía pequeño, lo que tendía a confirmar esos temores.  Pocos minutos después, escasos 20 minutos después, el segundo avión impactaba la otra torre.  Entonces todo tomo otra dimensión.   Primero fue sorpresa absoluta e incomprensible. ¿Como que otro avión choco contra la otra torre? , pensé yo al igual que muchos.  Varios segundos después, me vino el pensamiento: “esto no puede ser un accidente. ¿Que está pasando?”.

Por esa época yo era reportero del canal local de la cadena Telemundo. Me había preparado para cubrir las elecciones primarias. Pero a los pocos minutos del impacto de los aviones recibí una llamada en mi casa de New Jersey. Era de la sala de redacción: debía presentarme inmediatamente para cubrir el accidente. Las elecciones pasarían a un segundo plano.  Llegue al canal y en esos momentos nos enterábamos de que otro avión había impactado al Pentágono. Me cruzo el pensamiento de que estábamos viviendo el comienzo de la tercera guerra mundial, y de que era el principio del fin de todo.

Salí corriendo para Manhattan con un camarógrafo,  Oel Alonso, del que casi no me desprendería por el resto de la semana.  En la radio escuchamos que estaban cerrando el Lincoln tunnel en dirección a la Gran Manzana. Solo estaba abierto en dirección hacia New Jersey para permitir la salida de gente del lugar, que ya era reportado en la radio como el objetivo de un ataque terrorista.   Decidimos ir a la estación del ferry en las orillas del rio Hudson en Weehawken, donde estarían llegando los que huían de Manhattan.  Los rostros de los pasajeros que desembarcaran estaban desencajados.  Se podía  leer temor  en todos ellos.  Algunos querían hablar, otros no.  Hable con un tipo de poco más de treinta años, trajeado y de apariencia árabe. Me dijo que era traductor de las Naciones Unidas, y después sentencio: “Este tiene que haber sido Osama Bin Laden”. El nombre me sonó familiar pero muy distante. ¿Quién era? Después recordé haber leído meses atrás un artículo sobre Osama Bin Laden en el New York Post.  Subimos al auto  para buscar un lugar en donde sacar mejores imágenes de las columnas de humo que salían del bajo Manhattan. En eso escuchamos en la radio que una de las torres se había desplomado.  Eran las 10 de la mañana. Oel y yo nos  miramos sin entender nada, sin poder creerlo.  Jamás creímos que esas torres, en la que habíamos estado infinidad de veces cubriendo conferencias de prensa en la oficina del gobernador,  pudieran desaparecer. Llegamos al parque de Weehawken en donde hay una vista espectacular de Manhattan.  Es el sitio en donde en 1804 el vicepresidente Aaron Burr le metió un tiro al ex secretario del tesoro y una de las mentes más brillantes de la joven nación,  Alexander Hamilton, en un duelo. Hay una pequeña placa que recuerda el hecho.  Pero eso restaba importancia en esos momentos tensos. En el parque había cientos de personas, que se ponían las manos en la frente para tapar al sol mientras veían el horror que se desarrollaba frente a sus ojos.  Había una enorme columna de humo que salía, densa, hacia el espacio. En eso,  la segunda torre se desplomo.  Surgió una enorme nube de polvo que se disparaba en todas las direcciones mientras la estructura se desvanecía, al igual que se desmaya una persona.  Surgió un grito de espanto y miedo al unísono de las cientos de personas que estaban en el parque. Nadie lo podía creer. Después daban vuelta sobre el mismo espacio, estiraban las manos para alcanzar las de desconocidos; lloraban sin tapujos.   Yo recuerdo sentirme inmovilizado por unos segundos. Tampoco podía creer lo que veía.

Finalmente, llegamos a la escena de crimen.  Eran pasadas las 5 de la tarde. Tuvimos que dar una vuelta enorme desde New Jersey y buscar ingeniosas maneras para llegar hasta el bajo Manhattan, debido a que los puentes entre Manhattan y El  Bronx estaban cerrados. Un policía hispano nos permitió atravesar uno de los puentes.  Conducimos un poco por las calles de Manhattan, desoladas como nunca antes. Llegamos hasta la calle 42. La Séptima avenida estaba cerrada en ese punto. Tomamos el subway, que aun funcionaba.  Se detuvo en la estación de West 4. De ahí caminamos hasta el lugar del siniestro. Al llegar hable con un bombero que se veía abatido.  “Perdimos más de 300 hombres”, me dijo. Yo empezaba a entender la dimensión del desastre, en términos de vidas humanas.  A los pocos minutos, a las 5 y 20 de la tarde,  vimos el World Trade Center  numero 7 desmoronarse a corta distancia. Todo el mundo corrió por miedo que cayera otra nube asfixiante de polvo y escombros. Parecía que esta pesadilla no tendría fin.  Los rayos del sol se filtraban entre el polvo. El sol continua brillando, contrastando con la realidad que teníamos antes los ojos.

