La gente avanza lentamente entre los puestos de ventas del "remate" de esta ciudad rural del Valle Central de California. El remate es el swapmeet, mercado de pulgas, en realidad s un mercado al aire libre. Con el tiempo, hasta estos mercados fueron cambiando su personalidad debido a la influencia latina.

"Pásele, pásele! Chiles, epazote!" Grita un vendedor, cuyo puesto colinda con uno de ventas de CDs a un lado y otro de ventas de calzado enfrente. A pocos metros, otro puesto vende pájaros y a la izquierda un lago corredor de puestos de verduras y frutas expone el colorido de las recientes y abundantes cosechas.

Lo que distingue a este mercado es la cantidad de puestos que venden productos de Oaxaca. Y en particular, aquellos que disponen de hierbas conocidas en aquel estado de México, donde predomina la cultura indígena con sus 16 idiomas.

"Usted nomás usa las hojas, las pone en agua con cebolla y ajo... Le agrega un chilito serrano, calabacitas y poquita sal", explica el vendedor el uso del alache. "Le queda un caldo rico, sano, que se puede tomar en las mañanas porque ayuda a limpiar el cuerpo".

El mercado es venta pero también encuentro, intercambio de recetas y de noticias para gran parte de los miles de inmigrantes oaxaqueños que hicieron de Madera su hogar.

"Aquí me siento como en casa", dijo Rosa Hernández, nacida en Santiago Juxtlahuaca, en la region mixteca de Oaxaca. "Cuando llegué, en los 90s, no había casi nada de hierbas, ¡hasta era difícil conseguir hierba santa!"

Según Hernández, la hierba santa se usa en casi todos los platillos oaxaqueños, como el pozole o el caldo de pollo. "Si el pozole no tiene hierba santa no es pozole!", asegura esta madre de cuatro hijos.

La solución llegó de a poco: ella y otros inmigrantes fueron trayendo semillas de sus hierbas y plantas favoritas.

"Cuando fui a Oaxaca me traje semillas de pericón y de cempazúchitl", comenta Hernández con una sonrisa. Y agrega, "el pericón también tiene uso medicinal". La flor de cempazuchitl, con su fuerte color anaranjado, tiene uso ceremonial y adorna los altares durante el Día de los Muertos.

Hernández, quien aún no cumple cuarenta años, calienta tortillas hechas a mano en un comal calentado a leña en el jardín de su casa. Un nogal cubre el sol voráz de agosto. Cuando se mudó hace un par de años, lo primero que hizo fue organizar el traslado de las plantas a su nueva casa. "Sí, yo les hablo", dice. "Yo siento que son mi compañía".

Como ella, otras mujeres indígenas cuidan su jardín y sus plantas como un verdadero tesoro.
"Mi madre decía que una mujer no es una mujer completa sin sus hierbas", recuerda Hernández. Y agrega que es tradición en su tierra que las mujeres pasen a sus hijas los secretos de las hierbas, su cuidado y uso. "Reconoces las hierbas por su olor", asegura.

De acuerdo con las tradiciones indígenas y rurales, estos olores y sabores son parte de la vida de los pueblos. Están asociados al trabajo, la medicina tradicional, la cocina y el comercio.

"Cuando nos faltaba algo, intercambiabamos con otras familias", dice Hernández. "Las plantas, su aroma, me recuerdan a mi pueblo, a mis padres". No es de sorprender que poco a poco su jardín va creciendo en hierbas y árboles., la mayoría relacionadas a su Oaxaca natal.

La costumbre de ir al mercado los domingos es también parte de la tradición, que se refuerza con la nueva vida de este lado de la frontera. "Los domingos es casi obligatorio hacer tres cosas: llamar a México, hacer las compras de la semana y la limpieza", dice Hernández al recordar sus primeros años en Madera.

No se sabe con exactitud cómo se inició la corriente migratoria oaxaqueña a Madera, pero sin duda ya es un destino conocido. El crecimiento de esta población está cambiando el escenario cultural de la zona.

"Muchos vienen porque ya tienen familias o amigos, o porque hay trabajo en el campo -y somos campesinos- pero también porque hay muchas cosas que nos recuerdan a nuestros pueblos: fiestas, bandas de música oaxaqueña, la comida... y naturalmente, las quinceañeras y casamientos". Así resume Hernández el magnetismo de esta región para los oaxaqueños.
Aunque la fuerte presencia de oaxaqueños en la ciudad de Madera es reconocida por especialistas -incluyendo demógrafos e investigadores sociales-, se desconoce el número exacto de personas de ese origen en el área. Otras comunidades del Valle Central de California reconocidas por albergar gran cantidad de oaxaqueños son Farmersville, Fresno y Arvin. Algunos especialistas mencionan que hay entre 60 y 80 mil oaxaqueños en el Valle Central, la mayoría de origen mixteco, la segunda étnia de Oaxaca. Le siguen zapotecos y triquis.

La mayoría trabajan en el campo. Otros en el comercio. Sin embargo, existe una fuerte economía "informal" que incluye los más variados servicios, como la venta de comida preparada o el cuidado de niños.

Pero al margen de la situación económica, la mayoría de los oaxaqueños espera una fecha especial cada año: la del santo patrón de su pueblo. En esta celebración, que crece año tras año, conviven con familiares, conocidos y amigos la vida de una comunidad lejana en el tiempo, que solo existe en su imaginación y que se esfuerzan por recrear con fervor.

"Cuando llegué a Madera me sentía sola, quería ver gente de mi pueblo", dice Hernández. "Pero ahora hay muchas familias de mi comunidad, ahora socializamos mucho!"
Los miles de visitantes oaxaqueños de cada domingo al "remate" swap meet, mercado de pulgas o simplemente mercado de Madera, son la prueba viviente de una pujante comunidad que busca en su pasado la fuerza e inspiración para continuar creando de cara al futuro.

Eduardo Stanley. Nació en Rosario, Argentina. Después de graduar de la Escuela de Bellas Artes (área de cinematografía), de la Universidad Nacional de La Plata, realizó un curso de postgrado en la Universidad de Bucarest, Rumania, sobre teoría de la comunicación.

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