Una placa en una calle de Manila muestra la imagen de una estadounidense, víctima de los atentados del 11 de septiembre del 2001, en una comunidad cuya transformación seguramente hubiera dibujado en el rostro de la mujer una sonrisa tan amplia como la que se aprecia en el grabado.

En la comunidad, un grupo de niños juega en callejuelas de ladrillo, cerca de varias casas pintadas con colores brillantes.

A diferencia de muchas víctimas de los atentados del 11/9, quienes son recordadas principalmente por sus familiares y amigos, Marie Rose Abad dejó un legado que se rememora al otro lado del mundo, en lo que fue un barrio miserable de Manila y que se ha convertido ahora en una ordenada comunidad que lleva su nombre.

El marido de Abad, un filipino-estadounidense, hizo que se construyera en el 2004 la comunidad de medio centenar de casas de un piso, en recuerdo de la mujer, como un homenaje a los 26 años que pasó casado con ella y a su sueño de ayudar a los pobres en Filipinas.

"Ella es una heroína aquí", dijo Nancy Waminal, de 37 años, quien tiene dos hijos.

La zona era una barriada llena de basura, excrementos y delincuencia. Ahora, los residentes consideran que la comunidad Marie Rose Abad constituye un punto brillante que surgió de un desastre ocurrido a miles de kilómetros de distancia, en el lugar donde fue derribado el Centro de Comercio Mundial en Nueva York.

"Esto solía ser una zona deprimida", dijo Waminal, quien encabeza la asociación de residentes de la comunidad. "Ahora no hay más peleas, más apuñalados, más gente bebiendo licor en las calles".

La imagen de Marie Rose en blanco y negro está junto a un letrero rectangular que da la bienvenida a quienes visitan la comunidad. Los residentes limpian la imagen con esmero cada día, y se refieren a Abad como si hubiera sido de su familia, aunque conocen pocos detalles de su vida.

Antes de ser una de las casi 2.800 personas muertas en los atentados terroristas, Abad fue ejecutiva del banco de inversiones Keefe, Bruyette & Woods, con sede en Nueva York. Estaba en las Torres Gemelas cuando el segundo avión se estrelló debajo de su oficina, ubicada en el 89no piso.

En su última llamada por el teléfono celular, a su casa en Long Island, la mujer de 49 años pidió a su marido Rudy Abad que orara. El esposo se quedó atónito unos minutos después, cuando vio por la TV el momento en que la torre se derrumbaba. Así terminó lo que Rudy consideraba un matrimonio de cuento de hadas y un sueño estadounidense cumplido.

Marie Rose Abad, nacida en Nueva York de una familia de inmigrantes italianos, abrigaba sentimientos de solidaridad por los niños y los pobres. La pareja se topó con la pobreza lacerante que aflige a casi un tercio de los 94 millones de filipinos, durante una visita en 1989.

Fue la primera vez que volvió a su país Rudy Abad, quien era de una familia adinerada y se marchó de Manila en 1963 para estudiar en Estados Unidos, país donde adquirió la ciudadanía y se casó con Marie Rose. Rudy había dicho a su esposa que Filipinas era un paraíso.

La pobreza que vieron los sorprendió y conmovió.

"No podía creer lo que estaba viendo, porque justo a un lado del aeropuerto podía ver a los invasores de propiedades, las chozas, todo", dijo Rudy Abad durante una entrevista en su casa al sur de Manila. "Nos mirábamos, porque yo le había contado que Filipinas era un país hermoso".

La pareja, sin hijos, salió a correr un día, sin llevar dinero, cuando fue rodeada por niños de la calle, de entre 4 y 5 años, quienes rogaban que les compraran boletos de lotería. Se sintieron culpables por no poder ayudar a los chicos.

"Fue la primera vez que ella sintió este dolor", dijo Rudy, al recordar que Marie Rose le pidió llevarla a un banco, donde retiró unos 12 dólares en monedas filipinas.

Volvieron a la iglesia, donde encontraron a los niños, y les anunciaron que comprarían todos los billetes de lotería. Los chicos aplaudieron.

Más tarde, recordó Rudy, Marie Rose le dijo: "no sé cuándo, dónde ni cómo, pero algún día volveré y haré más que esto'''.

Su romance incluía un ritual que se repetía cada semana. Ambos bebían café frente a las Torres Gemelas.

Cada lunes, él la llevaba al trabajo y aparcaba el auto frente a los rascacielos, mientras ambos conversaban y bebían café de un termo. Se despedían y, cuando él llegaba a casa, encontraba un correo electrónico que decía: "gracias por traerme al trabajo".

Durante el resto de la semana, Abad la llevaba a una estación cercana del tren, y regresaba a casa a fin de prepararse para su trabajo como asesor de inversiones bursátiles. Así lo hizo el 11 de septiembre del 2001, un martes.

Esa mañana, se ejercitaba en el sótano cuando ella le llamó para decirle que estaba bien, pese a que el avión se había estrellado contra la primera de las torres. Rudy encendió el televisor y luego miró incrédulo cuando el otro avión embistió el edificio donde trabajaba ella.

La voz de su esposa se tornó desesperada en las llamadas siguientes, cuando el caos invadía su oficina. En la última llamada le dijo: "hace demasiado calor. Esta podría ser la última vez que hablo contigo".

"Recuerdo que las últimas palabras que me dijo fueron, 'reza, Ru, reza''', recordó. "Yo le dije, 'sí, está bien'''.

Unos cuantos minutos después, Rudy vio el desplome de la torre.

"Cada vez que pienso en eso, imagino cómo todo ese concreto se viene abajo encima de ella", dijo, rompiendo en llanto.

Marie Rose había sobrevivido al primer atentado terrorista contra las Torres Gemelas, en el que se colocó una bomba en 1993.

"Yo estaba ahí cuando ella salió con la cara llena de hollín, porque había bajado caminando 110 pisos", dijo. Añadió que su esposa estaba entonces aturdida y sólo quiso que la llevara a casa, no a un hospital.

Abad dijo que anduvo sin rumbo durante los tres años posteriores al fallecimiento. No podía concentrarse para trabajar. Intentó encontrar un nuevo significado a la vida.

"Perdí mi otra mitad, y no sabía qué hacer", recordó.

Luego, conoció a un grupo de filipinos involucrados con la organización caritativa Gawad Kalinga, que busca transformar barriadas del país asiático en comunidades dignas y productivas mediante trabajo voluntario y donaciones.

Abad recordó la promesa de su esposa, de ayudar a los pobres, y decidió donar más de 60.000 dólares para la construcción de una comunidad destinada a familias pobres en la barriada Tondo de Manila.

Cuando comenzó la construcción, Abad llevó a varios amigos filipinos ricos al lugar donde se construiría la comunidad, para que ayudaran a colocar ladrillos y a pintar las casas. Un amigo que posee establecimientos Starbucks trajo mesas, sillas y un aparador de cristal para la instalación de un café comunitario, donde los estudiantes jóvenes estudian y departen en la actualidad.

"Es el lado bueno del 11 de septiembre", dijo Jun Valbuena, voluntario de Gawad Kalinga.

Abad, quien se ha retirado y ahora tiene casas en Las Vegas y en Manila, es un defensor de causas filantrópicas. Insta a los filipinos ricos a ayudar a los pobres, no sólo con donaciones monetarias.

Dice que el 11 de septiembre lo transformó, dejándole una enseñanza sobre el sufrimiento.

"Si la tragedia que la ocurrió a Marie no hubiera pasado... no sé si yo hubiera hecho lo mismo", dijo.

"Es la tragedia lo que abre tus ojos, lo que hace que quieras hacer algo más".