Bajo la estricta supervisión del gobierno, decenas de residentes de un poblado donde se localiza la planta nuclear de Fukushima Dai-ichi se adentraron el domingo en una tierra abandonada e irradiada para realizar un tardío homenaje a amigos y familiares que murieron en el sismo y tsunami en Japón.

Y se dieron cuenta de que su propio pueblo — abandonado desde hace más de cuatro meses — rápidamente se está convirtiendo en un páramo.

"Sólo quedan escombros y calles vacías", dijo Norio Kimura, quien perdió a su padre, esposa y una hija en los desastres del 11 de marzo.

Sin nadie que lo cuide, el ganado deambula por las calles. El pasto ha crecido más que los arrozales y praderas de flores nacen en las granjas. La maleza ha crecido a la altura de la rodilla en las grietas de las calles.

Vestidas con trajes protectores y usando máscaras por el continuo riesgo de exponerse a la radiación, las familias bajaron sus cabezas en silencio en un salón público en ruinas mientras un sacerdote budista cantaba sutras y quemaba incienso por los muertos. El pueblo de Okuma es donde se encuentran cuatro de los seis reactores de la planta nuclear que resultó dañada por el sismo y tsunami.

El sacerdote también portó un traje contra la radiación bajo sus togas púrpuras.

"Muchos de nosotros seguimos viviendo circunstancias difíciles. No podemos siquiera imaginar cuándo terminará la crisis", dijo el alcalde Toshitsuna Watanabe. "Pero quienes sobrevivimos debemos seguir adelante. Que nuestros muertos descansen en paz y que esta crisis termine pronto".

Los residentes fueron trasladados a bordo de autobuses del gobierno y les permitieron quedarse sólo una hora para luego ser sometidos a pruebas en busca de contaminación radiactiva.

En total, aproximadamente 23.000 personas murieron o desaparecieron por la tragedia en Japón y otras 80.000 fueron obligadas a abandonar sus casas debido a la amenaza de radiación de la planta Fukushima Dai-ichi.