Decenas de miles de israelíes se volcaron el sábado a las calles en todo el país por cuarta semana consecutiva, con lo que extendieron su movimiento de protesta contra el alto costo de vida desde las grandes ciudades centrales a las más pequeñas en zonas periféricas.

Las manifestaciones masivas se han convertido en un ritual semanal, lo que ha producido la crisis interna más grave durante el gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu.

La semana pasada, más de un cuarto de millón de personas asistieron a una de las manifestaciones más grandes en la historia de Israel, una gran parte en Tel Aviv.

En una marcado contraste, las reuniones de esta semana fueron más modestas y tenían como propósito concentrar la atención en las zonas más pobres del país. Mientras que la participación masiva de la semana pasada se produjo principalmente en Tel Aviv, esta semana las protestas se extendieron desde Nahariya, en el norte, en la frontera con Líbano, hasta la ciudad portuaria de Eilat, en el extremo sur de Israel.

En total, la policía dijo que más de 50.000 personas asistieron a las protestas en una decena de lugares. Medios de comunicación israelíes elevaron la cifra a alrededor de 70.000 en todo el país.

En la protesta más grande, por lo menos 25.000 personas salieron a las calles de Haifa, en el norte de Israel, según el portavoz de la policía Micky Rosenfeld. Otra gran manifestación se realizó en Beersheva, en el sur de Israel, donde se presentaron músicos y los manifestantes tocaron tambores, ondearon banderas y sostuvieron pancartas con mensajes como "el pueblo exige justicia social".

Por primera vez, también hubo protestas en varias ciudades árabes.

En menos de un mes, el movimiento ha pasado de unas pocas carpas en Tel Aviv a un fenómeno nacional.

Las protestas se enfocaban inicialmente en los crecientes precios de la vivienda, pero rápidamente se convirtieron en una dramática expresión de rabia contra una amplia gama de asuntos económicos, incluyendo el costo de los alimentos, la gasolina y la educación.

El movimiento popular ha aprovechado un sensación de frustración más amplia por cuenta de una desgastada clase media y crecientes brechas entre ricos y pobres.

En respuesta, Netanyahu ha nombrado un comité especial para atender las demandas de los manifestantes.

Los manifestantes han rechazado todas las reformas ofrecidas hasta ahora por el gobierno y han llamado a una marcha de millones de personas en 50 ciudades de todo el país el 3 de septiembre.

Israel salió relativamente ileso de la crisis financiera mundial. La economía experimenta un rápido crecimiento, y el desempleo está en su nivel más bajo en décadas.

Sin embargo, la fortaleza económica del país ha tenido un costo. Las filas de trabajadores pobres han crecido dramáticamente a medida que la riqueza se concentra cada vez más en un pequeño grupo de magnates.

La clase media en concreto ha sido duramente golpeada, con altos impuestos y salarios que no han seguido el ritmo del alza de los precios.