La policía y todo tipo de fuerza del orden estaban presentes. Todos estaban tensos y a la vez se sentían impotentes. Querían imponer orden pero pasaban muchas cosas a su alrededor: bomberos que corrían, camiones de carga que entraban para sacar escombros, periodistas que deambulaban por todos lados. Algunos comenzaban a especular con el número de muertos.  Un periodista sugirió que superaban las decenas de miles, quizás 50 mil, que era el número de personas que se encontraba en las torres un día cualquiera.  Dentro del caos, había límites: la policía no permitía que los periodistas nos acercarnos al lugar del siniestro.  Oel y yo conocíamos los edificios de Battery Park City,  un barrio ubicado justo enfrente de las torres, que fue edificado en terreno ganado al rio Hudson al mismo tiempo que se edificaron las torres, a principios de los 70.  Nos fuimos por la parte trasera de los edificios más cercanos al agua.  Fuimos dando pasos sobre montones de papeles  que parecían una alfombra sobre las calles. Los papeles eran notas de oficina, papeles, cheques…una infinidad de papeles, y algunas fotos con rostros sonrientes.  En eso se acercaron unos policías hacia nosotros, pero no nos vieron.  Era una zona fuera de límites para los periodistas.  Oel, aun más atrevido que yo, instintivamente se escondió entre los autos.  Le seguí el paso. Teníamos que seguir avanzando. Así fuimos a dar frente a un estacionamiento de autos, localizado justo enfrente de las torres.  Encontramos decenas de autos calcinados. Alguien nos dijo que ahí había caído una bola de fuego después de que uno de los aviones se había estrellado. Esta persona especulo que la bola de fuego procedía de la gasolina de uno de los aviones.  Ahí me pare para hacer el primer “stand up” frente a la cámara. El estacionamiento estaba en construcción.  Justo en lo que sería la acera que daba de frente a las torres había una montana de escombros de la construcción.  Subimos los escombros y lo que vimos nos quito la respiración. No entendía lo que veía. Era un montón de escombros, con metales retorcidos que se asemejaban a spaghettis en un plato, y llamas de muchos metros de longitud que se disparaban hacia el aire con furia.  Las columnas de humo eran tan densas que si no podía ver el cielo. Entre los escombros se podían reconocer los primeros pisos de la torres,  pero ahora parecían ser solo la cascara del edificio. Estaban despegados de la estructura, que ya no existía.  El olor era fuerte, penetrante. Olía a algo toxico. Si existe un infierno debe ser algo parecido a lo que vi en esos momentos.

Los días siguientes fueron de pasar de tragedia en tragedia. Todo con el que hablamos tenía algo horrible que contar. Un hispano que encontré llorando frente al Hospital Bellevue, a donde habían llevado algunos heridos, buscaba a su esposa con la que bajo tomado de las manos de una de las torres y de la que en un momento se separo en medio del bullicio y no volvió a ver más. Eso  fue el 13 de septiembre. Hable con socorristas que describían el hallazgo de restos humanos. Uno dijo que le toco recoger  “la mitad de un rostro”.  “Una cosa horrible”, añadió.  Hable con personas que se habían salvado porque ese día  no habían ido a trabajar a las torres, pero buscaban a sus amigos y compañeros de trabajo.  Uno de los testimonios que obtuve fue el de William Rodríguez, el hombre que trabajaba en  el mantenimiento de las escaleras de emergencia de las torres. A William lo encontré en la noche del 12 de septiembre y me dio una descripción detallada de los hechos mientras lo entrevistaba en cámara en vivo.  William tenía la llave maestra de las puertas de las escaleras de emergencia y fue el hombre que llevo a docenas de bomberos hacia el interior del edificio en llamas.  William fue el último hombre de salir de las torres antes de que se desplomaran. Cuando hable con él en esa noche, hubo una palabra que repitió varias veces para describir  el infierno que vivió: Dantesco.

Diez anos después, hable con William para saber qué era lo que más recordaba ahora de los hechos. “Tres cosas”, me dijo: “Lo cuerpos destrozados de los que se lanzaron al vacio que vi en la acera al salir de la torre;  los gritos que escuche en los ascensores y las escaleras de la gente desesperada; y ver a Felipe David con la piel colgando de sus brazos. Eso no me lo puedo quitar de la cabeza”.

Felipe David  fue otro empleado de mantenimiento de las torres que quedo envuelto en una bola de llamas alimentada aparentemente también por gasolina y que descendió por el conducto de los ascensores.  Se abrió una puerta del ascensor en el sótano justo en donde David estaba parado y sin tiempo para reaccionar se encontró envuelto en llamas sin poder hacer nada. William lo encontró minutos después de eso, con la piel colgando del rostro y los brazos. Con el paso de los meses William y Felipe David se mantuvieron cercanos. William busco a las otras víctimas hispanas y formo un grupo de auto apoyo y para buscar la compensación adecuada.   El grupo llego a tener 300 familias. A William le gusta decir que el número de afectados hispanos fue de cerca de 2500 personas,  porque  cuenta a los familiares de las victimas que de repente se encontraron sin ingresos y con un drama de enormes dimensiones.  Hubo compensación para las víctimas, pero William asegura que “no fue justo”,  porque los que estaban a cargo de administrar los fondos de compensación “tienen otra idiosincrasia y no entendieron el concepto de unidad familiar de los hispanos, y de que muchos eran inmigrantes que representaban el sustento económico de sus familias en sus países de origen”.

Diez anos después, Como el ave Fénix, en el espacio en donde estaban las torres ahora se erigen otro edificio que conquistara el cielo neoyorquino.  Las elecciones primarias se postergaron hasta el 25 de Septiembre. Muy poca gente participo y hubo una segunda vuelta en Octubre que el candidato puertorriqueño perdió, y así se desvaneció por un tiempo el sueño de tener un alcalde hispano.  Para William y muchos otros, las heridas emocionales del 11 de Septiembre no han cicatrizado.  En mi caso, estuve reportando desde Zona Cera desde ese martes  fatídico hasta el domingo en la noche, casi sin parar.  Durante todos esos días dormí muy pocas hora. Me la pase la mayor parte del tiempo hablando con sobrevivientes, socorristas, cubriendo conferencias de prensa y reportando en cámara.  Para el domingo estaba destruido de cansancio. Yo quería seguir allí pero mi director de noticias me mando a la casa.  Finalmente me acosté y no desperté por 20 horas. Siento que fui testigo de un hecho atroz, y será difícil olvidarlo con el paso de los años.