Cuando la doctora Mariana Amaya era niña en San Luis, Arizona, sus padres cruzaban la frontera hacia México cada vez que alguien de su familia necesitaba un médico.

En aquellos tiempos, esa era la opción más práctica debido a que los papás de Amaya sólo hablaban español.

Esta barrera del idioma fue determinante para Amaya. Desde pequeña se propuso que cuando fuera grande ayudaría a las personas que hablan español.

"Sabía que si yo era bilingüe podía ayudar a la población que no habla inglés".

En el primer ciclo de la secundaria, decidió ser médica, pero desconocía si podría lograr esa meta. No conocía a mujer hispana alguna, como ella, que fuera doctora. Una tía enfermera era lo que más se acercaba al campo de la medicina.

En la actualidad, Mariana Amaya se dedica exactamente a lo que aquella niñita anhelaba mientras crecía en San Luis. A sus 36 años, Amaya tiene un consultorio médico privado en obstetricia y ginecología en Phoenix.

Trabaja principalmente con mujeres hispanas y con seguridad esto habría enorgullecido a la pequeña Mariana. Sin embargo, llegar a este punto le tomó determinación y dedicación.

Amaya nació en Yuma y sus padres Rosa M. y Jorge Amaya eran trabajadores del campo. "Fui afortunada de tenerlos como padres. Ellos no tuvieron la educación que yo recibí".

Amaya tiene tres hermanos menores: su hermana Gina y sus hermanos David y George Amaya. Los cuatro fueron a la universidad. Gina se recibió de enfermera y David asistió a la universidad gracias a una beca de baloncesto. George se graduó de la Universidad de Arizona y trabaja para el condado de Yuma.

Amaya guarda "muchos recuerdos agradables" de su niñez en San Luis. Asistió a la escuela primaria Gadsden y salió de la secundaria Kofa en 1993.

Tuvo un buen desempeño en la secundaria. La medicina parecía encajar porque le interesaba la biología. "Quería saber saber cómo funcionan las cosas".

Pero su asistencia a un campamento de verano selló su decisión. Mariana Amaya asistió a un campamento de vocaciones médicas de la Universidad de Medicina en el que conoció diversos campos de la medicina.

Amaya también conoció a otras personas con antecedentes similares y pensó: "Tal vez sea posible".

Sus profesores la alentaron a que intentara alcanzar su sueño y sus padres la apoyaron.

Solicitó la inscripción a diversas escuelas de medicina, entre ellas la Universidad de Stanford, y básicamente todas la aceptaron. Pesó en su elección la beca completa que le ofreció la Universidad de Arizona.

Sin embargo, Amaya se quedó "estupefacta" cuando advirtió la escasa diversidad en su clase. "Había muy pocos hispanos".

En la escuela de medicina, estuvo de rotación en todos los campos y optó por la salud de las mujeres. "Disfruto trabajar con las mujeres. Es en general un campo feliz, ayudar a las mujeres a entender el cuerpo femenino".

El campo que escogió le permite romper otra barrera. "Entre los hispanos básicamente nunca se conversa de eso (del cuerpo femenino). Es un tabú en nuestra cultura".

Tras su graduación de la escuela de medicina, Amaya completó una residencia de cuatro años en dos hospitales de Phoenix: el Centro Médico de Maricopa y el Hospital de St. Joseph.

Al término de su residencia decidió permanecer en Arizona y consiguió empleo en el Hospital de St. Joseph.

"Yo no quería irme del estado. Quería quedarme debido a mi familia. No quería estar lejos de ella", la mayoría de la cual vive en San Luis.

Amaya abrió un consultorio privado en 2006. "Es fabuloso. Ayudamos a una población bastante diversa y tenemos muchos pacientes hispanos. Es divertido usar mi español todo el tiempo. A mis pacientas les encanta que me pueda comunicar con ellas. Las niñas hablan en inglés y sus mamás hacen preguntas en español".

"Me encanta lo que hago. Es un privilegio participar en una situación íntima, como en el parto de un bebé".

Sin embargo, la vida de doctora tiene sus desafíos. "Es difícil equilibrar ser madre y estar casada con las exigencias de la carrera".

Amaya conoció en la Universidad de Arizona a su esposo, Martín J. Hernández, de 40 años y oriundo de California.

Ella trabajaba en su licenciatura y él estaba por terminar su maestría en salud pública. Hernández también tiene su consultorio propio en medicina familiar.

Ambos se casaron cuando Amaya iba en su segundo año en la escuela de medicina. Tienen tres hijos: Lucas, de siete años, Noah, de cuatro años, y Eva, de seis meses.

"Los nacimientos no tienen horario. Los bebés nacen a todas horas. Sin embargo, los chicos (hijos de Amaya) están acostumbrados a escuchar el sonido del localizador. Los chicos saben que tengo que irme al hospital", señaló Amaya.

Amaya está feliz de su matrimonio con un doctor. "El entiende la inestabilidad del horario de trabajo. La relación funciona bien. Nos comprendemos. Creo que sería muy difícil para ambos si no estuviéramos casados con otros colegas".

Ella destaca que mientras la mayoría de las personas labora "de nueve a cinco" y cuando terminan sus turnos se van, "yo siempre continúo trabajando". Los pacientes llaman después del horario de servicio. Se es médico las 24 horas los siete días de la semana".

Sin embargo, Amaya alienta a los chicos hispanos, en especial a las niñas, a que consideren las carreras que deseen tomar.

"No se necesita ser muy inteligente. Mucha gente cree que hay que ser muy inteligente para ser médico, pero se necesita tener mayor decisión y dedicación más que inteligencia".

A veces, las niñas le dicen que "mis papás no tienen para pagar la escuela". Ella les recomienda que "si quieren tener determinación, se fijen un objetivo, que se preparen, aprendan a preguntar y reciban orientación de las personas indicadas. No tengan miedo de preguntar".

Amaya exhorta a los jóvenes a que avancen en sus estudios y asuman la responsabilidad de lo que quieran ser. Sin embargo, también desea que entiendan que se requiere mucho sacrificio.

"No es fácil alcanzar objetivos. Toma tiempo, pero cuando uno termina, vale la pena", dijo Amaya, quien señaló que 12 años después de la secundaria alcanzó su objetivo de convertirse en médico.

"Parece muchísimo tiempo, pero así llegarán a su objetivo. Y no olviden, tampoco habrá vacaciones de verano".

Amaya expresó confianza en que los lectores jóvenes consideren sus recomendaciones.

"Deseo que un número mayor de chicos hispanos en el condado de Yuma se atrevan y aspiren a una educación superior".

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Información del The Sun, http://www.yumasun.com