Aviso a los aficionados a Wagner: si son tradicionalistas, dos producciones del festival de Bayreuth de este año no serán de su agrado.

Pero si les agrada el espíritu transgresor, no dejen de asistir. Y si bien Tannhaeuser fracasa en su intento de saltar de lo tradicional a lo modernoso, Lohengrin sí lo logra. Las dos producciones reflejan audacia en la dirección y puesta en escena, pero sólo Lohengrin resulta creíble.

Tannhaeuser es la que ha provocado más expectativa este año, no tanto por tratarse de una nueva producción sino porque la puesta en escena y los efectos especiales relegan la música a un papel de reparto.

Desgarrado por esa pugna entre el placer carnal y el amor platónico que provocará su tragedia, el caballero cantor Tannhaeuser debe enfrentar el reto adicional que constituye el marco escénico, cortesía del regista Sebastian Baumgarten y el escenógrafo Joep van Lieshout.

Ni escenas bucólicas ni salones nobles: la producción vista el lunes se desarrolla en una fábrica entre tanques y tubos conectores que representan un ciclo cerrado de subsistencia en su nivel más elemental: comida, alcohol y el excremento que se usa luego como combustible.

En esa situación, cualquiera busca ahogar las penas en alcohol, y es precisamente lo que hacen los figurantes disfrazados de obreros, que pasan por el gran tanque rojo de alcohol. Algunos se ganan la vida como cantantes del coro.

Otros sólo ocupan lugar en un escenario ya atiborrado.

En otra escena montada para escandalizar al respetable, el nido de amor donde Tannhaeuser se encuentra con Venus entre excursiones a la "otra mujer" — la angelical Elisabeth — es un loquero dentro de una jaula que se alza del piso de la fábrica.

Tannhaeuser y Venus se abrazan entre criaturas simiescas que copulan mientras renacuajos engendrados en el muladar se arrastran y retuercen sobre el escenario. El mensaje es clarísimo: ¡puaj!

Pero al final, Venus tiene el hijo Tannhaeuser, alterando el mensaje wagneriano de que la virtud puede más que el vicio.

"¡Excesivo, excesivo!": Las palabras con que Tannhaeuser expresa su disgusto por esa vida orgiástica se aplican igualmente a las libertades que se toman Baumgarten y van Lieshout.

Pero hay transgresiones y transgresiones este año en Bayreuth.

Lohengrin, otra historia wagneriana de amor que finaliza en tragedia es arrastrada de la Edad Media al siglo XXI por el regista Hans Neuenfels y el escenógrafo Reinhard von der Thannen, y la historia gana en interés.

En lugar de caballeros con armadura, ratas de tamaño humano con luminosos ojos rojos ocupan el escenario, un laboratorio en el que hombres con batas y máscaras quirúrgicas empujan a los personajes en sus entradas y salidas de escena.

El concepto es irritante, pero se impone al fundirse con la ópera en lugar de chocar con ella. Los roedores conforman una horda de traicioneros, tal como los gendarmes medievales de la versión original que mudan sus lealtades con cada vuelta de la trama.

A lo largo de la obra, las ratas se transforman gradualmente en seres humanos, acaso transformados por Lohengrin, el caballero bendecido por Dios, quien derrota el mal pero finalmente es derrotado por la veleidad de su amada Elsa.

Un placer visual e intelectual, acompañado el martes por cantantes de mediocres a extraordinarios.

Astrid Weber, quien sustituyó a último momento a Annette Dasch, no convenció como Elsa. Su voz es poderosa, pero carece de amplitud y llega a las notas agudas con evidente esfuerzo. Su vibrato es irritante y su dicción borrosa.

En contraste, Klaus Florian Vogt fue un Lohengrin brillante, de emisión sin esfuerzo y dicción clara, con una voz tan fluida y natural que parece espontánea.

La mezzo Petra Lang fue una excelente Ortrud, de voz potente y buena aptitud histriónica como la contraparte maligna de Elsa. También destacaron Georg Zeppenfeld como el rey Heinrich; Tomas Tomasson como Telramund y Samuel Youn como el heraldo.

El director musical Andris Nelsons y el maestro del coro Eberhard Friedrich brindaron apoyo magistral a los solistas y lograron el equilibrio musical que exige Wagner.

En Tannhaeuser, los más destacados fueron Camilia Nylund, como Elisabeth y el bajo Guenther Groissboeck como el landgrave Hermann, su padre, cuya voz y apostura son ideales para la dignidad que exige el papel.

Michael Nagy convenció en el papel de Wolfram von Eschenbach, lo mismo que Lothar Odinius como Walther von der Vogelweide y Thomas Jesatko como Biterolf. Lars Cleveman como Tannhaeuser fue mejor actor que cantante: a veces tenía problemas para hacerse oír.

La orquesta dirigida por Thomas Hengelbrock en ocasiones demoró excesivamente los tempi, aunque en general acompañó las voces sin fisuras.

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George Jahn: http://twitter.com/georgejahn