El modesto apartamento en Brooklyn quedó en el pasado, con su diminuto jardín y restringido espacio. Atrás quedaron también las largas jornadas de trabajo, el afán por sobresalir en la profesión y una agitada vida social llena de amigos jóvenes y sin hijos.

Para Gillian Caldwell y Louis Spitzer, todo esto desapareció tal como desaparecieron las Torres Gemelas de Nueva York, ese fatídico día de septiembre 10 años atrás.

Hoy, viven en una casa amplia en un suburbio de Maryland, con un extenso patio que alberga un perro y un gallinero. La rutina diaria gira en torno a los niños: su escuela, sus clases de fútbol y karate.

Los hijos se llaman Tess y Finley, que de alguna manera son símbolo del cambio de rumbo que sus padres decidieron tomar el 11 de septiembre del 2001.

"Fue una renovación completa", dice Caldwell sobre sus reflexiones después de los atentados, que "me dieron claridad sobre quién soy y qué quiero ser en este mundo".

Los ataques del 11 de septiembre transformaron al mundo, pero para alguna gente, la tragedia les alteró la vida de manera particular: algunos se mudaron, otros renunciaron a sus trabajos, descubrieron la espiritualidad o fundaron instituciones caritativas.

En Texas, una mujer decidió reconciliarse con sus padres, con quienes no hablaba desde hacía años.

En Rhode Island, un estudiante de secundaria abandonó sus planes de estudiar medicina y se incorporó a la fuerza aérea.

En Pensilvania, el tímido propietario de una ferretería decidió trabajar como voluntario narrando para turistas la suerte del avión que cayó allí el 11 de septiembre.

Y en un apartamento en Brooklyn, pocos días después de los ataques, una pareja neoyorquina decidió tener un bebé. Era algo que habían dejado para "algún día", pero los trágicos sucesos les hicieron ver que nunca se sabe lo que nos depara el destino.

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Después de los ataques, mucha gente sintió la necesidad de hacer algo para mejorar sus vidas o las de los demás. Querían que algo bueno salga de algo malo, querían sanear sus heridas emocionales, darle nuevo rumbo a sus vidas.

"Sentí la necesidad de vivir a plenitud el resto de mi vida, sirviendo a la patria", dice Nicholas Mercurio, quien era estudiante de secundaria en Providence, Rhode Island cuando ocurrieron los ataques.

Tenía sólo 16 años y sabía exactamente lo que quería hacer, por lo menos hasta ese momento: estudiar medicina y convertirse en un cirujano cardiovascular. Pero los sucesos del 11 del septiembre le obligaron a pensar en cómo mejor servir a la sociedad. Fue cuando vio la marcha militar en el intermedio de un partido de fútbol estadounidense que se dio cuenta: quería incorporase a las filas, servir a su país.

"Hubiera podido continuar el camino que me había trazado, y hubiera tenido una vida muy cómoda y próspera, pero ¿cómo me sentiría?", expresó.

Hoy, es teniente de la Fuerza Aérea.

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Es difícil saber cuán comunes son estas experiencias de vidas cambiadas tras los ataques.

Pero hay una persona que se dedicó a escribir un libro precisamente sobre gente que cambió sus vidas después de ese acontecimiento: Wendy Stark Healy escribió "Life is Too Short: Stories of Transformation and Renewal after 9/11" ("La vida es demasiado corta: Relatos de transformación y renovación después del 11 de septiembre").

Healy se sintió inspirada por un cura que pasó cinco meses en la zona del desastre y luego fue trabajador social y consejero sicológico. El libro narra las historias del cura, Tom Taylor y de otras 12 personas que cambiaron su rumbo después de la tragedia.

"Hay gente que me decía, 'este momento me transformó', pero yo no sé si fue igual para todos, aunque todos tenían algún tipo de momento de reflexión", dice Healy.

"Es como que algo nos estremeció, ¿cómo podría alguien no sentir algún tipo de cambio?", añade.

Susan Russo, de Pearland, Texas, quedó tan conmovida que decidió reentablar comunicación con sus padres, con quienes no había hablado durante años luego del fallecimiento de su hermano.

Hoy en día, los llama a diario y los visita dos veces al año.

"Pensé que quería llegar a conocer a mi padre y a mi madre antes de que fallecieran", dice Russo, una asistente administrativa de 53 años de edad.

Los sucesos del 11 de septiembre, dice, "cambiaron mi vida totalmente".

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Pauline Arrillaga, corresponsal de temas nacionales para la AP con base en Phoenix, puede ser localizada en features(at)ap.org.