Frank Allocco, de 5 años, se encuentra a más de 11.000 metros (37.000 pies) sobre Estados Unidos y presiona el rostro contra la ventanilla.

"Qué estupendo", le dice a su hermana de 6 años. "Francesca, mira".

Es el primer vuelo en su vida. Ignoran un DVD de Harry Potter y juegos de video. Les llaman más la atención los ríos, montañas y pequeños automóviles allá abajo.

Francesca interviene: "Frank, mira esa nube".

Para ambos, volar encima del país es algo mágico. Los niños oriundos de Park Ridge, Illinois, reciben un tratamiento de estrellas. Una aeromoza les da unos prendedores con alitas. Mamá y papá les toman fotos.

Sin embargo, para la mayoría de nosotros, el romanticismo de volar desapareció hace mucho, perdido tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 y los recuerdos perdurables de aviones estrellándose contra edificios.

Sí recordamos cómo era antes. Al pasar por los puestos de seguridad no teníamos que quitarnos la ropa. Recibíamos alimentos calientes gratuitos, incluso si su sabor no era muy de nuestro agrado. Teníamos más espacio para estirar las piernas.

En la actualidad nos sentimos desanimados incluso antes de llegar a nuestro asiento. Debemos quitarnos los zapatos y entregar casi todos los líquidos en los puestos de seguridad. Los familiares y amigos ya no pueden despedir a los viajeros en la puerta de acceso. Y las aerolíneas, que han pasado apuros económicos desde el día en que los terroristas usaron aeronaves como misiles, ahora añaden cuotas, atestan los aviones y recortan amenidades para poder sobrevivir.

En entrevistas efectuadas durante una semana de viajes por el país — nueve vuelos que sumaron 13.540 kilómetros (8.414 millas) en total — muchos pasajeros expresaron su enojo con el hecho de viajar por aire, que dicen los hace sentir como ciudadanos de segunda clase. En general, los temores hacia el terrorismo que impulsaron la mayor parte de los cambios parecían una ocurrencia tardía.

"Cada vez que entro a un aeropuerto, me siento como una víctima", dijo Lexa Shafer, of Norman, Oklahoma. "Lamento que tengamos que vivir así debido a que hay tipos malos".

A pesar de las molestias, los cielos de Estados Unidos tienen mayor tráfico aéreo que nunca antes. Las aerolíneas transportaron a 720 millones de pasajeros el año pasado, un incremento en comparación con los 666 millones el año antes de los atentados.

Había pocos temores en torno al terrorismo incluso en un vuelo que era prácticamente idéntico — la misma ruta, aerolínea, tipo de avión y hora de salida — al vuelo 93 de United Airlines, que se estrelló en un campo de Pensilvania el 11 de septiembre del 2001 después que los pasajeros se enfrentaron con los terroristas por el control de la aeronave.

Sin parecer preocupados, los pasajeros buscaban obtener la mejor posición en la puerta de ingreso, como si estuvieran aguardando a que abriera una tienda con ofertas posteriores al día de Acción de Gracias. Echaban un vistazo a los boletos de otros y murmuraban cuando alguien abordaba antes del momento en que se suponía debía hacerlo.

"Los pasajeros han perdido el civismo", dijo Karen McNeilly, de Gold Hill, Oregon.

Ahora es más fácil que éstos se enojen unos con otros. Las aerolíneas han colocado más asientos como una medida para reducir costos.

Hace una década, se ocupaban un promedio de 72% de los asientos por vuelo. En la actualidad son el 82%. Antes, los pasajeros tenían posibilidad de hallar un asiento vacío al lado, pero ahora eso es muy inusual. Las aerolíneas han añadido más filas de asientos, lo cual restringe el espacio para estirar las piernas. Y los aviones regionales más pequeños transportan una cuarta parte de todos los pasajeros, el doble que hace una década.

"Es una experiencia deprimente que uno aguanta sólo porque tiene que ir del punto A al punto B. Solía ser una parte del viaje que se esperaba con gusto", dijo David Cush, director general de la aerolínea Virgin America. "Como industria, hemos hallado la forma que quitarle a la gente esa alegría de volar".

