El 21 de agosto de 1911, el cuadro más contemplado de la historia, La Gioconda o Mona Lisa, desapareció en el Museo del Louvre, y aunque fue recuperado dos años después en Florencia, la ciudad en la que se cree que Leonardo Da Vinci lo pintó entre 1503 y 1506, el móvil del robo aún no se ha aclarado.

Lo que sí se sabe es que el autor material fue un obrero italiano muerto en 1925, Vincenzo Peruggia, que había hecho trabajos en el museo.

Peruggia, que logró sacar la tabla del Louvre con total facilidad, fue detenido dos años después en Florencia cuando intentaba vendérsela al anticuario Alfredo Geri, quien alertó a la policía.

El ladrón aseguró que había actuado en solitario para devolverla a su país de origen, donde él creía que había sido robada.

El Comité Nacional para la Valoración de los Bienes Históricos, Culturales y Ambientales de Italia, que sí celebrará el centenario de la recuperación, al contrario que las instituciones francesas, ha anunciado que pedirá oficialmente su traslado a Florencia en 2013.

Si bien el nombre del ladrón ha estado siempre claro no lo ha estado nunca el del "autor intelectual".

Entre los sospechosos figuraron el poeta francés Guillaume Apollinaire y el pintor español Pablo Picasso, potenciales interesados en destruir la obra, críticos como eran entonces con los museos y el arte oficial.

Defensor de la quema de obras maestras, el poeta fue detenido y encarcelado en la prisión de La Santé de París, mientras que Picasso fue interrogado por la policía sobre la desaparición del cuadro de Da Vinci.

A Picasso, un apasionado del arte primitivo, y a Apollinaire se les relacionó igualmente con el robo de unas figuras íberas en el Louvre.

Para fortuna de ambos, entonces unos veinteañeros, las pistas fueron múltiples. El paso del tiempo ha acabado dirigiendo las especulaciones hacia otros autores.

Algunos expertos atribuyen al supuesto aristócrata argentino Eduardo de Valfierno el encargo a Peruggia del robo.

Valfierno habría hecho pintar seis copias del cuadro a un virtuoso falsificador con el objeto de estafar a otros tantos millonarios que pensarían que estaban en posesión del lienzo robado.

"En mi opinión nada de eso es verdad", dice a Efe el autor de "Une femme disparaît. Le vol de la Joconde au Louvre en 1911" (Una mujer desaparecida. El robo de la Gioconda en el Louvre en 1911), Jérôme Coignard, quien, basándose en unos artículos publicados en 1915 por Georges Prade, cree que el promotor fue un misterioso bandido alemán traficante de arte, Otto Rosenberg.

El Louvre, que presenta el cuadro como "Portrait de Lisa Gherardini, épouse de Francesco del Giocondo" y que no ha previsto acto alguno en rememoración del evento, informa de que "el robo fue descubierto el 21 agosto de 1911" por el pintor Louis Béroud, quien alertó a los guardianes del museo.

Algunos estudiosos aseguran que los vigilantes habían ya detectado el hueco dejado en el muro horas antes, incluso un día antes de que se diese, finalmente, la alerta, pero pensaron que había sido traslado al recién estrenado departamento de fotografías.

La incredulidad y la indignación recorrieron el mundo del arte y sus amantes cuando salió a la luz su desaparición.

La Sociedad de Amigos del Louvre, que tampoco organiza conmemoración alguna del aniversario, ofreció en 1911 una importante recompensa monetaria a quien ayudase a localizar el cuadro, una suma que acabó recibiendo el anticuario italiano que alertó a la policía.

Frente a las múltiples especulaciones que circulan sobre la llegada a la corte francesa del cuadro, el Louvre señala que, "al parecer, Leonardo da Vinci lo trajo a Francia y su alumno y heredero, 'El Salai', lo devolvió a Italia", pero se ignora cómo volvió la obra a la colección de Francisco I, en cuya corte desempeñó Da Vinci (1452-1519) su talento en los últimos años de su vida.