En los inicios de la Copa América que concluyó hace poco vimos a algunas selecciones que jamás consiguieron ser protagonistas del fútbol mundial. Ni siquiera en la América de sus orígenes pese a que contaran con buenos jugadores que han conquistado el fútbol europeo. Además de los equipos ubicados en la línea ecuatorial o bajo de ella, hubo dos invitados que a mi entender no tienen relación alguna con esta parte del continente.

Es más: fueron tratados con algún desprecio por su condición de forasteros. Felizmente reaccionaron de la misma manera. De hecho, nunca conseguí entender por qué no pensaron en una fórmula lógica para englobar sólo a los países de América del Sur sin que el torneo quede, digamos, torcido y sin identidad. Como, por ejemplo, dos grupos de cinco equipos, jugando entre sí, con los dos primeros clasificándose para las semifinales.

Pero dejemos eso ahí pues otros intereses, menos culturales, resultaron más importantes.

Excluyendo a los invitados, tuvimos diez participantes aunque pocos se sintieran realmente competidores. Es el caso de Venezuela que jamás había estado en una semifinal de la competencia. Junto a los venezolanos podríamos poner a Perú, Bolivia y Ecuador entre aquellos que tenían poca o ninguna posibilidad.

Cuando empezó el torneo vimos que pese a la buena voluntad de los atletas, el nivel técnico estaba por debajo de lo que se esperaba, empezando, principalmente, por los dos grandes del continente: Brasil y Argentina.

Dado el equilibrio resultante de esta realidad crecieron las posibilidades de que otras selecciones superaran el límite de lo imposible y favorecieran el surgimiento de algunas buenas sorpresas que ahora acompañaremos.

Perú tuvo un resultado jubiloso para un equipo que no creía en sí mismo. Venezuela, también. Semanas antes, estuve con el embajador venezolano en Brasil. Interrogado sobre las posibilidades de su país, salió con una exclamación derivada de la opinión de que el grupo en que estaban era muy difícil. Los resultados mostraron lo contrario y empujaron a las dos selecciones a caminos que nunca antes habían recorrido.

Los partidos de cuartos de final definieron a los finalistas, incluso con Paraguay jugando muy poco para un equipo que soñaba con el título. Paraguay sólo llegó a la final a través de sucesivos empates y disputas de penaltis.

Posición que por mérito — ya que mostró mucha voluntad y un fútbol convincente — podría haber ocupado la de Venezuela, que fue superior y con derecho a estar en la semifinal con varios balones en los palos, siempre en contra de sus pretensiones.

Al final quienes se quedaron para disputar el tercer y cuarto puesto fueron los equipos menos tradicionales.

Para la final, Uruguay y Paraguay llegaron en condiciones muy diferentes. Uno, Uruguay, seguro, alegre, mostrando el mejor fútbol de la Copa y, sobre todo, creyendo más que nunca en el objetivo después de eliminar a los anfitriones.

El otro, Paraguay, quizás soñaba con volver a mantener un empate sufrido para tal vez nuevamente vencer en la disputa de los penaltis. Pero le fue imposible: desde el comienzo del juego sólo un equipo jugó y la masacre fue inevitable.

Con un ataque envolvente y mucho más organizado que los rivales, Uruguay literalmente se apoderó del juego y sin sustos alcanzó un título continental más.

Se trata de un resultado absolutamente merecido para un equipo que no tuvo competidores en el mismo nivel. A mejorar el comportamiento de los dirigentes que se acomodan en el banquillo pues se manifiestan con más énfasis que los entrenadores, lo que debe obstaculizar su trabajo.

Los dejamos en paz ya que estos momentos televisivos y de fama deben hacerles mucho bien.

Felicitaciones, Uruguay.

Sócrates fue capitán de la selección brasileña en el Mundial de 1982. También disputó el Mundial de 1986 y es considerado uno de los mejores mediocampistas de todos los tiempos. Para comentarios pueden escribir por Twitter a http://twitter.com/AP_CopaAmerica