En otro esfuerzo por equilibrar sus libros contables, las aerolíneas han añadido cuotas a servicios que antes eran gratuitos. El año pasado se recaudaron 8.100 millones de dólares en cuotas, mucho más de los 2.500 millones cobrados antes de los atentados, ya efectuado el ajuste por la inflación.

Las cuotas por equipaje enviado a la carga representaron 3.400 millones de dólares del total del 2010. Sin ellas, las principales aerolíneas habrían perdido dinero el año pasado, en lugar de reportar 2.600 millones de dólares en ganancias entre todas.

No es sorprendente que, para viajes cortos, los estadounidenses prefieran ir por tierra hoy en día. Han surgido nuevas líneas de autobuses que unen ciudades, y la línea ferroviaria Amtrak traslada a 37% más pasajeros que hace una década. Los autobuses y los trenes no tienen los puestos de seguridad que hacen necesario que los pasajeros aéreos lleguen al aeropuerto aproximadamente una hora antes de los vuelos nacionales y con dos horas de anticipación para los que van al extranjero.

"No estoy realmente convencido que toda esta seguridad esté logrando nada más que hacer a la gente sentirse segura", dijo Matthew Von Kluge, de Chicago. Portaba una camiseta creada por su ex jefa, la diseñadora de modas Vivienne Westwood, que traía la siguiente frase: "No soy un terrorista. Por favor no me arresten".

Pero Diane Dragg, de Norman, Oklahoma, sí se mostró satisfecha con las medidas de seguridad: "Prefiero pasar por ellas en lugar de que alguien haga explotar" el avión.

Sin embargo, no todo ha sido malo para los viajeros aéreos. Ahora muchos aviones tienen televisores individuales y Wi-Fi para computadoras. Hay la posibilidad de registrarse para el vuelo vía internet. Y como los pasajeros llegan cada vez con más anticipación a los aeropuertos, éstos tienen mejores tiendas y restaurantes.

A las aerolíneas les ha costado más trabajo encontrar un justo medio. Han perdido dinero en siete de los últimos 10 años.

Al menos 33 líneas aéreas han solicitado protección gubernamental por bancarrota, incluyendo a Delta, Northwest, United y US Airways. Algunas, entre ellas ATA y Aloha, de plano dejaron de volar.

No fueron solamente los atentados del 11 de septiembre lo que las lastimó, sino que también resultaron muy golpeadas por el incremento en los precios del petróleo y una disminución en el número de pasajeros durante la recesión. Pero después de los ataques terroristas, el simple hecho de hacer que la gente volviera a volar ya era un reto.

En el primer año, el tráfico descendió casi 8% y demoró tres años en regularizarse.

"La gente tenía miedo de volar", dijo F. Robert van der Linden, curador del Museo Nacional del Aire y el Espacio.

Finalmente se logró atraer de nuevo a la gente, pero ahora los vacacionistas esperan precios bajísimos. Las tarifas de los boletos son 20% menores en la actualidad de lo que eran el 11 de septiembre del 2001, ya con el ajuste de la inflación. Las líneas aéreas operan con márgenes de ganancia minúsculos y menos empleados.

Para los pasajeros, el verdadero legado de los atentados podrían no sólo ser los registros de seguridad más exhaustivos, las nuevas cuotas u otros detalles de los cuales no tenían que preocuparse antes, como que el nombre en nuestro boleto sea exactamente el mismo que el que aparece en la licencia de conducir. El legado podría ser el haber perdido la capacidad de relajarse a bordo de un avión.

Aunque los niños como Frank y Francesca aún pueden disfrutar de un vuelo, Ethan Estes de Louisville, Kentucky, expresó lo que piensan la mayoría de los adultos.

"Si la aerolínea hace todo perfecto", afirmó, "el viaje es apenas tolerable".

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Scott Mayerowitz puede ser contactado en http://twitter.com/GlobeTrotScott