Le parecerá raro, pero al ver los partidos de la Copa América, donde se enfrentan los seleccionados nacionales del Nuevo Continente en la cancha de fútbol, pienso mucho en los inmigrantes latinos que vivimos aquí, en Estados Unidos.

Claro, en muchos sentidos el patriotismo es la selección del propio país. Nos apasiona, nos enoja, nos alegra, nos separa, nos junta.

Al ver a nuestros compatriotas futbolistas en la cancha, siguiendo la bandera, y especialmente si estamos lejos de nuestro país, porque lo dejamos para buscar mejor vida para nuestras familias aquí en el Norte, sentimos el corazón henchido de emoción y orgullo. Y del nerviosismo que en pocos minutos nos arrasará cuando comience el partido.

Pero hay un lapso, de un par de minutos solamente, que muchas veces queda desapercibido entre el fragor del inicio de las operaciones bélicas – quiero decir deportivas, en el campo de juego – y cuando nos arrellanamos en el sillón para nosotros reservado y luego de echar al gato (en mi caso, tres), hay un instante donde sucede algo mágico.

Es un momento al que he estado prestando atención durante todo este ciclo de partidos.

Es cuando se cantan los himnos nacionales.

¿Por qué?

Escucho las melodías de los himnos latinoamericanos, sus letras, su orquestación, y más que nada la expresión de jugadores y público al entonarlos.

Y la verdad, se parecen mucho entre sí.

Así, mientras que el himno del anfitrión argentino, de 1813, comienza "Oid mortales el grito sagrado,/ libertad, libertad, libertad", y termina: "...coronados de gloria vivamos, / o juremos con gloria morir", el del ex campeón Brasil, de 1889, dice: "Si el empeño de esa igualdad
conseguimos conquistar con brazo fuerte, / en tu seno, oh, libertad, /desafía nuestro pecho a la propia muerte".

Tas la introducción instrumental, los uruguayos cantan en el partido contra Perú su himno de 1833: "Orientales, la Patria o la tumba, / Libertad, o con gloria morir!..." y "...Es el voto que el alma pronuncia, / y que heroicos, sabremos cumplir....".

Y los peruanos, su propio himno originalmente de 1821: "Mas apenas el grito sagrado / ¡Libertad! En sus costas se oyó, / y antes, "Somos libres, seámoslo siempre / y antes niegue sus luces el sol, / que faltemos al voto solemne..."

En la televisión, el relator del partido calla - cosa rara - para la interpretación de los himnos. La cámara recorre entonces las caras de los jugadores y registra para la historia a quién canta y quién no y cómo. Va al público, enfoca a algunos compatriotas que lo hacen a voz de cuello, con genuino entusiasmo.

Y son casi lo mismo: por lo general, marchas compuestas en la primera mitad del siglo XIX, cuando nuestras naciones obtuvieron su independencia. En sus letras las palabras muerte, sangre, patria, guerra, tirano, gloria y juremos se repiten de frontera a frontera.

Así: Bolivia (1845), "de nuevo juremos ¡morir antes que esclavos vivir!";
México (1854) "¡guerra, guerra! los patrios pendones / en las olas de sangre empapad"; Chile (1828) "Sean ellos el grito de muerte / que lancemos marchando a lidiar, / y sonando en la boca del fuerte / hagan siempre al tirano temblar".

Y es por todo eso quizás, y por la naturaleza política de los gobiernos patrios que decretaron esas independencias, que las marchas, orquestaciones, instrumentos, armonías, fueron compuestas al estilo del centro de Europa. O sea, de las naciones y culturas de las que nuestros países se acababan de independizar.

Por lo mismo, quienes entonan esas canciones tan parecidas en su espíritu luchador son los pueblos originarios de cada uno de esos países. En muchos casos, trabajadores, gente humilde que vive en la Argentina o que hizo el viaje cruzando la cordillera de los Andes, o el Río de la Plata, o llegó del Caribe.

Quienes cantan son gente que vino al país del Sur mediante el sacrificio y sí, la esperanza de que su equipo - su espíritu, lo que les representa y sienten como propio - muestre un juego superior, convierta goles, gane los partidos, avance hacia las próximas etapas, se levante con la Copa.

Igual que nosotros, los que emigramos.

Nosotros, los que vinimos aquí, al Norte, desde aquellos mismos países.

Vinimos trayendo con nosotros la misma esperanza, el mismo ánimo, el mismo desesperado optimismo, pensando en nuestra patria chica, nuestra patria personal, nuestra patria única que nos acompaña la vida entera:

Nuestras familias.

Pero nuestros himnos nacionales nos siguen emocionando. Aunque estemos solos – especialmente si estamos solos mirando el partido – nos paramos en posición de firmes, llevamos la mano al corazón, cantamos, nos brotan lágrimas...

Así como se parecen en tanto nuestros himnos nacionales (y nuestro estilo de juego futbolístico), y también se parecen nuestros pueblos y nuestras culturas e historias comunes.

Y aquí, en el centro económico del universo, se encuentran y se juntan y se conocen y se enfrentan y se acercan y alejan sucesivamente.

Como en la cancha de futbol.

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