Las grandes ciudades son como el mar. Se tragan a sus muertos.

Nueva York ha sufrido una gran cantidad de tragedias, pero las huellas son borradas rápidamente.

Una vez existían las Cinco Esquinas, un área en el bajo Manhattan que era dominio de las pandillas inmigrantes. Hoy en día ni aparece en los mapas. La fábrica improvisada donde decenas de mujeres perdieron la vida en un incendio es hoy en día el ala administrativa de una universidad. Casi nadie se acuerda de las 1.021 muertes por el incendio en el buque General Slocum 107 años atrás.

Nueva York es una ciudad que trata de olvidar lo negativo y mirar hacia adelante: hacia la modernidad, el comercio, la urbanidad. Las tragedias son para dejar atrás, un escollo hacia el progreso.

Pero diez años después de los ataques del 11 de septiembre, el ánimo de los neoyorquinos ha cambiado y su espíritu renovador fue hecho a un lado: Se empecinan en recordar y homenajear a las víctimas.

Recordar, dejar algo permanente, es el ánimo de la ciudad estos días. Claro, las palabras "permanencia" y "Nueva York" no van bien juntas, son casi una contradicción de términos. Pero los neoyorquinos ansían algo que atenúe su pérdida, si no de manera permanente, al menos perdurable.

Para poder entender el ánimo de los neoyorquinos, hay que recordar que en realidad ocurrieron dos onces de septiembre. Uno fue el hecho noticioso mundial, que todos vimos en nuestras pantallas de televisión.

El otro es el propio de Nueva York. Fue Nueva York la que sufrió la magullante herida, fue Nueva York la que experimentó la tragedia de manera más personal, más traumática, más directa. Todo neoyorquino perdió a algún familiar o amigo en la tragedia, o conoce a alguien que lo perdió.

Fueron peatones en Nueva York los que vieron a la gente saltar desde las torres gemelas, y fue gente en Nueva York que, en medio del olor acre de las ruinas humeantes, buscaron a sus hijos, padres, parejas.

"Quedaron desgarradas cientos de redes familiares, amistades, centros de trabajo", escribió Amy Waldman, de Brooklyn, en su nueva novela "The Submission", en que dibuja las mil maneras en que la tragedia estremeció a ciudad.

Y es que todos de alguna u otra manera quedaron afectados, todos a partir de esa fecha siguieron sintiendo cierto rezago de temor. Algo tan simple como un despejado día otoñal podía suscitar malos recuerdos de ese fatídico día.

Cuando hace unos días la ciudad fue estremecida por un temblor, lo primero que pasó por la mente de muchos neoyorquinos fue: otro ataque terrorista. En una encuesta reciente, la mayoría de los neoyorquinos confesaron que, diez años después, sienten que el suceso les cambió sus vidas para siempre.

Los residentes de la ciudad no sólo perdieron a sus seres queridos, perdieron otra cosa muy valiosa: las Torres Gemelas.  

"Habrá generaciones de personas, nativas y visitantes, que nunca habrán visto esas torres, que nunca tendrá idea de lo hermosas que eran, de lo majestuosas que eran, de cómo era posible verlas desde casi toda la ciudad", comenta Brian August, quien desde su apartamento puede ver el lugar donde antes se erguían las torres.

Si bien es cierto que no eran decorosas ni elegantes, eran símbolo del poderío económico de Nueva York. Eran una expresión en acero, vidrio y aluminio de la idea de que el comercio y las finanzas eran más importantes que los nacionalismos o los ejércitos. Al fin y al cabo, así se llamaba: el Centro de Comercio Mundial. Es por ello que su destrucción, tal y como buscaban los terroristas, estremeció la fe de los neoyorquinos en su propia ciudad.

En 1973, yo era un reportero que trabajaba en la calle Cortlandt, cerca de donde estaban las recién construidas torres. Eran una construcción imponente, que llenaba el paisaje. Era el año del escándalo Watergate, y en la oficina todos estaban aglomerados al televisor, pendientes de las últimas novedades.

Era una época en que el sistema de gobierno estadounidense parecía al borde del colapso y las torres parecían indestructibles. Fue al revés. El sistema político, pese a todas sus fallas, resultó sorprendentemente resistente.

Pero cuando cayeron las torres, cayó también algo de la autoestima de los neoyorquinos. Y en estos últimos 10 años, los neoyorquinos han estado tratar de llenar ese vacío.

Para Brian August, el esfuerzo ha sido literal, pues ha diseñado una aplicación de teléfono celular que literalmente llena ese vacío. Si uno coloca el teléfono mirando hacia el Bajo Manhattan, aparecen las imágenes de las torres superimpuestas en la pantalla.

"Es una imagen que trae recuerdos, como cuando uno escucha una canción y le recuerda un momento del pasado", explica August sobre su proyecto que ha llamado "110stories". "Ver las torres en el teléfono celular nos trae al pasado. '110 Stories' nos permite alcanzar esos recuerdos y compartirlos con el mundo".

Esto es algo diferente para los neoyorquinos, habitantes de una ciudad acostumbrada al cambio, a la renovación, donde los cementerios son removidos y los lugares de tragedias son reemplazados. Esta vez, un espacio de la ciudad en la que escasea el espacio es sagrado.

No totalmente, por supuesto. Ello no sería propio de Nueva York. Tras diez años de agitadas discusiones y negociaciones, en el lugar habrá también un monumento a los muertos, un museo, un centro de transporte y otras torres comerciales.

Quizás parezca algo contradictorio, pero parte de la esencia de Nueva York es no ceder mucho a la tragedia. No olvidaremos, pero tampoco nos postraremos.

Por ejemplo, aunque dicen que el suceso les cambió la vida, pocos neoyorquinos han tomado medidas de precaución, según un estudio reciente.

Sea cual sea la opinión que se tenga de la reconstrucción en la "zona cero", es una expresión viva de las contradicciones inherentes a Nueva York. Una de las nuevas torres es casi un desafío: es más alta que las anteriores. El monumento conmemorativo a nivel del suelo será más amplio que cualquier otro de su tipo en Nueva York.

Claro está, una ciudad no es sólo monumentos y edificios. Es su gente, su comunidad. Después de los ataques, muchos se fueron. Pero otros llegaron, cientos de miles de ellos, desde todos los rincones del planeta.

El triunfo eventual de Nueva York no será ningún momento, ninguna torre ni ningún edificio. Será el renacimiento de la comunidad alrededor de la zona cero. Hoy en día esa zona tiene más habitantes de los que habían el 10 de septiembre del 2001. Y es eso lo que, de algún modo, le dará a esta ciudad su anhelado sentido de permanencia.

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NOTA DEL EDITOR — Michael Oreskes es el director editorial para noticias de Estados Unidos en The Associated Press. A comienzos de los años 1970 trabajó para Dow Jones & Co. en el bajo Manhattan, poco después de que fuera inaugurado el Centro de Comercio Mundial a pocas cuadras de allí.