Un tiroteo rompió la calma afuera de la secundaria Bowie cuando el equipo de fútbol estadounidense se preparaba para entrenar. A unos cientos de metros había estallado otra balacera entre narcotraficantes en Ciudad Juárez.

Nadie en el campus resultó lesionado en el tiroteo del fin de semana pasado, en el que un grupo de sicarios hicieron más de 400 disparos y mataron a un comandante policial, pero las balas, que según los testigos alcanzaron los muros de la escuela y las luces de su estadio, hicieron que los profesores y alumnos recordaran de nuevo los peligros que enfrenta el campus, ubicado muy cerca de la urbe mexicana asolada por la violencia.

"Nunca pensamos que esto ocurriría tan cerca de aquí... Me preocupa un poco que pueda pasar de nuevo", dijo Gerardo Pedroza, estudiante de 17 años, mientras atisbaba por encima de la cerca hacia la autopista que separa el campo deportivo de la frontera.

Pedroza figuró entre los jugadores que huyeron de la instalación deportiva cuando los criminales comenzaron a disparar con sus fusiles de asalto, del tipo AK-47, el 6 de agosto en Ciudad Juárez. Varios jugadores de voleibol que visitaban la escuela huyeron también hacia el gimnasio de la institución poco después de su llegada.

Los directivos de la secundaria se mostraron aliviados de que la mayoría de las aulas hayan estado vacías debido a las vacaciones de mediados de año, pero sopesan vías para mejorar la seguridad del campus a partir de este mes, cuando se reanudan las clases. Entre las propuestas hay una para realizar simulacros, de modo que los estudiantes sepan qué hacer si se presenta otro tiroteo.

"Se sentía como si la balacera estuviera ocurriendo aquí", dijo Jesús Chávez, director de la escuela. Agregó que varios estudiantes le dijeron haber escuchado las balas que pasaban zumbando por el aire, antes de dar contra las lámparas y los muros. Sin embargo, el personal escolar no encontró restos de municiones ni daños a la propiedad que confirmaran los reportes de los alumnos.

Un dique a lo largo del río Bravo, que delimita la frontera, impide que pueda verse el territorio mexicano desde el primer piso de la escuela. Sin embargo, las aulas y pasillos del segundo piso sí son visibles desde el parque donde ocurrió el ataque a tiros.

"Con el muro (en la frontera con México) y los agentes de la Patrulla Fronteriza, ellos (los narcotraficantes) no pueden pasar a este lado", explicó Teresa Tostado, madre de un estudiante en Bowie, quien acudió a la escuela tres días después del tiroteo para inscribir a su hijo. "Pero las balas sí pasan".

En Ciudad Juárez han ocurrido casi 6.000 muertes violentas en los últimos tres años, ante la intensificación de la batalla sangrienta entre los cárteles rivales y las fuerzas de seguridad a lo largo de la frontera norte de México.

La propagación de hechos de violencia ha sido inusual en El Paso, la ciudad que colinda con Juárez, pero a veces la gente en el lado estadounidense se lleva algún susto. A mediados del año pasado, balas disparadas desde Juárez alcanzaron una oficina de la Universidad de Texas en El Paso. En otro hecho, hubo disparos que llegaron a un inmueble del palacio del ayuntamiento, en el centro.

Las autoridades mexicanas consideran que un cártel narcotraficante local estuvo detrás del tiroteo fronterizo más reciente, en el que murió el comandante Víctor Nazario Moreno Ramírez en una carretera cercana al río Bravo. Se han realizado tres arrestos, en lo que según la policía fue una represalia por una operación en el centro de Ciudad Juárez.

Los profesores y los entrenadores que estaban en la escuela recurrieron a lo aprendido en un simulacro realizado antes, el cual planteaba el caso hipotético de un sujeto armado que entraba al campus. Así, los integrantes del equipo de fútbol estadounidense se metieron a los vestuarios y la escuela no reanudó actividades sino hasta que se comprobó que el tiroteo había concluido.

El entrenador Roberto Padilla dijo que sus colegas pensaron originalmente que los disparos eran petardos que había traído el equipo visitante de voleibol para gastar una broma. Los jugadores de fútbol estadounidense fueron los primeros en percatarse del peligro.

"Tristemente, sus oídos están entrenados para reconocer disparos", dijo Padilla, quien añadió que sus jugadores trataron de convencerlo de que reanudara el entrenamiento minutos después de la balacera.

"Fue una sorpresa. Uno no sabe cuándo ocurrirá esto de nuevo", dijo Eduardo Hernández, de 17 años, uno de los jugadores que estaban en el campo al producirse el tiroteo. "Uno solía sentirse más seguro en El Paso, pero ya no es así".

Dentro del gimnasio, los equipos de voleibol trataron de "pensar en algo distinto a lo que había ocurrido", señaló el entrenador Roel de Anda.

Chávez dijo que prevé plantear el tema de la seguridad escolar ante otros administradores y contempla la posibilidad de implementar simulacros específicos sobre tiroteos transfronterizos. Dijo que este caso representó el primero en Juárez que ha obligado a cerrar Bowie, pero sabe que muchos estudiantes están familiarizados ya con la violencia en México.

"Lo que me preocupa es que ellos hayan desarrollado un callo emocional", dijo Chávez. "Antes todos se conmovían mucho cuando hablaban de un asesinato en Juárez. Ahora, su actitud es como si dijeran: 'bueno, mataron a 10 ó 15 personas, está bien. Sólo 10 ó 15 personas más a la cuenta de miles que han muerto hasta ahora'''.