En los alrededores de la mina San José no queda ya ningún vestigio del campamento Esperanza, mientras en el yacimiento un grueso tapón de cemento, sin más adorno ni placa, sella el orificio por donde emergieron el pasado octubre los 33 mineros de Atacama.

Un año después del derrumbe que dejó a los obreros 70 días bajo tierra, el yacimiento, situado a unos 45 kilómetros de Copiapó, en el norte de Chile, luce un aspecto abandonado y en él sólo se oyen los ecos del silencio que retumban en el árido desierto.

Un cartel que advierte "Peligro, no pasar" pone en alerta sobre los riesgos de la mina, cuya rampa de entrada está cerrada con una malla, por la que sale una gélida brisa y un notable olor a gas que expele el mineral.

Por esa rampa se adentraron los primeros equipos de rescate que el 5 de agosto de 2010 llegaron a la mina dispuestos a adentrarse por una chimenea de ventilación para salvar a los mineros, después de que una enorme roca hubiera bloqueado el camino.

En esas primeras labores anónimas participó Mario Olave, jefe en ese momento de la Fuerza de Tarea de Atacama, que agrupa a varios retenes de bomberos, quien, de vuelta hoy a ese lugar, recuerda la "frustración" que sintió cuando la chimenea también colapsó y la esperanza comenzó a decaer.

"Sin embargo, luego de eso también existían otros profesionales y técnicos que sí veían posible hacer un acceso por otras chimeneas y caminos auxiliares que había, que los mineros más antiguos conocen", explicó a Efe.

Pero, tal como cuenta, esas alternativas se desecharon porque la empresa estatal Codelco tomó el mando y, "para minimizar los riesgos, se empezó a trabajar con las sondas, para primero dar con los mineros y, en segundo término, poder agrandar el sondaje para introducir la cápsula" que les devolvió a la superficie.

Ese profundo agujero de 700 metros por donde el pasado 13 octubre la cápsula Fénix izó hasta la superficie a los 33 mineros está ahora tapado por una gruesa capa de cemento, testigo único y solitario de la hazaña en la que millones de personas tuvieron puestos sus ojos durante todo un día.

Pero de aquella efervescencia nada queda. Apenas nueve meses después solo dos cuidadores resisten día y noche en el terreno donde familiares, rescatistas y periodistas levantaron el pequeño pueblo, llamado Esperanza, que llegó a congregar a más de 3.000 personas.

Allí, donde antes se alzaba la escuela, el comedor, las carpas de los familiares y las caravanas de los periodistas, solo se amontonan ahora toneladas de rocas que una empresa de Copiapó compró para extraer de ellas cobre, cuarzo y bronce.

Asimismo, en el cerro donde ondeaban las 33 banderas solo quedan las piedras amontonadas que sustentaban sus mástiles.

Para la empresa compradora trabaja Sergio, uno de los cuidadores. Este afable hombre, curtido por el sol y por la vida, cuenta a Efe que apenas va nadie al yacimiento, aunque en los últimos días han llegado algunos periodistas, atraídos de nuevo por el devenir de los mineros.

En cambio, los pocos materiales que quedan dentro del perímetro del yacimiento San José yacen abandonados a su suerte.

Esos terrenos, propiedad de la empresa San Esteban, están ahora en manos del síndico de quiebras, en el marco del proceso legal para dirimir las responsabilidades de los dueños en el accidente y que estos se hagan cargo de los costos del rescate, que en su día fueron asumidos por el Estado.

Ajeno a estos cambios y litigios, en la entrada del yacimiento resiste colgado un cartel que, como ironía del destino, anuncia: "Juntos haremos una faena segura".