Una década después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, las medidas de seguridad más estrictas han dividido a las comunidades en la frontera con Canadá, donde durante siglos la gente cruzó para hacer compras, trabajar o visitar familiares.

El propietario de un restaurante de Vermont organizó un concurso para ayudar a los canadienses a comprar pasaportes a fin de que pudiesen cruzar la frontera y fueran a cenar a su local. Un departamento de bomberos no puede depender de la ayuda de los colegas a pocos kilómetros de distancia. Un viaje corto para ir a comprar leche puede estar sujeto a demoras imprevisibles.

Donde las Green Mountains de Vermont empiezan a dar paso a las vastas planicies del valle de San Lorenzo de Quebec, los residentes admiten la necesidad de reforzar la seguridad, pero no ocultan su frustración. La mayoría acepta que la vida nunca volverá a ser lo que fue y se resignan a adaptarse.

"Solía ser bien sencillo. Sólo cruzábamos la frontera. A veces ni siquiera llevaba la billetera", recuerda Paul Martin, de 59 años, jefe de bomberos en Richmond, un pueblo fronterizo de 1.300 habitantes en Vermont.

Ahora, agregó, cruza la frontera dos o tres veces por semana para ver a su novia en Quebec. Nunca sabe qué tan difícil será regresar, una incertidumbre que ilustra la alteración del modo de vida de un pequeño pueblo que incluso iba más allá de las líneas internacionales.

"Si me toca alguien (en el puesto fronterizo) con quien fui a la escuela, no tengo problemas", afirmó. "Si hay alguien nuevo, tiene que inspeccionar todo. Todo depende de qué clase de día esté teniendo el inspector".

Semanas después de los ataques, Estados Unidos empezó a reforzar la seguridad fronteriza que, según un funcionario, no había "cambiado mucho desde las guerras con los franceses y los indios" a mediados del siglo XVIII. Los soldados de la Guardia Nacional colaboraron para custodiar los puestos fronterizos y se hicieron planes para aumentar el tamaño y capacidad técnica de la Patrulla Fronteriza, que desde entonces prácticamente se ha triplicado. Las largas filas en la frontera ahora son habituales.

Algunos caminos antes no custodiados han sido bloqueados. Los cambios han alterado el modo de vida de siglos.

"No tenemos alternativa", dijo Real Pelletier, alcalde de la ciudad de St. Armand en Quebec. Visita Estados Unidos varias veces por semana, donde la gasolina es un 40% más barata.

"Durante uno o dos años (después de los ataques) fue realmente duro. Era como si estuviésemos en una zona de guerra", agregó.

Las demoras se han aliviado algo, dijo, pero la gente que solía cruzar la frontera sin problemas ahora necesita pasaportes costosos u otros documentos de viaje, como las licencias de conducir de Vermont. Pero de todos modos podrían tener que esperar o abrir los baúles de los vehículos.

Durante los últimos 25 años, Rosaire St. Pierre ha operado el restaurante The Crossing en Richford. Aproximadamente la mitad de sus clientes vienen de Quebec. Hace unos pocos años organizó un concurso para regalar pasaportes que generalmente cuestan 90 dólares canadienses, de modo que los quebequenses tuvieran los documentos para cruzar a Vermont.

Pero calcula que su negocio sigue un 30% por debajo de lo que era. Está frustrado por lo que considera demandas irrazonables de documentos para cruzar la frontera y la actitud de los agentes fronterizos que, según afirma, a veces son rudos.

"No les importan los negocios en absoluto. Piensan que todo el mundo es un atacante potencial", comentó St. Pierre. "Creo que los terroristas nos están afectando a través de nuestros bolsillos".

Las preocupaciones por la actitud de los agentes fronterizos con la gente que entra a Estados Unidos deberían ser reportadas a los superiores, dijo el director interino del Area Portuaria de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, Gregory Starr.

"Nuestros agentes prestan juramento. Ese juramento conlleva una gran responsabilidad", afirmó. "Se tiene que equilibrar mucho el tratar de facilitar el paso con el hecho de hacer cumplir la ley".

Martin, el jefe de bomberos de Richford, trabaja en estrecho contacto con sus colegas al otro lado de la frontera. Antes del 11 de septiembre del 2001, los bomberos canadienses iban a Vermont para ayudar a combatir incendios, e incluso se quedaban en la estación de Richford cuando los bomberos estadounidenses tenían que salir en respuesta a una emergencia.

Sus bomberos todavía cruzan hacia Quebec regularmente para ayudar a luchar contra todo incendio, grande o pequeño. Ahora los canadienses sólo vienen a Vermont cuando hay incendios muy grandes, aproximadamente una vez al año.

"Los agentes fronterizos canadienses dejan pasar y hacen preguntas después", dijo Martin. "En cuanto a los norteamericanos, todo depende de quién te toque".

La mayor presencia policial en la frontera rinde sus frutos más allá de su objetivo primario de impedir el paso de los terroristas, afirman las autoridades. Los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza reportan los posibles conductores ebrios que intentan entrar a Estados Unidos, y los agentes adicionales de la Patrulla Fronteriza suelen ayudar en casos de emergencia local.

Para algunos residentes, la mayor seguridad constituye un ajuste aceptable.

Al este de Richford, la escuela preuniversitaria de Quebec conocida como Stanstead College tiene unos diez estudiantes de Vermont que cruzan la frontera dos veces por día. Durante la temporada de natación, la escuela envía un grupo de estudiantes — algunos de ellos de otras nacionalidades — a Estados Unidos para nadar en una piscina en Newport.

"No diría que es duro, sólo que toma más tiempo", dijo el director de Stanstead, Michael Wolfe, cuya esposa suele cruzar la frontera tres veces por día. "Mientras la documentación esté en orden, pienso que todo está bien".