Nadie lloró en la sala del Control de la Misión.

Y tomó algo de tiempo para que hubiese señales de emoción entre los imperturbables ingenieros de ese afamado lugar que se ocupa de los astronautas desde su lanzamiento hasta el aterrizaje.

Cuando el último transbordador espacial aterrizaba el jueves por la mañana, las dos decenas de hombres y una mujer en el Control de la Misión se mantuvieron concentrados. Detrás y encima de ellos, en otra habitación para visitantes importantes, sus familiares aplaudieron cuando el Atlantis tocó la pista, pero no los controladores. Ellos tenían que asegurarse de que el transbordador y sus tripulantes llegaran a salvo.

Su trabajo solamente concluye cuando la tripulación sale de la nave y el equipo de operaciones de tierra en Florida se hace cargo.

Ahora, esta histórica sala — que ha controlado más de 60 vuelos de transbordadores — se convertirá en un centro de entrenamiento. El del jueves fue un hito que muchos de ellos temían.

Una hora después del aterrizaje, lo inevitable ya no podía ser evadido. Había llegado el momento de decir adiós.

"Con suerte, podré superar esto", dijo Tony Ceccacci, director de vuelos, antes de comenzar un discurso a sus colegas y otros a través de las ondas radiales de la NASA.

No podía. Se le hizo un nudo en la garganta, pero prosiguió.

"El trabajo realizado en esta sala, en este edificio, no va a ser duplicado jamás", afirmó.

"Disfruten el momento", dijo Ceccacci. "Sumérjanse en él. Y sepan que ustedes son los mejores. Los mejores del mundo. Su trabajo aquí ha hecho de Estados Unidos y el mundo un lugar mejor. Ha sido un viaje increíble y asombroso".

Entonces llegaron los aplausos, los abrazos y los apretones de mano. La gente tomó fotos, rió y algunos mostraban nostalgia en el rostro. Pero los pañuelos para enjugar las lágrimas permanecieron en los bolsillos.

Había órdenes de no llorar.

"Ustedes deben saber que tenemos un lema en el Centro de Control de la Misión, de que los controladores de vuelo no lloran", había dicho Ceccacci a los reporteros el miércoles. "Así que nos vamos a asegurar de que seguimos cumpliendo eso".

En Florida fue distinto. Las lágrimas fluyeron libremente. Mike Leinbach, director de lanzamiento de los transbordadores, al describir la escena en la pista de aterrizaje, dijo: "Vi a hombres y mujeres adultos llorando hoy". Eran lágrimas de alegría y "uno no podía suprimirlas", agregó.

En el Centro Espacial Johnson, Tammy Gafka, una ingeniera estructural de la NASA, podía haber estado en el edificio del Control de la Misión, pero decidió ver el aterrizaje con su esposo y sus cuatro hijos en un sitio establecido por la NASA sobre un césped en los terrenos de la agencia.

Gafka y su familia habían viajado a Florida a ver el despegue del Atlantis y decidieron observar el aterrizaje juntos, sentados sobre una manta decorada con imágenes de la luna.

"No queríamos lamentar no haber estado aquí", dijo. "Es un poco extraño. Es como algo que diera pena".

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La corresponsal Marcia Dunn de la AP contribuyó a este reportaje desde en Cabo Cañaveral.