La huida al Líbano de un grupo de refugiados sirios, que escaparon al régimen de Damasco desde el pueblo de Tel Kalaj, no les ha traído la anhelada libertad, sino que viven confinados por temor a ser deportados por el Ejército libanés.

Alojados en el colegio Iman de la localidad fronteriza de Mashad Hamud, un centenar de hombres, mujeres y niños vigilan cualquiera de sus movimientos y, sobre todo, procuran esquivar los controles militares libaneses.

Aseguran que el Ejército libanés, en connivencia con las autoridades de Damasco, puede devolverlos a su país, donde su destino es incierto, ya que son buscados por haber participado en manifestaciones contra el régimen del presidente Bachar al Asad.

Con una pierna escayolada y un pie negro, Farhani, que prefiere no decir su apellido, ejemplifica ese temor.

Lo trajeron al Líbano tras haber recibido un disparo, fue operado una vez sin éxito y ahora debe someterse a una nueva intervención quirúrgica.

Pero, pese al mal estado de su extremidad, no duda al asegurar: "Prefiero perder un pie y no la vida".

"He pedido a todos los organismos humanitarios, incluidos la Cruz Roja Libanesa y la Internacional, que me aseguren que no seré sacado del hospital y entregado a los militares sirios, pero la respuesta es que sólo pueden garantizarme el traslado hasta allí", declara.

La organización Human Rights Watch ha denunciado varios casos de militares sirios desertores que han sido sacados de hospitales libaneses y entregados a su país, argumentando tratados bilaterales entre ambos estados.

No solo los adultos son buscados por las autoridades de Damasco. Hamza, un pequeño de casi seis años, también lo es por haber dicho a varias televisiones, entre ellas Al Yazira, que "el pueblo quiere la caída del régimen".

"Destruyeron la casa, mi cama, la de mis padres, los baños y la cocina, pero no tengo miedo", dijo a Efe Hamza, quien reconoció echar mucho de menos Tel Kalaj, a sus abuelos, primos y amigos.

Al tiempo que lo rodea con sus brazos, su padre revela que tuvieron que caminar muchas horas para llegar al Líbano junto a su esposa.

La mayoría de los refugiados deben caminar más de ocho horas para poder llegar al Líbano por caminos tortuosos, mientras otros atraviesan la frontera a nado a través del río El Kabir, que separa ambos Estados.

También el jeque Abu Omar, casado y padre de cuatro hijos, se encuentra desde hace dos meses en el Líbano huyendo la represión en su país.

Uno de sus hijos, de 17 años, permaneció desaparecido durante dos meses y hace dos semanas supieron que está recluido en una cárcel en Siria, adonde fue trasladado desde otra prisión donde fue torturado.

Según Abu Omar, "la gente prefiere no regresar porque sabe que les espera la muerte o la tortura. Muchas veces capturan a los adultos y ancianos para que les entreguen a sus hijos".

"Si tuviéramos armas, el régimen no hubiera durado 48 horas. Nosotros no queremos la guerra, hemos visto lo que ha sucedido en Irak, Libia o el Líbano. No queremos que nos suceda lo mismo, por eso estamos contra la violencia", afirma.

Y niega que las manifestaciones sean obra del grupo islámico suní de los Hermanos Musulmanes. "Hay gente de todas las confesiones, entre ellos también cristianos y chiíes alauíes, y a ellos los hacen sufrir en la cárcel más que a nosotros", asegura.

Todos los refugiados acusan a los "shabiha" (matones), milicia alauí leal a la familia de Al Asad de estar detrás de la represión en su país.

Y aseguran que los "shabiha" son quienes disparan incluso contra los miembros del Ejército que rechazan reprimir a la población desarmada.

Pese a las dificultades, los refugiados están convencidos de que a Al Asad le queda un tiempo limitado en la Presidencia y esperan que su régimen caiga con el fin del mes sagrado musulmán del Ramadán, que comenzará a principios de agosto.

Eso cree Mohamad Blal, el mayor de ocho hermanos, que escapó de Siria después de que su padre recibiese dos balazos en el corazón.

Ahora, cuenta, van a por él.

Por Kathy Seleme