Los ataques del 11 de septiembre transformaron al Pentágono, al causar estragos al icónico edificio y crear las condiciones para dos guerras largas y costosas que reordenaron la forma en que combaten las Fuerzas Armadas estadounidenses.

En comparación con hace una década, el Ejército es más grande, está más vinculado a la CIA, más fogueado al enfrentarse a terroristas y es más respetado por la opinión pública estadounidense. Pero sus miembros también están cada vez más cansados de la guerra, se suicidan a un ritmo alarmante y entrenan menos para la guerra convencional.

La parte destruida del Pentágono fue restaurada con notable rapidez después de que el secuestrado Boeing 757 de American Airlines se estrelló contra su lado oeste, lo que provocó un incendio en el edificio y mató a 184 personas. Pero recuperarse de la tensión de combatir en Irak y Afganistán tomará mucho más tiempo, posiblemente décadas.

Los líderes del Pentágono tendrán que adaptarse a una nueva era de austeridad después de una década en la que el presupuesto de defensa se duplicó, hasta casi 700.000 millones de dólares este año.

El Ejército y la Infantería de Marina en particular, ambos todavía comprometidos en Afganistán, tendrán que luchar para volver a entrenar, armar y revitalizar sus extendidas fuerzas incluso a medida que los presupuestos comienzan a encogerse. Y los propios soldados se enfrentan a un futuro incierto; muchos están marcados por la presión mental de la batalla, y algunos enfrentan la transición a la vida civil en un momento de crisis económica y alto desempleo. El costo de la atención a los veteranos será más alto.

Como lo puso Robert Gates poco antes de su renuncia como secretario de Defensa hace unos meses, la paz traerá sus propios problemas.

El problema no era la paz el 11 de septiembre de 2001. En ese momento, los militares se centraron casi exclusivamente en amenazas externas. Las defensas aéreas vigilaban los aviones y misiles que podrían atacar desde lejos; se prestaba poca atención a la posibilidad de que terroristas secuestraran aviones de pasajeros para usarlos como misiles.

Eso cambió con la creación del Comando Norte de Estados Unidos en 2002, que ahora comparte la responsabilidad de defender el territorio estadounidense con el Departamento de Seguridad Nacional.

El terrorismo no era un nuevo reto en 2001, pero la escala de los atentados del 11 de septiembre provocó un cambio en la mentalidad de Estados Unidos, de la defensa al ataque.

Estados Unidos invadió Afganistán el 7 de octubre en una campaña militar no convencional que se coordinó con la CIA. Eso fue el preludio de uno de los efectos más profundos del 11 de septiembre: un cambio de énfasis en las Fuerzas Armadas, de la lucha convencional en que un ejército combate contra otro, a la ejecución de cacerías de oscuros terroristas, más secretas e impulsadas por la inteligencia. Ese cambio fue importante, pero llegó gradualmente, mientras los servicios militares se aferraban a sus formas de la Guerra Fría.

Todavía se debate cómo los talibanes, que habían protegido a Osama bin Laden y otras figuras de al-Qaida antes de la invasión de Estados Unidos y fueron expulsados de Kabul en cuestión de semanas, lograron recuperarse después en los años en que Estados Unidos cambió su principal foco a Irak en 2003. El revés en Afganistán, junto con la lucha en Irak, más larga de lo esperado, mostró los límites del poder militar estadounidense después del 11 de septiembre.

También señaló una de las otras lecciones clave en la última década de guerras: Se necesita más que el músculo militar para establecer la paz. Se requiere que el Departamento de Estado, con su pequeño ejército de diplomáticos y especialistas en desarrollo, y otras agencias gubernamentales, colaboren con el Pentágono.

Las fuerzas militares se hicieron más grandes en la última década, pero el crecimiento ha sido desigual. El Ejército pasó de cerca de 480.000 miembros en 2001 a 572.000 este año, y la Infantería de Marina pasó de 172.000 a 200.000, aunque ambos están en condiciones de reducirse de nuevo en breve. La Fuerza Aérea y la Marina, por el contrario, se achicaron. La Fuerza Aérea perdió cerca de 20.000 puestos desde el año 2001 y la Marina perdió unos 50.000.

En términos porcentuales, el mayor crecimiento en las fuerzas armadas ha sido en las unidades de elite, secretas, conocidas como fuerzas de operaciones especiales. Estas aumentaron vertiginosamente hasta colocarse a la vanguardia de la campaña contra el terrorismo de los militares estadounidenses casi inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre. Ayudaron a derrotar a los talibanes a finales de 2001 y en mayo de 2011 coronaron con la incursión del equipo SEAL de la Marina que mató al líder de al-Qaida Osama bin Laden en su complejo en Pakistán. Y a pesar de que el alcance global de al-Qaida ha disminuido, es probable que el creciente papel de las fuerzas de operaciones especiales continúe.

"Es el cambio más interesante e importante que probablemente perdure", dijo en una entrevista Michael O'Hanlon, un analista de defensa de la Brookings Institution. "No he oído a demasiadas personas que sugieran que podamos achicarnos de nuevo al nivel donde solíamos estar".

La Infantería de Marina, que nunca antes había acogido fuerzas de este tipo, ahora tiene 2.600 bajo el Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos. Las otras unidades en el comando incluyen a los SEAL, los boinas verdes y las tropas de asalto del Ejército y los operadores especiales de la Fuerza Aérea.

En total, esas fuerzas de operaciones especiales aumentaron de 45.600 en 2001 a 61.000 hoy, según el Comando de Operaciones Especiales.

Una década de guerras también ha producido sus estrellas militares. El general del Ejército David Petraeus prestó servicio tres veces en el comando en Irak y una vez en Afganistán antes de aceptar la oferta del presidente Barack Obama para suceder a Leon Panetta como el próximo director de la CIA.

El ex comandante del Ejército en Irak, el general Raymond Odierno, está a punto de convertirse en el principal general del Ejército, y el actual jefe del Ejército, el general Martin Dempsey, quien sirvió dos veces en el mando en Irak, debe reemplazar al almirante de la Marina Mike Mullen como el próximo presidente del Estado Mayor Conjunto.

Las Fuerzas Armadas en su conjunto son vistas más favorablemente por la opinión pública estadounidense. Una encuesta de Gallup en junio encontró que el ejército es la institución nacional más respetada: un 78% de los encuestados expresaron una gran confianza en él. Eso representa 11 puntos por encima del promedio histórico de Gallup, que se remonta a la década de 1970.

La nueva estrella tecnológica es el avión teledirigido tipo "drone", como los "Predator" que vigilan el campo de batalla y disparan misiles a objetivos seleccionados. Su popularidad ha dado lugar a un esfuerzo para desplegar aviones no tripulados para realizar otras misiones, como un bombardero de largo alcance e incluso helicópteros de carga pesada.

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Robert Burns está en Twitter como http://twitter.com/robertburnsAP