Vestido con una túnica café a la usanza beduina y una boina negra, el dictador tomó su lugar en el estrado de la ONU y pronunció una diatriba airada, errática y a veces incoherente contra todo lo que detestaba.

En su primer y único discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2009, Moamar Gadafi divagó sobre el cansancio de viajar en avión, la gripe porcina, el asesinato de John F. Kennedy y de mudar la sede de la ONU a Libia, la vasta nación desértica que había gobernado con puño de hierro durante cuatro décadas.

Mientras los delegados se retiraban consternados del amplio recinto en aquella jornada, un Gadafi iracundo declaró que el Consejo de Seguridad "debería llamarse 'el Consejo del Terror'''. Acto seguido hizo pedazos una copia de la carta de la ONU.

Aquel despotrique estrafalario de 96 minutos por parte del "Líder hermano y guía de la revolución" de Libia podría presentarse ahora como el desenlace adecuado a una vida extravagante, pronunciado menos de dos años antes de la sublevación de su pueblo y antes de los ataques a Libia de los aviones de los delegados de algunos países que asistieron a aquella audiencia.

Ese fin también llegó antes de que sus lugartenientes lo abandonaran uno a uno, entre ellos el mismísimo presidente de la Asamblea General, su colega libio Ali Treki, quien en 2009 le había dado la bienvenida elogiosa en el podio en Nueva York.

Cuando la insurgencia irrumpió el domingo en la noche en Trípoli y capturó al hijo y posible heredero de Gadafi, Seif al-Islam, el régimen del gobernante había prácticamente terminado, aun cuando algunas fuerzas leales continuaban su resistencia.

Posiblemente más que cualquier otro de los gobernantes autocráticos de la región, Gadafi era un hombre de contrastes.

Era un patrocinador del terrorismo que condenó los ataques del 11 de septiembre del 2001. Era un dictador brutal que derribó un muro de una prisión para liberar a prisioneros políticos. Era un nacionalista árabe que se mofaba de la Liga Arabe. Y en la cúspide de la paradoja, pregonaba el poder del pueblo, el cual salió en protesta a las calles y se le alzó en armas.

Para una vida marcada mucho tiempo por la convulsión, las excentricidades y lapsos de violencia, las únicas constantes de Gadafi fueron el control que tenía del poder — en el que jamás se le desafió hasta los últimos meses de su gobierno — y su hostilidad hacia Occidente, el cual lo calificaba de terrorista mucho antes del surgimiento de Osama bin Laden.

El secreto de su otrora permanencia eficaz y longeva en el poder se fincó en las reservas petroleras enormes que tiene en el subsuelo su república en el desierto del norte de Africa, y su capacidad para emprender cambios de rumbo drásticos cuando las circunstancias lo exigieran.

A finales de 2003, Gadafi escenificó diversos virajes espectaculares. Tras años de que lo negara, la Libia que dirigía reconoció su responsabilidad en el atentado con bomba que en 1988 destruyó un jumbo jet de la aerolínea Pan Am que volaba sobre Lockerbie, Escocia, hecho en el que perecieron 270 personas. Trípoli aceptó indemnizar con 10 millones de dólares a los parientes de cada una de las víctimas y anunció que desmantelaría todas sus armas de destrucción masiva.

Las recompensas no se hicieron esperar. En unos cuantos meses, Estados Unidos levantó las sanciones económicas contra el país y reanudó vínculos diplomáticos de bajo nivel con Libia. La Unión Europea recibió a Gadafi en Bruselas. El primer ministro británico Tony Blair lo visitó en Trípoli, aun cuando Gran Bretaña tenía razones más que suficientes para detestarlo y temerlo.

Cuatro meses después de que comenzara la rebelión en Libia, ante el asedio de los bombardeos de la OTAN, Gadafi se dirigió a sus fuerzas leales en un discurso que pronunció el 17 de junio por teléfono desde un lugar secreto. Todavía sonaba desafiante, el buen "Líder hermano", aunque ronco, agitado, abrumado y quizá consciente del final.

"No nos interesa mucho la vida", manifestó. "No traicionaremos el pasado ni los sacrificios ni el futuro. Cumpliremos con nuestro deber hasta el final".